Carmen: A mí me gusta barrer
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Carmen: A mí me gusta barrer

En el corazón del casco histórico de Matanzas, donde los adoquines cuentan historias de siglos, el paso firme de Carmen González mantiene viva una de las labores más nobles y menos reconocidas: el oficio de barrendero. Desde hace siete años, Carmen recorre las mismas cuadras que antes barrió junto a Zunildo, ya retirado hace algunos años, con la convicción de que «mientras tenga fuerzas, voy a seguir pa’lante».

La historia de Carmen no comenzó en el centro. Antes de mudarse a la calle Milanés, barría en La Marina. Fue precisamente ese traslado el que la llevó a asumir, junto a su hija Talia, la tarea de mantener limpio el entorno patrimonial. Con 12 años dedicados a esta labor —siete de ellos en el casco histórico—, Carmen ya está en edad de tramitar su jubilación, pero no piensa en el retiro todavía: «Me gusta mi trabajo», afirma con orgullo, mientras los surcos marcados de su rostro hablan de años de esfuerzo y dedicación bajo el sol.

Hasta hace poco, el quehacer diario de Carmen implicaba un esfuerzo adicional: cargar sus pertenencias, el escobillón y el recogedor de un lado a otro. Por eso, cuando recientemente la Oficina del Conservador de la Ciudad de Matanzas, a través del proyecto Economías Creativas de Archis Solidaridad Cuba-Italia, entregó tres carros recolectores de desechos —valorados en 580 euros—, el cambio fue significativo. Uno fue destinado a La Vigía, otro al parque de Los Chivos y uno a la calle del Medio, justo donde Carmen labora.

«Antes pasaba trabajo para barrer las calles», explica, y agradece profundamente a Leonel Pérez Orozco, Conservador de la Ciudad de Matanzas, por el beneficio. «Con este carrito se puede mantener la ciudad más limpia». Los carros, entregados como medio básico de la oficina al jefe de brigada de comunales, no solo facilitan el traslado de los desechos, sino que incluyen un compartimiento especial para las pertenencias de los barrenderos, además de un escobillón y un recogedor nuevos.

Su labor no siempre ha sido comprendida. «Algunas personas me preguntan curiosas si estoy sancionada», cuenta. Y ella, con paciencia, explica que no se trata de un castigo, sino de una decisión personal: luego de que su hija enfermara, se propuso trabajar en esta labor para ganar un poquito más.

Su hija Talia comparte la misma rutina, y juntas recorren las calles del centro con el carrito que ahora las acompaña. El gesto de la Oficina del Conservador y del proyecto italo-cubano no solo representa una mejora material, sino un reconocimiento a quienes, como Carmen, cuidan la belleza de la ciudad desde el anonimato.

Su historia también es una invitación a reflexionar. A veces botamos a la calle el vasito donde tomamos helado, la envoltura del caramelo o las galleticas, sin buscar un cesto o llevar los desechos hasta el lugar que corresponda. No pensamos en cuánto trabajo le reportamos a otras personas que sí cuidan de la belleza de la ciudad.

Carmen seguirá barriendo, con su carrito nuevo, las mismas calles que hoy lucen más limpias gracias a su esfuerzo. Y mientras ella tenga fuerzas, como dice, seguirá pa’lante, porque «a mí me gusta barrer».

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