Abelardo de la Espriella estrena mandato en una Cali convertida en epicentro de la tragedia, mientras Gustavo Petro articula la oposición y la política exterior colombiana ejecuta un drástico alineamiento internacional
El inicio del mandato de Abelardo de la Espriella en Colombia estuvo marcado por un duro revés antes de cumplir su primera semana en la Casa de Nariño. El pasado lunes 10 de agosto un terremoto de magnitud 7,4, con epicentro en San José del Palmar, en el Departamento de Chocó, sacudió el occidente del país y dejó daños severos en el Valle del Cauca y el Eje Cafetero.
El saldo oficial preliminar sobrepasaba las 289 personas fallecidas, más de mil heridos y cientos de desaparecidos bajo los escombros en ciudades como Cali y Pereira. Ante la emergencia, De la Espriella declaró el estado de desastre nacional y prometió exenciones fiscales y ayudas de vivienda.
Sin embargo, su gestión inicial desató críticas por la decisión de solicitar únicamente fondos económicos al exterior en lugar de aceptar brigadas internacionales de rescate, un filtro político que se cuestiona en medio de las labores de búsqueda.
La tragedia coincidió geográficamente con el arranque del nuevo gobierno. De la Espriella rompió con más de un siglo de tradición republicana al jurar su cargo en Cali y no en la Plaza de Bolívar, de Bogotá.
Aquella decisión buscaba descentralizar el poder y consolidar su peso político en el suroccidente colombiano. Sin embargo, la ironía del destino convirtió a la misma ciudad donde celebró su investidura en el epicentro de la devastación, obligando al mandatario a cambiar la retórica de campaña por el despliegue de emergencia.
Petro reorganiza la oposición desde la trinchera política
Poco antes de la ceremonia de investidura de su sucesor, Gustavo Petro dejó la Casa Nariño con honores militares. Concluyó así su ciclo en el Ejecutivo, pero no su presencia en el debate público. El exmandatario asumió la reorganización del Pacto Histórico para ejercer una oposición frontal al nuevo gobierno desde las calles y el parlamento.
Al mismo tiempo, alista una agenda internacional centrada en la transición climática y la integración regional en América Latina y el Caribe, con la idea de capitalizar el desgaste de la administración entrante.
No obstante, el éxito de su liderazgo dependerá de no atarse al reclamo sobre las urnas, donde la experiencia regional demuestra que las denuncias postelectorales rara vez alteran los hechos consumados.
Para la izquierda, el verdadero reto no es impugnar el conteo pasado, sino organizar una oposición pragmática que empiece a disputarle la iniciativa al nuevo gobierno desde el primer día.
Alineamiento irrestricto en la política exterior
En el plano diplomático, el gobierno de De la Espriella aceleró un drástico viraje hacia la derecha internacional. Además de anunciar la reapertura de la embajada en Israel con su traslado a Jerusalén ocupada, la Casa de Nariño emitió un comunicado donde reconoce la soberanía de Tel Aviv sobre los Altos del Golán ocupados.
La medida viola abiertamente las resoluciones del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas sobre la ocupación en Siria y reafirma la alineación absoluta de Bogotá con los intereses de Washington y sus aliados geopolíticos.
Entre las grietas del terreno y los giros diplomáticos, el nuevo ejecutivo enfrenta una realidad implacable. Abelardo de la Espriella pretendía inaugurar su gestión con un paquete de decretos y un discurso de mano dura, pero la urgencia sísmica y las tensiones políticas le abrieron un escenario complejo.
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