Crochet con alas: tejer la vida, sanar el alma
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Crochet con alas: tejer la vida, sanar el alma




En la Casa de la Cultura municipal Rubén López Sabariego, cada día resuena el bullicio normal de un lugar que atesora y salvaguarda el arte: voces alzadas, instrumentos musicales, pasos firmes en el tabloncillo, deslizamientos de danzores, movimientos de pinceles, actividad constante.

Pero los jueves, en el departamento de artes plásticas, el sonido es singular: el roce metálico de las agujas, el murmullo de las conversaciones, las risas que brotan entre puntada y puntada. Desde 2013, un grupo de mujeres se reúnen ahí con una certeza compartida: los hilos pueden convertirse en alas.

crochetMaría Cristina Velázquez coordinadora del proyecto.María Cristina Velásquez Leyva es instructora de artes plásticas y coordinadora del proyecto Crochet con alas. Ella, la mano que guía este vuelo, recuerda el principio como quien evoca una anécdota de familia.

«Empezamos a raíz de un programa de televisión donde Paula Tejeda en tres minutos intentaba que las personas aprendieran a tejer. Entonces decía: ¡así es imposible! En el primer encuentro estuvimos treinta y seis personas de las que seguían a Paula, y a partir de ahí todos los años tenemos nuevos grupos».

En 2014, el grupo se consolidó como proyecto formal. No se limitaron al crochet: exploraron el macramé, el frivolité, el telar y las dos agujas. Cada técnica exigía materiales específicos, difíciles de conseguir en una ciudad donde hasta el hilo se ha vuelto un bien preciado, pero la creatividad fue más fuerte que las limitaciones.

Rafaela Águila Hernández crea pequeñas flores para colaborar en un proyecto artesanal de María Cristina. Sin detener sus manos, cuenta cómo el tejido la acompaña desde los 12 años, pues desde entonces conoce la técnica; sin embargo después de culminar su vida laboral, el hilo de su vida cobró otro matiz.

Quizás debido a sus 67 años, no recuerda con exactitud qué día fue, pero sabe que antes de la pandemia de Covid-19, integró este grupo de mujeres que teje comunidad y le han cambiado la vida.

«Es un día que salgo de mi casa, me relaciono, interactúo con los demás, hago nuevas amistades y siempre celebramos fechas, vamos a galerías, hacemos exposiciones», significa como quien agradece disfrutar el cumplimiento de uno de los objetivos de este proyecto, la atención al adulto mayor.

El sanatorio del alma

crochet 1El crochet se vuelve refugio contra la ansiedad, bastón frente al desánimo, compañía.Más que un taller de manualidades, es un espacio donde el tejido se convierte en medicina. Rafaela lo dice sin rodeos, «Cuando estoy estresada, no tomo tabletas. Voy para mi ganchillo y el hilo, me siento, aunque tenga cosas que hacer, y mientras tejo se me quita el estrés».

“Porque en el tejido hay que contar, estar pendiente de que no se escape un punto, de no repetir, de que nada se quede sin terminar. A veces toca volver atrás, desbaratar lo hecho y empezar de nuevo, y en ese proceso una se sumerge tanto que deja de pensar en todo lo demás”, explica detalladamente.

El crochet se vuelve refugio contra la ansiedad, bastón frente al desánimo, compañía cuando el silencio de la casa pesa demasiado. María Cristina evoca entonces a María Guindo, arquitecta jubilada que encontró en el proyecto una razón para seguir adelante, cuenta de ella que cuando se jubiló, dijo: “¡me muero!”, y empezó a tejer.

No es una exageración: para muchas mujeres, la jubilación representa un vacío abrupto, la sensación de que la vida productiva se ha apagado. El tejido devuelve el propósito.

Pero más allá de lo individual, el proyecto ha creado algo que trasciende la técnica. «El tejido es una cosa solitaria, pero aquí se convierte en familia», explica María Cristina. «Yo siempre sé qué le pasa a la que no viene. Se ha creado aquí una familia», expresa.

Su propio portal se ha convertido en aula improvisada donde vecinas y hasta niños se acercan a aprender. «Hemos hecho grupos infantiles, talleres de verano, y dejamos instructores de arte que continúan el trabajo. El crochet no se pierde, se salvaguarda».

Tejer con lo que haya

La realidad actual, marcada por la falta de materiales y sus altos precios, no detuvo a estas artesanas. Ellas aprendieron a reinventarse.

“El problema está en el hilo, es lo que limita mucho el tejido”, explica una de las “crocheteras”.

María Cristina complementa: «Estamos utilizando ahora ropa tejida reciclada; la compramos, desbaratamos una pieza y podemos sacar el hilo. El hilo de coser, que antes solo se empleaba en pañuelitos o bordes, ya lo utilizamos para tejer piezas más grandes porque con una sencilla técnica se trabaja en tres hebras».

