
El estado del planeta me hace recurrir a Brecht una vez más. No solo, y no tanto, porque se cumplieron 70 años de su muerte el pasado agosto, sino porque supo con inigualable genialidad desentrañar el comportamiento humano en dialéctica relación con la sociedad. Y ese es un legado de creación poética que no precisa de fechas o aniversarios.
Las recientes victorias electorales de una formación fascista en su propio país, nada menos que Alemania, alarma a un mundo menos combativo, sin embargo, contra el genocidio de la Gaza palestina, el terror contra Irán o las bravatas discursivas de un matón como Donald Trump.
Todo sucede ante los ojos de un mundo casi impasible donde no pasa nada. O casi nada, que no es lo mismo pero es igual.
Ejemplos máximos de la injusticia estructural que sufre la humanidad.
Bertolt Brecht supo alumbrarla a través de un mecanismo que ya estaba en el arte, pero que en la modernidad cristalizó con su firma y contaminó luego el resto de las manifestaciones artísticas.
El distanciamiento, o mejor extrañamiento, focalizó situaciones humanas en las cuales resultaba decisivo el peso de las relaciones de poder o subordinación entre individuos, clases y grupos sociales. La explotación, el hambre, la guerra y la muerte modificaban las respuestas ideales. Se trataba de una visión realista de la sociedad que Brecht deseaba que el espectador observara y convirtiera en pensamiento.
El libre albedrío y el destino prefijado por los dioses, maravillosos mecanismos de funcionamiento de la tragedia ática, encontraron un nuevo contenido en la palabra y la acción del teatro brechtiano.
Jamás sin emoción humana. Entre las tantas malas lecturas que se hicieron de su poética, estaba el de despojarla de emoción. Incierto. La obra de Brecht es uno de los entendimientos más penetrantes, hermosos y complejos del alma humana, entre otras cosas porque no es nunca una entelequia sino una fuente viva y en fricción entre condicionantes históricas, económicas, sociales e individuales de todo tipo.
Ahí están, entre las distintas etapas de su dramaturgia Baal, Madre Coraje y sus hijos, Vida de Galileo Galilei, El alma buena de Se-Chuan, La excepción y la regla, o su versión de Antígona. Estas dos últimas puestas en escena por Impulso Teatro en tiempos recientes, parte de una larga tradición aquí de acercamientos a su obra.
Aunque la fuerza de esa tradición se extraña, porque uno la quiere viva sobre los escenarios de la Isla. Con la voz del poeta dramático Bertolt Brecht siempre vigente contra el fascismo y sus émulos, contra la guerra y la injusticia, siempre a favor del ser humano.
