
Foto: Fotograma de la serie
Catalina la Grande, figura cara al audiovisual pese a no haberse filmado aún la obra definitiva alrededor del personaje histórico, ha sido objeto de dos aproximaciones recientes de la teleficción.
La británica Helen Mirren (bien experimentada en asumir personajes de la corte, y actriz central de la obra cumbre de los filmes sobre la realeza: La reina, de Stephen Frears) la incorpora en la pieza Catalina la Grande, miniserie homónima de cuatro episodios producida por Sky.
En verdad, a la intérprete le sobran años para encarnar a la emperatriz rusa del siglo XVIII en la magnitud de su esplendor, a quien por añadidura el guion nos presenta como una mujer con un sobrecargado apetito sexual, algo que no puede somatizar del todo el espectador (pese a los ardores proverbiales de la Catalina real) al ver la demasiado añosa faz de la divina Helen.
Y ese –desacierto de reparto, aunque también de concepción general– constituye el primer yerro (aunque uno bastante común en la historia de la pantalla) de la miniserie escrita por Nigel William, director del filme Elizabeth I: también al servicio de la Mirren.
El otro error –cardinal este– radica en la extrema convencionalidad de un trabajo machihembrado a ultranza a la ortodoxia clasicista, el cual bordan solamente a partir de la suma de explosiones emotivas, caprichos, catarsis y devaneos eróticos de quien fuera emperatriz de Rusia desde 1762 hasta su muerte en 1796.
En resumen, la caricatura caprichosa, repetitiva, de un ser humano nunca descubierto por el guion y que en la realidad fuese actor esencial de las transformaciones operadas a escala social, artística, científica en la Rusia de su centuria. Una Rusia cuya puesta en contexto nunca queda articulada acá, de tanto escorarse la serie hacia el costado personal –sobre todo romántico– de la emperatriz.
Contra el canon, la transgresión. No falla. Y para esto está La Grande, serie de la plataforma Hulu sobre la alemana que dominó a la gran nación euroasiática, pero ahora en plan sátira. Mejor, en modo «despelote». Tanto, que la comedia Catalina la Grande, dirigida en 1968 por Gordon Flemyng, se sonrojaría sin dudar.
Los mundos descritos en los diez episodios de La Grande son iluminados por ese sol de la pantalla nombrado Elle Fanning, quien además la produjo. A su lado, Nicholas Hoult, como contrafigura hilarante de un trabajo cuando menos curioso, que baña de juvenilia y humor a comarcas no frecuentadas por tales elementos.
Cada capítulo de La Grande (escritos a partir de su obra de teatro por Tony McNamara, el autor del libreto de la cinta La favorita) es contentivo de pasajes refocilantes que van conformando un ovillo de confort sensorial pasajero. Ahora, más allá de ello, no hay mucho.
Solo inserta leves apuntes del papel jugado por Catalina en los cambios de mentalidad en Moscú, o de su lucha constante junto a escasos personajes de la corte por moldear el escenario real de un imperio a la saga de otros europeos en la apertura al conocimiento.
Pero los anteriores son solo viñetas, porque en indagar a fondo al personaje no estriba el objetivo –pese a que sus promotores se empeñaron en manifestar lo contrario al promocionar la serie–, sino en epatar mediante los giros más inopinados, las locuras del consorte real de «la Grande» y la constante chanza.
Envuelven las bromas sus buenas dosis de mala leche occidental sobre la supuesta zafiedad rusa y todos los otros estereotipos vinculados a ese pueblo, exaltados por la tradición audiovisual sajona: el alcoholismo, el fanatismo, el desprecio hacia otras naciones (véase las escenas con los suecos).
En resumen: dos series muy diferentes entre sí, pero ninguna redonda. Dos Catalinas diferentes, mas lo mismo al final. La emperatriz de Rusia continúa esperando justicia audiovisual.

