Girón Política

¿Cómo la guerra contra Irán se convirtió en la mayor derrota estratégica de Estados Unidos?

El 17 de junio de 2026, Donald Trump y el presidente iraní Masoud Pezeshkian firmaron un memorando de entendimiento (MoU) que, más que un acuerdo de paz, parece el acta de rendición más humillante que Washington haya suscrito en décadas.

Quienes esperaban que el imperio saliera fortalecido de su aventura bélica en Oriente Medio tendrán que digerir una realidad incómoda. Estados Unidos entró en guerra con objetivos maximalistas —eliminar el programa nuclear iraní, destruir su capacidad de misiles balísticos y acabar con su apoyo a Hezbolá y Hamás— y sale de ella con las manos vacías, habiendo aceptado prácticamente todas las condiciones de su adversario.

El texto del «Memorando de Islamabad», compuesto por 14 puntos, es una lectura obligada para entender la magnitud del desastre estratégico. Estados Unidos se compromete a:

—Cesar «inmediata y permanentemente» las operaciones militares en todos los frentes, incluido el Líbano.
—Respetar la soberanía e integridad territorial de Irán y abstenerse de interferir en sus asuntos internos.
—Retirar su bloqueo naval en un plazo de 30 días.
—Eliminar todas las sanciones contra Irán, incluidas las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU y las sanciones unilaterales estadounidenses.
—Desarrollar un plan de reconstrucción y desarrollo económico para Irán de al menos 300 000 millones de dólares.
—Retirar sus fuerzas de las proximidades de Irán en un plazo de 30 días.

Irán, por su parte, se compromete a garantizar el paso seguro de buques comerciales durante 60 días y a dialogar con Omán sobre la futura administración del estrecho de Ormuz. Pero incluso en esto, la asimetría es muy relevante, ya que Irán controla de facto el estrecho, mientras Estados Unidos se retira. Un analista de la BBC destacó que «esto no es una negociación, es una capitulación».

¿Por qué Washington necesita la guerra para justificar su existencia?

Un breve análisis desde la perspectiva de la teoría de la estabilidad hegemónica, que explica que el poder de una nación hegemónica se basa en su capacidad para proporcionar bienes públicos globales como seguridad, estabilidad monetaria y acceso a los mercados, nos demuestra que la hegemonía estadounidense se sostenía —entre otros elementos— sobre la base de que podía garantizar la libertad de navegación en los estrechos estratégicos. Al perder el control sobre el estrecho de Ormuz —por donde transita aproximadamente el 20 % del petróleo mundial— y tener que negociar su reapertura en los términos de Irán, Washington ha puesto en evidencia el agotamiento de su modelo hegemónico.

Como señala un análisis del Foreign Policy in Focus, la guerra ha «expuesto los límites de la hegemonía estadounidense-israelí». El hecho de que Estados Unidos tuviera que retirar su portaviones Abraham Lincoln a más de 700 kilómetros de las costas iraníes tras recibir amenazas de misiles hipersónicos es un clarísimo ejemplo que bien viene al caso para ilustrar este declive. La disuasión, pilar de la hegemonía, ha dejado de funcionar cuando el adversario demuestra que puede infligir costos inasumibles.

Por otro lado, desde la óptica del realismo internacional, el poder se mide por la capacidad de imponer la propia voluntad sobre los demás. Estados Unidos entró en guerra con Irán confiando en su superioridad militar abrumadora. Pero como señala Barbara Leaf, ex subsecretaria de Estado para Oriente Medio, Washington partió de «evaluaciones desastrosamente poco realistas de la resiliencia del régimen» iraní. Irán había pasado cuatro décadas perfeccionando su doctrina de guerra asimétrica, y el cierre del estrecho de Ormuz se convirtió en su principal palanca.

¿Cómo la guerra contra Irán se convirtió en la mayor derrota estratégica de Estados Unidos?

El realismo nos enseña que la coerción solo funciona cuando el costo de la resistencia supera el costo de la sumisión. En este caso, Irán demostró que podía cerrar el estrecho y disparar misiles contra bases estadounidenses en todo el Golfo, mientras que Estados Unidos no podía sostener una guerra prolongada sin que la economía global se desplomara. Como admite el propio Trump, se enfrentaba a una «depresión mundial» si continuaba.

El resultado es una derrota estratégica sin curitas, y esto lo demuestra otro análisis de Sky News, donde se expresa que esta guerra podría ser «uno de los mayores errores estratégicos de la historia de Estados Unidos». Y el precio lo pagarán los contribuyentes estadounidenses, que financiarán la reconstrucción de Irán mientras su propia economía se resiente.

