La primera vuelta de las elecciones presidenciales brasileñas dejó un resultado que apenas unas semanas atrás no parecía posible: Flávio Bolsonaro fue el candidato más votado y Lula da Silva quedó en segundo lugar.

Con el 99,99 % de las urnas escrutadas, Flávio obtuvo 47,03 % de los votos válidos y Lula 45,16 %. Una diferencia de 1,87 puntos, equivalente a poco más de dos millones de votos, que obliga a ambos candidatos a disputar ahora un electorado completamente diferente. La segunda vuelta será el 25 de octubre. (tse.jus.br)
La primera conclusión es evidente: Lula no tiene asegurada la reelección. La segunda es igualmente importante: tampoco la tiene Flávio Bolsonaro.
En un balotaje desaparecen los demás candidatos y con ellos una parte importante de las identidades políticas que compitieron en la primera vuelta. Los dos finalistas deben conquistar a quienes votaron por otras opciones o decidieron no participar.
La historia latinoamericana ofrece precedentes de remontadas. En Chile, Gabriel Boric llegó segundo en 2021, detrás de José Antonio Kast, y terminó ganando la segunda vuelta con 55,9 %. En Ecuador, Rafael Correa fue segundo en 2006 y posteriormente obtuvo 56,7 % frente a Álvaro Noboa.
Brasil, sin embargo, presenta una particularidad: tras la dictadura militar y el retorno a las elecciones presidenciales directas (1989), nunca un candidato que terminó segundo en la primera vuelta consiguió ganar el balotaje. Lula tendrá que intentar romper ese mantra.
La economía y el bolsillo
La economía será probablemente uno de los principales terrenos de la disputa. El Gobierno de Lula llega a la elección con resultados de los que enorgullecerse: el desempleo se encuentra en niveles históricamente bajos, alrededor del 5,3 %, y el número de ocupados alcanza los 103,5 millones. El ingreso medio real también ha aumentado. La inflación, por su parte, se mantiene alrededor del 4,2 %, dentro del techo de la meta. (efe.com)
Pero las estadísticas macroeconómicas no siempre coinciden con la percepción cotidiana. El costo de los alimentos y otros gastos básicos continúa castigando. El propio Lula ha reconocido durante la campaña que los brasileños siguen sintiendo que “las cosas están caras”. (efe.com)
Ahí aparece una de las contradicciones de la campaña oficialista: Brasil puede mostrar mejores indicadores laborales y, al mismo tiempo, una parte de la población puede no sentir que esa mejoría se traduzca suficientemente en su vida cotidiana.
A ello se suma el problema fiscal. La economía ha seguido creciendo, pero a menor ritmo, mientras los elevados tipos de interés y el aumento de la deuda pública limitan el margen de maniobra del próximo Gobierno. (efe.com)
Lula defiende mantener políticas de protección social y crecimiento con responsabilidad fiscal. Flávio Bolsonaro propone una orientación más centrada en la reducción del gasto público y una agenda económica de corte liberal.
El debate, por tanto, no será solamente sobre quién administra mejor las cuentas. Será también sobre qué precio social tendría el ajuste y quién debería asumirlo.
Voto en disputa
Los casi 45 millones de votos obtenidos por los candidatos que no llegaron a la segunda vuelta constituyen ahora un territorio decisivo, y no sería correcto suponer que se trasladarán automáticamente a uno u otro candidato.
Hay electores de centro y derecha que pueden rechazar tanto al PT como al bolsonarismo. Hay votantes de izquierda que pueden haber optado por otras candidaturas. Y existe también un sector para el cual la decisión puede depender menos de la identidad ideológica que de cuestiones concretas como empleo, precios, seguridad o impuestos.
La segunda vuelta obligará a Lula y a Flávio a ampliar sus discursos.
Para el otrora sindicalista, el desafío consiste en defender los resultados de su Gobierno sin ignorar aquello que sigue generando malestar.
Para Flávio, el desafío es demostrar que su candidatura puede representar algo más que la continuidad del apellido Bolsonaro.
Flávio: ¿Bolsonaro sin Jair?
