A medio siglo del inicio de una historia multiplicada
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A medio siglo del inicio de una historia multiplicada

Cuba

La historia de Oriente continúa siendo una historia de encuentros, de luchas compartidas y de tradiciones que atraviesan las demarcaciones establecidas por la administración.
Foto: Juvenal Balán

En el histórico escenario de La Demajagua, donde Carlos Manuel de Céspedes había hecho sonar la campana de la libertad el 10 de octubre de 1868, nuestro Comandante en Jefe, Fidel Castro Ruz, proclamó solemnemente, hace exactamente medio siglo, la constitución de las provincias de Las Tunas, Holguín, Granma, Santiago de Cuba y Guantánamo.

No fue una fecha escogida al azar, tampoco el sitio. Allí donde había comenzado una de las páginas más gloriosas de la historia nacional, se abría un nuevo capítulo en la organización territorial de la Mayor de las Antillas.

La antigua provincia de Oriente, extensa en su geografía, inmensa en su historia y profundamente arraigada en la conciencia de sus habitantes, dejaba de existir como unidad político-administrativa. Pero no desaparecía su espíritu.

Fidel lo resumió entonces en una expresión destinada a trascender: «Oriente no se dividió, se multiplicó y entregó a la Patria cinco nuevas, vigorosas y pujantes provincias». Y ciertamente, aquella fue una multiplicación de territorios, responsabilidades, aspiraciones y posibilidades de desarrollo. Cinco provincias comenzaban a escribir sus propias páginas administrativas sin renunciar a la historia común que las había engendrado.

Una tierra con historia para repartir

Mucho antes de que los mapas dibujaran los actuales límites provinciales, Oriente había adquirido una personalidad histórica singular dentro del archipiélago cubano.

Desde los primeros siglos de la colonización española, Santiago de Cuba desempeñó funciones fundamentales en la administración de la Isla. En 1607, la Corona estableció dos gobiernos, uno con sede en La Habana y otro en Santiago, reconocimiento temprano de la importancia política y estratégica de la región oriental.

Con el transcurso de los siglos se sucedieron distintas reorganizaciones territoriales. En 1827, la Isla quedó estructurada en tres grandes departamentos: Occidental, Central y Oriental. Más adelante, en 1878, la administración colonial estableció seis provincias, entre ellas Santiago de Cuba, cuya jurisdicción comprendía buena parte del territorio que posteriormente sería conocido como Oriente.

El nombre de aquella ciudad, fundada entre montañas y mar, permaneció así estrechamente vinculado a la denominación política de una región que desbordaba sus propios límites urbanos. Sin embargo, la historia oriental nunca fue patrimonio exclusivo de una ciudad.

Bayamo aportó la primera capital de la República en Armas y el nacimiento del Himno Nacional. Manzanillo conservó la cercanía de La Demajagua, donde Céspedes inició la insurrección independentista. Guantánamo, Holguín y Las Tunas sumaron sus propias tradiciones de rebeldía, sacrificio y cultura.

Santiago, por su parte, quedó asociada para siempre a episodios decisivos de las guerras de independencia y de las luchas revolucionarias del siglo XX.

Desde las gestas mambisas hasta el asalto al cuartel Moncada; desde el desembarco del Granma hasta los combates de la Sierra Maestra, la región oriental fue escenario de acontecimientos que marcaron profundamente el destino de la nación.

Era, en definitiva, una tierra con demasiada historia para quedar encerrada en una sola demarcación.

Noviembre de 1976: cinco provincias para un nuevo tiempo

El Primer Congreso del Partido, dada la nueva situación del país, encomendó hacer una nueva división político-administrativa, establecida mediante la Ley 1304 de julio de 1976. Respondió a la necesidad de reorganizar la dirección económica, política y social del país.

La antigua provincia, por su considerable extensión territorial, su población y sus diferencias geográficas, planteaba dificultades para una administración más cercana a las comunidades. La creación de nuevas provincias permitiría establecer estructuras de gobierno propias, atender con mayor especificidad las necesidades locales y promover una distribución territorial de las responsabilidades.

Desde La Demajagua, Fidel evocó el pasado común de los orientales y reconoció los sentimientos que despertaba la desaparición administrativa de la antigua provincia. También destacó el legítimo orgullo de tuneros, holguineros, granmenses, santiagueros y guantanameros por disponer de sus propias provincias.

