Clara Lauzurica y su pasión por servir
Girón Portada

Clara Lauzurica y su pasión por servir

Me identifico como un médico, una mujer médico que ha tratado de hacer todo lo posible por ayudar a los demás”.

Cincuenta años: la famosa media rueda a la que todo el mundo alude para medir el avance del almanaque de la vida hacia la madurez total, el tiempo de los nietos, de la jornada laboral casi vencida, de cosechas recogidas y frutos evidentes; cincuenta son los años que Clara Lauzurica Hernández ha vestido la bata blanca de la entrega y la incondicionalidad. Cincuenta y algo más son los que ha dedicado a servir a otros y amar al prójimo tanto o más que a sí misma.

“Ella subió”, “¿la buscaste en la Sala de paliativos?”, “hace un rato estaba aplicándole una prueba a sus estudiantes”, “creo que la vi bajar escaleras”, “¿segura que no está en su local?”. Un laberinto en el que sabe perderse porque de memoria conoce hasta los secretos en sus espacios, es el hospital provincial clínico-quirúrgico Faustino Pérez de Matanzas, su segunda morada o quizás la primera, en dependencia de lo ajetreado del día.

Clara deviene luz desde su nombre, y sus propósitos dice que han estado así de lúcidos y firmes desde su adolescencia, cuando la vocación por servir a otros pudo más que su inicial pasión por la química.

“De pronto me di cuenta que quería estudiar algo relacionado con ayudar a los demás y que mejor elección entonces que la medicina. Esa fue la idea que vino a mi mente y, en lo adelante, hacia allí encaucé mis estudios.

“Elegí como especialidad Medicina Interna porque amo la integralidad, es decir, la persona vista desde lo integral, desde todo su organismo. Me gusta tanto la docencia como lo asistencial, lo que pasa es que en la actualidad tengo más cercanía con la docencia, que me ocupa mucho tiempo. Pero las dos han marcado mi vida. Hace muchos años que tengo a mi cargo el seguimiento del pregrado”.

En el segundo piso del coloso asistencial una sala resalta entre todas. Allí las vidas no se salvan con medicinas, porque no siempre la cura está al final del camino. Y ella lo sabe. Como también conoce que en el retorcido batallar contra dolores y calvarios, entre las cuatro paredes de la Sala que tanto visionó hay luz y amor siempre en el  teminar del túnel.

“La idea de la Sala de Cuidados Paliativos comenzó a gestarse hace unos 30 años, desde que me hice máster en Bioética, eso que debe guiar nuestro actuar. No podemos perder el camino aunque la tecnología, los elementos de desarrollo en ese sentido vayan muy rápido; la ética no se puede quedar atrás. Sucede que estamos acostumbrados a estudiar para curar y no siempre se puede curar, aunque sí siempre se puede aliviar e incluso, consolar.

“Los cuidados paliativos se dan a pacientes que están con un diagnóstico de una enfermedad crónica que es incurable, lo que no quiere decir que mañana va a fallecer. Generalmente este tipo de atenciones en el domicilio, y allí es donde justamente deben fallecer: con su familia, con sus mascotas.

“Pero sucede que en ocasiones esos enfermos tienen síntomas que son refractarios y necesitan otro tipo de accionar, de ayuda, que no puede ser dada en el hogar. Por eso me parecía bueno que tuviéramos una unidad, una sala específica de cuidados paliativos al final de la vida, porque ahí es donde la situación se complejiza.

“Es un lugar donde no se puede resolver, pero sí aliviar. Muchas veces ingresan, los atendemos y regresan a su casa. En otras, ya están en una situación más crítica y no pueden regresar, por lo que fallecen con nosotros, pero lo hacen tranquilos”.

Hablar de sus sueños realizados le desborda los ojos, también claros y llenos de luz, de esa que distribuye sin miramientos por cada rincón del hospital yumurino. “Dicen por ahí que los médicos endurecemos y nos volvemos inmunes, pero la realidad es que quien asuma esa posición es porque nunca le gustó su profesión.

“El dolor no pasa, y digo más: mientras más tiempo transcurre uno se acostumbra a mirar al enfermo no solo por fuera, sino por dentro, con sus características, dificultades y angustias.

“Marca enfrentar a un paciente, decirle una mala noticia. Todo está muy bien cuando todo va saliendo bien, pero cuando la situación se complica eso es muy difícil para nosotros. Enfrentar a una madre, a un padre, a un hijo… Eso duele.

“En estos 50 años, más de una vez he atravesado momentos duros, de dejar que se apoyen en mi hombro a llorar y hasta llorar con ellos, a veces incluso con personas muy cercanas. Recuerdo una enfermera muy querida y joven, de 40 y tantos años, que se paró al lado mío y me dijo: «Doctora, quiero que me diga la verdad, porque tengo un hijo de 15 años a quien guiar”. Y tuve que hacerlo”.

-Profe, ¿tiene unos minutos? Necesitamos hacerle una consulta- se escuchó desde la puerta y hacia allí, de un vólido, corrió ella, justo al lugar donde se le necesita, ella: la internista que presume de una linda familia (compuesta por dos hijos varones y una mujer, un esposo cirujano y nietos); la galena de medio siglo de experiencia; la fundadora de la Sala a la que nadie quiere ir pero en la que se sienten alivios cuando se está; la mujer indetenible que a sus más de 70 años no para de reinventarse sueños y proyectos.

“Mi aspiración es seguir desarrollando las cosas que he tenido en mente, aunque ya he visto la respuesta en personas formadas, algo muy valioso para los que tenemos una vocación de servicio”.

Más de cincuenta años han pasado desde su primer día con bata impecable. La famosa media rueda sigue avanzando indetenible, el calendario no entiende de pausas ni urgencias ni de imprescindibles; pero ella no vacila, sigue allí, desafiando al tiempo con su arma más poderosa: la pasión por servir.

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