Cuando aquel 17 de octubre del 2019 nos llegaba la noticia de que Alicia había dejado el plano físico de su existencia, los que estuvimos muy cercanos a ella sabíamos que aquello no significaba la dura palabra muerte. ¿Y por qué lo sabíamos? Porque durante muchos años acostumbraba a decirnos “los seres queridos y los hechos hermosos de la vida nunca mueren. Eso solamente ocurre cuando no son recordados”. Esa sabia reflexión nos patentizaba que ella seguiría viviendo, no solamente en el recuerdo de sus memorables interpretaciones como bailarina, sino porque la sobreviviría siempre el histórico legado que nos dejó como coreógrafa, como directora y como personalidad del acontecer artístico, cultural, social y político que desplegó como figura cimera de la danza escénica cubana y mundial.
Si bien es cierto que su permanencia sobre los escenarios mundiales marcó un hito que se extendió desde aquel 29 de diciembre de 1931, en que hizo su debut como bailarina en el Gran Vals de La Bella Durmiente, hasta su silencioso adiós escénico el 28 de noviembre de 1995 bailando Farfalla en el Teatro Massini de la ciudad italiana de Faenza, su órbita estelar no se detuvo ahí.

A la luz de la historiografía y la crítica especializada el nombre de Alicia Alonso está ligado a términos indiscutibles: talento, coraje y disciplina. En este séptimo aniversario de su adiós físico ella se mantiene viva, no solo en el registro de los sesenta y cinco países en que representó a Cuba como máxima estrella de agrupaciones artísticas tan prestigiosas como el Ballet Theatre de Nueva York, el Ballet de Washington, el Ballet Ruso de Montecarlo y el Ballet Nacional de Cuba así como las setenta y nueve galas y festivales de la mayor prosapia, que abarcó un registro biográfico extendido de Helsinki a Australia y Sudáfrica, y desde Tokio a San Francisco. Su aporte mayor a la danza está en la riqueza coreográfica de la vasta obra que supo crear al paso de los años y que incluye sus afamadas versiones del “ballet de acción” dieciochesco, de la tradición romántico-clásica del siglo XIX y las creaciones contemporáneas donde dio muestras de su dominio técnico y estilístico.
El registro creador de Alicia Alonso, que hoy la sobrevive, incluye cincuenta y seis creaciones coreográficas que se iniciaron con los bailables que creó en 1942 para la escenificación de la ópera Aída para la Sociedad Pro-Arte Musical de La Habana y que se extendió hasta Caleidos, ballet creado en el 2014.
Para el Festival Internacional de Ballet de La Habana, que lideró desde 1960, crearía veintiséis nuevas obras que dieron muestra de la amplitud en que concebía la labor coreográfica de la Escuela Cubana de Ballet. Se ha escrito mucho sobre el quehacer de la Alonso como creadora, pero enorgullece saber que más allá de los escenarios cubanos su obra coreográfica ha ganado el aplauso de escenarios de tanto relieve en América, Europa y Asia, como lo han sido la Ópera de París, la Ópera de Viena, el Teatro San Carlo de Nápoles, la Ópera de Roma o el Teatro Real de Dinamarca, el Teatro de la Ópera y Ballet de Pekin, entre otros.

Para los que tuvimos la cercanía magisterial de la Alonso, es imposible olvidar la actitud con que se enfrentó a su tránsito escénico y social. Nunca estuvo conforme con lo logrado y que se materializó en doscientos veintiséis premios nacionales y doscientos sesenta y siete internacionales, además de las ovaciones que recibió durante setenta y cuatro años como bailarina. Ante cada galardón recibido, ya fuera de índole artístico-cultural, social y político, acostumbraba a sonreír y exclamar con jocosa modestia “jajajaja”.
Así la queremos recordar en este aniversario en que la sentimos viva en los actuales triunfos de su obra mayor: el Ballet Nacional de Cuba.
