Crónica de un genocidio
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Crónica de un genocidio


Freddy Pérez Cabrera

Freddy Pérez Cabrera

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24 Octubre 2026

No constituye una utopía ni es propaganda de la Revolución. El bloqueo económico, comercial y financiero contra Cuba es la dura realidad que vive a diario nuestra población desde hace más de 65 años. Es fruto de la obstinada política de un gobierno que no se resigna a convivir pacíficamente con un país cuyo único delito es haber decidido ser libre e independiente.

Ante tanta crueldad, uno se pregunta cómo explicarles a los padres de los niños ingresados en las salas de Neonatología de los hospitales cubanos que la vida de sus hijos depende de un suministro eléctrico inestable que, en caso de fallar, obligaría a los galenos a activar en menos de diez segundos los viejos ventiladores que muchas veces carecen de baterías funcionales.

Igual les ha sucedido en múltiples ocasiones a los cirujanos, que por una emergencia eléctrica o un apagón han visto cómo se desconecta completamente toda la unidad quirúrgica, quedándose en total penumbra, y han tenido que continuar la cirugía con la luz de sus celulares, porque de ello pende la vida del paciente.

Qué decir de los cerca de 400 niños y adolescentes cubanos que cada año son diagnosticados con cáncer, necesita dos de medicamentos que no tenemos, porque el bloqueo impide su llegada, y de equipos especializados que funcionan con energía, de la cual no siempre se dispone.

No son únicamente los pacientes quienes sufren como resultado de las limitaciones derivadas de esa política. También los familiares son víctimas y viven la angustia y el efecto emocional de la incertidumbre provocada por estas carencias.

Cómo podría entender la villaclareña Licet Rodríguez Alonso —quien acompaña desde hace casi cuatro años a su hijo Diego en su tratamiento oncológico, diagnosticado con cáncer a los 15— que el tratamiento se dificulta a causa del bloqueo. Entre Villa Clara y La Habana, la familia del adolescente organiza su rutina en torno a cirugías, quimioterapias y radiaciones. Hoy Diego está en radioterapia, la cual se realiza con equipos de alto consumo eléctrico, a pesar del escaso combustible de que se dispone.

En estos momentos, la lista de espera quirúrgica en el país alcanza la cifra de 100 000 pacientes; de ellos, 12 000 son niños. Tal vez nunca hayan oído hablar del bloqueo, pero lo sienten, al igual que las 2888 personas que en Cuba dependen de hemodiálisis para vivir y a quienes también les faltan muchísimas cosas que nuestros médicos suplen con su entrega.

Otra evidencia del carácter genocida de esa política es el deterioro que ha causado en los índices de supervivencia al cáncer en Cuba. Hoy el número de personas que mueren por esa enferme dad ha crecido de manera significativa; en estos momentos supera las 70 por día, y en el caso de los niños y jóvenes se evidencia en que la supervivencia cayó de un 85 a un 65 %.

Conocidos son los molestos apagones que a diario afectan la vida del cubano y la economía de la nación. Fenómeno que mucho tiene que ver con los daños causados por el cerco energético que se nos ha impuesto, cuyos daños se estiman en casi 500 millones de dólares.

La persecución económica ha exacerbado las limitaciones financieras y de acceso a créditos para reparar las termoeléctricas del país, adquirir las tecnologías necesarias y el combustible requerido para garantizar un suministro estable de electricidad.

Para tener una idea del daño que provoca el bloqueo, basta decir que el costo promedio de un contenedor de 20 pies desde China en el 2024 fue de 5980 dólares; desde Europa, 2590 dólares, y desde Canadá, 3925 dólares. Sin embargo, desde Houston al Mariel, en condiciones normales, estaría entre 800 y 1000 dólares, según la época del año.

Ante tantas evidencias, el imperio, sordo al concierto de las naciones, redobla la presión, amenaza a terceros países y persiste en un castigo colectivo que recae sobre los hombros del pueblo de esta isla heroica.

Los números estremecen. El más reciente informe presentado por la cancillería cubana cuantifica los daños ocasionados por esta política genocida, en el período comprendido entre marzo de 2025 y febrero de 2026, en la astronómica cifra de 8083 millones de dólares, un récord que supera en un 7 % el del período anterior, elevando el acumulado histórico a la escalofriante suma de 178 700 millones de dólares.

Detrás de esas estadísticas hay una realidad que duele en lo más profundo. El cerco energético, ese que Washington ha intensificado hasta límites insospechados, no es un concepto abstracto; es la madre que cocina con leña porque no hay gas, es el anciano que sube diez pisos a pie porque el elevador no funciona, es el estudiante que hace sus tareas a la luz de una vela o de un teléfono con la batería a punto de expirar.

En el ámbito de la salud, la cruel dad alcanza ribetes que estremecen. La mortalidad infantil —indicador que Cuba supo mantener a raya durante décadas, con un sistema de salud público y gratuito admirado en el mundo— se ha duplicado. Esos fueron niños que no debieron morir, son familias que no debieron llorar, son sueños truncados por el capricho de un imperio que no perdona la osadía de este pueblo.

Si eso no es genocidio, qué otra definición pudiera tener el intento de doblegar la voluntad de un pueblo mediante la privación de lo más elemental. Mas, si como dice el Gobierno de Estados Unidos, no es el bloqueo el principal obstáculo a nuestro desarrollo, la pregunta cae por su propio peso: ¿por qué no lo levantan?

Pero aquí no hay lógica que valga, sino una política de fuerza que durante casi siete décadas ha intentado, sin éxito, rendir por hambre y desesperación a una isla que ha demostrado una resistencia inquebrantable y que este 28 de octubre llevará a la ONU una nueva votación de la resolución contra el bloqueo, la cual, de seguro, contará con el apoyo de cientos de naciones que no se dejarán doblegar por las presiones del imperio.

Será allí, en las entrañas del monstruo, donde las palabras del Apóstol en su ensayo Nuestra América cobrarán vida: «El gigante de las siete leguas ya está de pie, y camina, y hay que detenerlo en la puerta».

Envío por correo la ilustración de Martirena

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