En ese sentido, la teoría multilateralista sostiene que la cooperación internacional y el derecho internacional son los mejores garantes de la paz y la estabilidad. En este conflicto, Estados Unidos ha actuado al margen del Consejo de Seguridad de la ONU, sin autorización legal y en violación flagrante de la Carta de las Naciones Unidas. Irán, por el contrario, invocó el Artículo 51 —el derecho a la legítima defensa— para justificar su resistencia.

El MoU, sin embargo, tiene un elemento de multilateralismo tardío ya que el acuerdo será llevado al Consejo de Seguridad de la ONU para ser refrendado. Pero esta jugada, más que un gesto de buena fe, parece un intento de Washington de legitimar su retirada tras haber fracasado en sus objetivos. Como ha señalado The Guardian, el acuerdo «es una decisión pragmática de la administración Trump de que el conflicto debe terminar lo más rápido posible, a pesar del costo político». Es decir, una rendición.

Además, uno de los capítulos más importantes de esta historia es el papel de Israel. El MoU fue negociado sin la participación del gobierno de Netanyahu, y cuando Israel solicitó revisar el texto, la Casa Blanca se lo negó. El embajador israelí en Estados Unidos, Reuven Azar, fue bastante explícito: «No somos parte de este acuerdo». Y en un gesto de desafío, Israel ha continuado sus ataques en el Líbano, violando el alto el fuego que el MoU pretende garantizar.

Para Israel, el acuerdo es una humillación. El líder de la oposición, Yair Lapid, destacó que «Netanyahu nos prometió una victoria histórica, y lo que tenemos es una crisis con los estadounidenses, el estrecho de Ormuz abierto a los iraníes, dinero para la Guardia Revolucionaria y misiles balísticos apuntando a Israel». El periódico Times of Israel, por su parte, calificó el acuerdo como «una capitulación catastrófica» que deja a Israel «más vulnerable que antes de que comenzara la guerra».

La doctrina de seguridad israelí, basada en la disuasión y la capacidad de actuar unilateralmente, ha quedado en entredicho. El MoU incluye el Líbano en el cese de hostilidades, lo que limita la capacidad de Israel para atacar a Hezbolá. Para un país que ha hecho de la guerra preventiva su principal herramienta estratégica, esto es también una derrota de proporciones históricas.

Pero la derrota en Irán plantea una pregunta inquietante: ¿Adónde dirigirá ahora Washington su frustración? El analista Matt Duss, del Centro para Política Internacional, ha reconocido que «Trump está aburrido y frustrado con Irán». Y en su búsqueda de una victoria fácil, Cuba aparece como un objetivo tentador.

Nuestro país lleva décadas siendo el blanco predilecto del sector más reaccionario de la política estadounidense, encabezado por el secretario de Estado Marco Rubio, cuya animadversión hacia la Revolución Cubana es un componente central de su identidad política. Algunos analistas temen que Trump pueda ver en Cuba «algo que borre el mal sabor de boca de Irán».

Pero el paralelismo es engañoso. Cuba, a diferencia de Irán, está a solo 90 millas de Florida, y una agresión militar contra nuestra isla tendría consecuencias inmediatas en el territorio continental. Además, acá hemos demostrado durante más de seis décadas una capacidad de resistencia que ningún imperio ha logrado quebrar. Como bien ha señalado nuestro presidente, «Cuba, como toda nación del mundo, tiene derecho a su legítima defensa». Y el pueblo cubano, curtido en la resistencia, está dispuesto a ejercerlo.

El MoU con Irán es un hito en la decadencia del imperio estadounidense. Washington entró en guerra con la arrogancia de quien cree que puede imponer su voluntad por la fuerza, y sale de ella con la humillación de quien ha tenido que aceptar las condiciones del adversario. La teoría de la estabilidad hegemónica, el realismo y el multilateralismo coinciden en un diagnóstico: Estados Unidos ha perdido credibilidad, poder disuasivo y autoridad moral.

La pregunta que queda en el aire es si el imperio aprenderá la lección o si, como un niño frustrado, buscará un nuevo juguete para romper. En el horizonte, Cuba aparece como un posible objetivo. Pero si algo ha demostrado la historia de la isla es que ningún portaaviones, ninguna orden ejecutiva y ninguna amenaza lograrán doblegar a un pueblo que ha hecho de la resistencia su forma de vida.

Como escribió el Comandante en Jefe Fidel Castro en su análisis de la Crisis de Octubre, las aventuras imperialistas tienen «consecuencias imprevisibles». La guerra de Irán ha sido una de ellas. La próxima, sea donde sea, podría ser la definitiva.

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