Contar lo sublime de lo cotidiano
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Contar lo sublime de lo cotidiano

Decía el escritor judíoespañol, Max Aub: «No tengo derecho a dejar de escribir lo que viví para sentarme a escribir lo que imagino».

Sin darle toda la razón a un hombre que fue testigo de acontecimientos históricos muy importantes en la Europa de la primera mitad del siglo XX, pues cada autor elige libremente lo que desee escribir, lo cierto es que hasta los más renombrados artistas de la ficción, detuvieron más de un instante la invención de criaturas, ambientes y dramas nacidos de su cabeza, para contar la realidad vivida por ellos, con todos sus matices, esperanzas y amarguras.

No dudo que la ficción pura guarda notables encantos. De esos encantos he disfrutado desde pequeño, desde que mis padres pusieron en mis manos incontables libros, y la televisión y el cine ayudaron a enriquecer extraordinariamente mi imaginación.

Pero «la entrañable, áspera y dolorosa realidad», como decía Cela, siempre acaba tentando hasta vencer a la voluntad del que escribe.

Al contarla, el autor, quizás, no logre el gran libro soñado, pero logrará sentirse parte de aquellos con quienes comparte el espacio vital de su cuadra, barrio, poblado, país…, sin dotes suficientes para testimoniar desde un papel o una computadora, los encantos y misterios de la especie humana, pero merecedores absolutos de un espacio entre las líneas de ese autor o autora que aspira a cumbres muy altas en los dominios del arte y la literatura.

He tratado de crear grandes personajes a lo largo de treinta y tantos años. Seguramente no lo he logrado. Pero el intento estuvo y ha estado siempre. Sin embargo, también me toca contar «hazañas» de otro tipo, historias en apariencia menores, aunque quizás más humanas, historias donde relato detalles del periodista y escritor que he sido.

También he decidido escribir del constructor que fui por cinco años, del cocinero bajo el sol implacable de muchos mediodías, del funerario que cargó un cuerpo sin vida entre las lomas de Caimito, del enterrador de animales afectivos que dejaron en el dolor más profundo a toda una familia, del mensajero que cargó ventiladores recargables, pomos y tanquetas de agua fría a la espalda, para los necesitados en cualqui…

Y estas no son escrituras menores. Recuerdo que un novelista de lujo como Alejo Carpentier, si bien podía lograr calificaciones extraordinarias con obras como El reino de este mundo y El siglo de las luces, no menos puntuación merece una crónica periodística de su autoría nombrada El afilador de tijeras, escrita en pocos minutos e inspirada por un humilde trabajador de Caracas.

«Busca lo sublime en lo cotidiano», asegura una canción tradicional española. Muy cierto. En esa cotidianidad se hallan a flor de piel muchas historias sublimes que dibujan de maravillas el ferviente instante que nos ha tocado.

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