Esta es una de las incógnitas más interesantes de esta elección. Flávio Bolsonaro tiene 45 años, es senador por Río de Janeiro y nunca había disputado la Presidencia. Llegó después de que su padre, Jair Bolsonaro, lo señalara como sucesor político. (tse.jus.br)
Durante la campaña ha intentado construir una imagen propia. Busca presentarse como una versión más moderada y negociadora que su padre, especialmente ante los electores independientes. (www1.folha.uol.com.br)
Pero existe una paradoja. El apellido Bolsonaro es, al mismo tiempo, su principal capital político y una de sus mayores limitaciones. Le permite heredar una base electoral consolidada, una estructura política y una identidad reconocible. También lo ata al gobierno de Jair Bolsonaro y a sus conflictos.
El expresidente fue condenado por la Justicia brasileña a 27 años de prisión por delitos relacionados con el intento de golpe de Estado tras las elecciones de 2022 y cumple actualmente prisión domiciliaria. A pesar de ello, Flávio ha asumido la tarea de mantener vivo el proyecto político de su padre. (efe.com)
La pregunta es si podrá hacer ambas cosas al mismo tiempo: ser suficientemente Bolsonaro para conservar a ese electorado y suficientemente diferente como para atraer a quienes no votarían por el expresidente.
La primera vuelta ofrece una respuesta parcial. Flávio logró imponerse y convertirse en el candidato más votado. Eso indica que no puede ser considerado simplemente una figura testimonial o un sustituto familiar de su padre. Pero queda por demostrar si su candidatura trasciende el núcleo bolsonarista.
La política exterior también vota
La elección brasileña se desarrolla, además, en un escenario internacional especialmente complejo. Lula y Flávio representan visiones diferentes sobre el lugar de Brasil en el mundo.
El actual presidente defiende una política exterior basada en el multilateralismo, el fortalecimiento de los BRICS y el papel de Brasil en el Mercosur. Insiste en la autonomía estratégica del país frente a las grandes potencias.
Flávio, aunque intenta proyectar una imagen más pragmática que la del gobierno de su padre, plantea una relación más estrecha con Estados Unidos y Donald Trump, y ha defendido una mayor libertad para negociar acuerdos comerciales fuera de las estructuras del Mercosur. (www1.folha.uol.com.br)
Esta diferencia adquiere mayor importancia debido a la relación especialmente tensa que Brasil mantiene actualmente con Washington. Trump ha ejercido presión comercial sobre Brasil y la política exterior se ha convertido en un asunto más visible de la campaña. Flávio mantiene una relación política cercana con el presidente estadounidense, mientras Lula ha reivindicado la soberanía brasileña y una política exterior más autónoma. (www1.folha.uol.com.br)
Para algunos electores, la cercanía con Washington puede representar una oportunidad económica y diplomática. Para otros, es una reducción del margen de autonomía de Brasil.
En cualquier caso, la elección brasileña tiene una dimensión regional que trasciende al gigante suramericano. Una victoria de Lula reforzaría el eje latinoamericano que apuesta por la integración regional y una mayor autonomía respecto de Estados Unidos. Un Gobierno de Flávio Bolsonaro acercaría Brasil a los gobiernos de derecha de la región y a la política exterior de Trump.
No significa que Brasil vaya a alinearse automáticamente con ningún bloque. El tamaño de su economía, sus relaciones comerciales con China, Estados Unidos y Europa y su papel en los BRICS imponen límites a cualquier giro brusco. Pero sí cambiarían las prioridades diplomáticas.
Elección todavía abierta
La diferencia entre ambos candidatos es suficientemente pequeña como para que el resultado dependa, en buena medida, de cómo se distribuyan los votos de las candidaturas eliminadas y de la capacidad de cada uno para atraer a quienes no participaron en la primera vuelta.
Lula tendrá que defender los resultados de su gestión y, al mismo tiempo, responder a las insatisfacciones que persisten en sectores del electorado. Flávio Bolsonaro, por su parte, deberá demostrar que puede representar algo más que la continuidad del apellido que heredó.
La segunda vuelta será, por tanto, mucho más que una repetición de la primera. Será una disputa por los votos que quedaron fuera del duelo y por la capacidad de cada candidato para construir una mayoría que trascienda a sus bases.
En América Latina existen precedentes de candidatos de izquierda que llegaron segundos y consiguieron remontar. Brasil, sin embargo, nunca ha vivido una situación semejante.
Lula tiene tres semanas para intentar cambiar esa historia. Flávio Bolsonaro, para demostrar que puede escribir la suya.