La inventiva se convierte en herramienta de resistencia cultural: cada puntada es también un acto de ingenio frente a la adversidad. Cada pieza es memoria y testimonio pero hay una historia que resume como ninguna otra la capacidad de transformación de estas mujeres. Rafaela Águila Hernández cuenta cómo un tapete se convirtió en vestido para su hija.

«Primero yo había hecho un tapete grande redondo, pero no me gustó el centro. Con delicadeza lo saqué y cuando lo presento dije: ay, mira una saya. Enseguida cambié el diseño, empecé a tejerle otros puntos más arriba, le hice la saya y luego la blusa. Y cuando lo traje, me dijeron: es un juego. Entonces dije: vamos a unirlo. Añadí y resultó. Ahora es un vestido», rememora.

La anécdota es metáfora de la vida misma: de lo que parecía un error o un intento fallido surge un atuendo completo, fruto de la paciencia, la visión creadora y las ideas compartidas entre compañeras. En Crochet con Alas, nada se desperdicia. Ni los hilos, ni los errores, ni las historias.

Rafaela busca su teléfono celular en el estuche tejido detalladamente con la bandera cubana, mientras lo muestra, enumera con orgullo sus creaciones.

«Ese es bolso, yo lo hice; estos son forros para licuadoras; ollas; mira esa blusita y este vestido, se los hice a ella”, muestra las imágenes mientras señala a su hija, quien permanece sentada a su lado y la acompaña en la aventura de cada jueves, al no poder quedarse sola en casa debido a su situación de discapacidad.

“Ella es nuestra modelo”, se apresura Cristina a destacar con entusiasmo, “la llevamos con nosotras todos lados, ferias, exposiciones”; y es que en todas estas actividades promovidas y convocadas por la Casa de la Cultura el proyecto se hace visible.

Cuando el Club de Vinicultores tuvo sus festivales, ellas hicieron forros para las botellas de vino, “aquello fue un espectáculo tremendo, todas las artesanas hicieron maravillas” resalta Cristina. Cada convocatoria es oportunidad para mostrar sus creaciones y para que el público conozca la riqueza del crochet guantanamero.

Pero en esas ferias expositivas, las crocheteras no permanecen estáticas tras una mesa, esperando clientes. En el boulevard de la calle Flor Crombet, exhiben sus obras mientras sus manos, sin detenerse, crean algo nuevo. En ese espacio singular donde los ganchillos bailan ante los ojos de los transeúntes, donde se han producido algunos de los encuentros más significativos del proyecto.

Aidee y la segunda oportunidad

Aidee Góngora Espinosa llegó al proyecto de casualidad. «Soy nueva en el grupo. Mi primer encuentro fue de casualidad, ayer pasé por donde ellas estaban sentadas en el boulevard y les pregunté si daban clases, me dijeron que sí, que los jueves. Vine hoy por primera vez», afirma.

Aideé comenzó con las cadenetas, aprendiendo desde cero. Su anhelo por aprender crochet cobra un valor especial: en los años 80, estudiaba en la Academia de artes manuales Mariana Grajales, que radicaba donde actualmente se ubica la Sala Antonia Luisa Cabal “Tusi”. “Allí había aprendido a coser, a bordar, a hacer otras labores manuales. Pero la academia cerró antes de que pudiera aprender a tejer”, cuenta.

Esa asignatura pendiente quedó guardada en algún rincón de su memoria, esperando. Cuatro décadas después, en una feria, ese espacio singular donde el arte se hacía en vivo, el destino le devolvió la oportunidad.

«Además de llevarse el aprendizaje, se llevan información para entender diagramas de puntos, para que puedan seguir aprendiendo por su cuenta», explica María Cristina sobre el método del taller. Aideé, con la perseverancia de quien recuperó un sueño postergado, ya va cogiendo la idea.

Su historia es la prueba de que este proyecto no solo preserva una tradición: abre puertas a quienes buscan aprender y compartir, a cualquier edad, en cualquier momento de la vida. El proyecto ha logrado incorporar a cinco nuevas personas desde enero, y su objetivo es continuar sumando jóvenes y niños.

En cada bolso, blusa o vestido, late la historia de mujeres que han hecho del arte textil una forma de resistencia y de vida. Son mujeres guantanameras que, con aguja e hilo, sostienen tradiciones, reinventan materiales y construyen comunidad.

En cada puntada hay una afirmación de vida. Como dice María Cristina, el crochet no se pierde, se salvaguarda. En Guantánamo, un grupo de mujeres ha demostrado que, incluso con lo que sobra y en tiempos de vacas flacas, se puede tejer un refugio. O mejor aún: un par de alas.

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