Colgar, colgar y colgar
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Colgar, colgar y colgar

Nadie imaginó que el perchero, dos siglos después, también sostendría bolsos, bufandas y la dignidad de quienes entran a casa y no saben dónde dejar la ropa


Hubo un tiempo en que la ropa se apilaba. Sobre sillas, camas, baúles o, directamente, en el suelo. Los sombreros rodaban, las levitas se arrugaban y los abrigos parecían mudar de dueño cada noche. Hasta que alguien —un iluminado con paciencia o un desesperado por orden— decidió que era mejor colgar que doblar. Tal vez así nació el perchero, sin aspavientos ni patentes.

Los historiadores del artilugio sitúan su origen en Francia, mas el perchero moderno, tal como hoy lo conocemos, tomó forma en Europa entre los siglos XVIII y XIX, pese a los antecedentes de soportes para sombreros y prendas en otras culturas y épocas.

La burguesía empezaba a acumular prendas y accesorios, y el clásico gancho de pared era insuficiente. Hacía falta algo con personalidad. Una estructura que no solo sostuviera, sino también se mirara. De esta forma, de un artesano cansado de recoger capas del piso, surgió la primera pieza vertical con brazos y cabeza: un árbol doméstico, sin raíces ni hojas, con la noble misión de evitar que la ropa terminara hecha un guiñapo.

El diseño original era tosco. Madera, hierro, cuatro ganchos. Con el tiempo, los ebanistas le pusieron estilo: curvas, colores, barnices. En los salones victorianos se colocaba junto a la entrada, como un mayordomo silencioso que recibía a las visitas y les sostenía el sombrero. En las casas de campo adquiría formas robustas, casi humanas, con brazos que parecían a punto de estrechar la mano.

El siglo XIX lo volvió popular. Las oficinas lo adoptaron de aliado contra el desorden. Las tiendas lo convirtieron en escaparate. Los hoteleros aprendieron que un perchero bien situado podía decir más de un establecimiento que el propio conserje. Y en los hogares el perchero se multiplicó: pasillos, dormitorios, recibidores. Cada rincón tenía su árbol metálico o su columna de madera.

Y por si fuera poco, y cometiéramos el error de subestimar esta pieza, ¡uno sobrevivió al desastre del Titanic! Tras el hundimiento, el ejemplar, procedente de un camarote de primera clase, fue recuperado del fondo del mar y descansa en las vitrinas de Titanic Museum y lleva la identificación de White Star Line, testigo mudo de un lujo que se fue a pique.

Un dato que parece sacado de una exposición de rarezas: en 1904 se registró una patente estadounidense para un garment hanger de John T. Batts, pero las específicamente descritas de plegables se registraron en 1911–1912, pensado para viajeros que necesitaban colgar sus trajes en hoteles sin depender del mobiliario local. El invento no prosperó, aunque se adelantó en medio siglo la idea del perchero portátil que usan actualmente los sastres.

La evolución terminó siendo casi cómica: pasó de solución práctica para sombreros y abrigos a objeto industrial, pieza decorativa, protagonista de una fotografía dadaísta y objeto museístico. Dos hitos ilustran esta transformación. En 1920, Man Ray fotografió un Coat-Stand desnudo y lo tituló simplemente así, convirtiendo un mueble corriente en arte conceptual. Treinta años después, en 1953, Charles y Ray Eames diseñaron el Hang-It-All (Cuelga-Lo-Todo), una estructura de alambre con bolas de colores que enganchaba incluso juguetes simulando adornos navideños.

Con versiones de diseño, minimalistas, luces integradas o con ruedas, su utilidad sigue siendo la misma, ofrecer un lugar donde la ropa descanse sin quejarse. Un invento tan simple que parece mentira que alguien tuviera que pensarlo.

Sin embargo, bien mirado, lo milagroso es que tardáramos tanto en darnos cuenta de la practicidad de colgar, y que un mueble con brazos abiertos terminara convirtiéndose en uno de los objetos con mejor «hospitalidad» del hogar.

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