Los que le conocieron lo recuerdan como un hombre serio y una persona muy responsable a quien se le podía encargar tareas complejas; alguien que gustaba hablar con voz baja, pero con firmeza y quien prefería que se cumplieran los retos con calidad.

Así era, para muchos camagüeyanos, el Comandante de la Revolución cubana, Ramiro Valdés Menéndez, quien recibió homenaje póstumo, este martes, desde la Plaza de la Revolución Mayor General Ignacio Agramonte Loynaz.
Y es que Ramiro Valdés, quien visitara la provincia camagüeyana en varias ocasiones, se ganó el respeto y la admiración de muchos agramontinos, sobretodo tras continuar el legado de su amigo Ernesto Guevara y velar por el desarrollo industrial del norteño municipio de Nuevitas.

Ramiro Hernández Serrano, quien fuera combatiente en El Escambray y en los llanos de Villa Clara, fue, en varias ocasiones, el chófer de Valdés Menéndez en esos periplos a Nuevitas. Allí conoció cómo se preocupaba por la Termoeléctrica, la Fábrica de Fertilizantes. También lo conoció en la lucha contra los alzados y en la seguridad del Estado. Pero lo que más recuerda era lo buen jefe que era.
Para Antonio Delgado Sánchez, jefe de la Dirección de Inspección Provincial, hoy era un día triste. «Ramiro, dice, fue uno de los dirigentes que siempre estuvo al tanto del desarrollo industrial de Camagüey, programa del cual estuvo muy pendiente. Además, era un amantes de las ideas de Agramonte.
«Pero lo que siempre admiré de él fue su trayectoria humilde. Era un hombre de pensamiento y acción que estuvo en la génesis de la Revolución y que desde la Seguridad del Estado contribuyó a evitar grandes atentados contra el Comandante».

Los encuentro de la corresponsal de Radio Progreso, Bárbara Suárez Ávalos, con Ramiro fueron netamente profesionales, durante recorridos y visitas que realizó el Comandante al territorio.
Como cuenta la periodista «no fueron muchas las veces que lo vi, pero en esas ocasiones me pareció un hombre que impresiona a mucho por su porte, su carácter.
«Ramiro siempre se veía como el Ministro del Interior, el militar, pero siempre lo vi como el hombre de confianza de Fidel. Estaba en momentos claves, cómo traer los restos del Che. Y en esas visitas a la provincia estaba atento y era muy exigente con el cumplimiento de los plazos y la calidad. No era dado a las entrevistas, nos decía que buscáramos a los protagonistas verdaderos, pero nunca se negó a una foto».