No se trataba de borrar una identidad para levantar otras cinco. Se trataba de reconocer la personalidad de cada territorio sin romper los vínculos históricos que los unían. En aquel histórico discurso, el Jefe de la Revolución reservó palabras especiales para Santiago de Cuba, a la que reconoció como capital moral de la antigua región oriental y de la Revolución.

Era un reconocimiento al extraordinario protagonismo histórico de la ciudad, pero también una afirmación de que las jerarquías de la memoria no dependen necesariamente de las fronteras administrativas.

Cinco rostros de una misma identidad

Transcurrido medio siglo, cada una de las provincias orientales ha consolidado rasgos propios, sin que ello haya desdibujado los elementos culturales e históricos que las hermanan.

Las Tunas, con sus tradiciones campesinas, su vocación agropecuaria y una historia estrechamente ligada a las luchas independentistas, representa una de las puertas de entrada al universo oriental. Holguín, tierra de extensas llanuras, montañas y costas, ha desarrollado una identidad cultural y económica reconocible, en la que confluyen la industria, la agricultura, las artes y el turismo.

Granma, heredera de Bayamo, Manzanillo, La Demajagua y una parte fundamental de la Sierra Maestra, conserva algunos de los escenarios más significativos de la formación de la nacionalidad. Santiago de Cuba, ciudad de profundas tradiciones patrióticas y culturales, continúa siendo un referente indispensable de la historia nacional. Su música, sus carnavales, sus monumentos y su condición de cuna de acontecimientos decisivos le confieren una personalidad irrepetible.

Guantánamo, con Baracoa, la primera villa fundada por los españoles, sus montañas, sus tradiciones musicales y sus singulares paisajes, completa esta geografía de extraordinaria diversidad.

Cinco provincias diferentes en sus características económicas, culturales y naturales, pero unidas por una memoria compartida. Porque ser oriental ha significado, durante generaciones, algo más que haber nacido al este de Camagüey. Es una forma de reconocerse en la historia, en el lenguaje, en la cultura, en las costumbres y en esa peculiar manera de sentir la tierra natal que acompaña a sus hijos incluso cuando viven lejos de ella.

Medio siglo después: la historia y sus desafíos

Cincuenta años constituyen un período suficiente para valorar la trascendencia de una transformación territorial, pero también para interrogarse sobre sus resultados y desafíos pendientes.

Desde 1976, estas provincias han atravesado profundas transformaciones demográficas, económicas y sociales, en ellas está omnipresente obra creadora de la Revolución. Se han desarrollado instituciones, infraestructuras y centros de enseñanza; han cambiado las estructuras productivas y se han modificado las relaciones entre las ciudades y las comunidades rurales.

Sin embargo, el aniversario llega también en medio de dificultades que no pueden quedar al margen de una mirada responsable: la emigración, el envejecimiento poblacional, las limitaciones económicas, el deterioro de infraestructuras y las desigualdades territoriales plantean interrogantes sobre el futuro de esta región del país.

Celebrar cincuenta años no significa desconocer tales realidades. Por el contrario, supone examinar cuánto se ha avanzado, qué aspiraciones permanecen inconclusas y cuáles son las responsabilidades de las generaciones actuales.

Resulta difícil encontrar un oriental que no conserve, de alguna manera, un vínculo sentimental con aquella antigua provincia que dejó de figurar en los mapas administrativos hace medio siglo. 

Ningún límite provincial ha separado la memoria de Céspedes de la de Martí, la de Maceo de la de Calixto García, ni los acontecimientos de Bayamo de los de Santiago de Cuba, Guantánamo, Holguín o Las Tunas.

La historia de Oriente continúa siendo una historia de encuentros, de luchas compartidas y de tradiciones que atraviesan las demarcaciones establecidas por la administración. Hoy, al cumplirse cincuenta años de aquella jornada en La Demajagua, vale la pena volver la mirada hacia el camino recorrido, recordar a quienes construyeron estas provincias y pensar, sobre todo, en quienes tendrán la responsabilidad de conducirlas durante las próximas décadas. Seguirá siendo una manera de nombrar la historia de Cuba.

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