La Habana, 22 jun.- Cuando un perro fija sus ojos en los de su dueño durante un tiempo prolongado, no solo busca alimento o atención. En ese instante, una cascada química inunda los cerebros de ambos.
Este fenómeno, que la ciencia describe como un bucle de retroalimentación de oxitocina, constituye uno de los pilares de una relación que va mucho más allá de la simple compañía.
La investigación moderna revela, ahora, que esta conexión habita en las profundidades del código genético, en el metabolismo y en la estructura misma de la corteza cerebral. El perro doméstico dejó de ser solo el mejor amigo para transformarse en el espejo biológico más fiel de nuestra especie.
La base de esta similitud reside en una continuidad evolutiva que asombra a los genetistas. El desciframiento del genoma canino, liderado por instituciones como el Instituto Broad del MIT y Harvard, hace más de dos décadas, demostró que compartimos una arquitectura molecular asombrosa.
Eric Lander, director del proyecto en aquel entonces, subrayó que los seres humanos poseen una proporción mayor de ADN ancestral con los perros, que con los ratones de laboratorio. Este dato posiciona a los caninos como un modelo de medicina trasnacional superior, para estudiar enfermedades que afligen a ambos, como el cáncer, la diabetes o la epilepsia.
El estudio del genoma de una hembra de raza bóxer, llamada Tasha, permitió identificar más de 17 mil genes ortólogos. Estos son segmentos de ADN que provienen de un ancestro común y que cumplen funciones idénticas en las dos especies.
Kerstin Lindblad Toh, codirectora del programa de secuenciación, matizó que, cerca del cinco por ciento del genoma humano se mantuvo preservado, frente a la evolución durante los últimos cien millones de años. Estas secuencias se agrupan en torno a genes maestros que controlan el desarrollo embrionario y la formación del sistema nervioso.
La cría selectiva que los humanos realizaron durante siglos, facilitó el trabajo de los científicos. Al crear razas con rasgos específicos, también se generaron bloques de ADN muy largos, que los expertos llaman haplotipos. Estos bloques resultan hasta cien veces más grandes que los hallados en las personas.
Lander apuntó que identificar genes responsables de enfermedades en perros, equivale a golpear el costado de un granero con una piedra, pues la estructura simplificada del mapa genético canino permite hallar señales con pocos marcadores moleculares. Dicha ventaja técnica acelera el hallazgo de curas para patologías compartidas.
Un laboratorio para el envejecimiento
Uno de los ángulos más valiosos de esta relación surge del Dog Aging Project, iniciativa que monitorea a miles de perros domésticos en busca de las claves de la longevidad.
Kate Creevy, jefa veterinaria de este proyecto y profesora en la Universidad de Texas A&M, destacó que las señales biológicas que predicen la duración de la vida en humanos también aparecen en los canes. Al analizar moléculas pequeñas en la sangre, conocidas como metabolitos, el equipo halló patrones que asocian el riesgo de muerte prematura con procesos biológicos idénticos en las dos especies.
Creevy comentó a medios especializados que las moléculas que protegen contra un fallecimiento pronto o las que suponen un riesgo, resultan muy parecidas en perros y personas. Esta huella dactilar metabólica refleja cómo el deterioro de los órganos, la inflamación y el estrés celular, progresan por vías paralelas. En particular, la degradación de la función renal aparece como un marcador de mortalidad robusto para ambos. La gran ventaja reside en que el tiempo transcurre más rápido para los animales.
Mientras que las señales del envejecimiento tardan hasta tres décadas en manifestarse en una población humana, en los perros estos perfiles se consolidan en apenas tres años. Esa escala comprimida permite que la ciencia evalúe terapias preventivas en un intervalo breve.
El perro vive en el mismo entorno que su dueño, respira el mismo aire y se expone a los mismos contaminantes. La coincidencia ambiental otorga a los estudios una validez que los ratones de laboratorio, encerrados en jaulas estériles, nunca podrán igualar.
La batalla contra el olvido
El cerebro canino también ofrece pistas críticas para resolver el enigma del Alzheimer. Los perros ancianos sufren a menudo el Síndrome de Disfunción Cognitiva Canina, una enfermedad que mimetiza las etapas iniciales de la demencia humana.
Natasha Olby, investigadora de la Universidad Estatal de Carolina del Norte, lidera esfuerzos para definir criterios diagnósticos precisos en estos animales. Su trabajo revela que el cerebro de los perros con demencia acumula placas de proteína beta amiloide y sufre una pérdida de tejido neural, similar a la que padecen los pacientes humanos.
Un avance central en esta área es el uso de la cadena ligera del neurofilamento, una proteína que el cuerpo libera cuando las neuronas mueren. Olby apuntó que los niveles de esta sustancia en la sangre aumentan, a medida que el perro pierde facultades cognitivas. Los datos matemáticos mostraron una correlación alta entre el daño cerebral y la incapacidad del animal, para resolver problemas o mantener la atención.
Al validar este marcador en perros, los científicos obtienen una herramienta poderosa para probar fármacos experimentales antes de usarlos en personas.
Sintonía emocional y trucos evolutivos
La conexión emocional tiene un respaldo físico en la corteza temporal. En la Universidad Eötvös Loránd de Budapest, Hungría, realizaron escaneos cerebrales a perros despiertos para observar cómo procesan los sonidos. Los resultados indicaron la existencia de áreas de voz en el cerebro canino que se ubican en lugares análogos a los de los humanos.
Ambas especies utilizan estos centros para captar la carga afectiva de las vocalizaciones. Una risa o un ladrido alegre provocan una actividad mayor en la corteza auditiva, que los sonidos de tristeza o amenaza.
El estudio sugiere que este mecanismo cerebral común para procesar la información social existió, en un ancestro compartido, hace cien millones de años. Sin embargo, la domesticación añadió una capa extra de complejidad a este vínculo.
Miho Nagasawa, investigadora de la Universidad de Azabu, en Japón, demostró que el contacto visual entre un perro y su tutor dispara un bucle hormonal único. Al mirarse, el cerebro del dueño secreta oxitocina, lo que fomenta conductas de cuidado. Estas caricias elevan a su vez la oxitocina en el perro, quien responde con más miradas de afecto.
Ese proceso de apego resulta idéntico al que une a una madre con su bebé. Nagasawa matizó que este sistema está ausente en la relación entre humanos y lobos, incluso cuando las personas crían a los lobos desde su nacimiento. Ello indica que los perros desarrollaron esta capacidad de secuestrar las vías del amor maternal humano, durante su evolución junto a nosotros.
El perro aprendió a comunicarse de forma natural y a leer nuestras señales sociales, de un modo, que muy pocos animales superan.
La empatía como motor de acción
La ciencia también explora los límites de la solidaridad canina. Un experimento en la Universidad Johns Hopkins, en Estados Unidos, puso a prueba a 34 perros de diversas razas, frente al llanto de sus dueños. Los animales debían empujar una puerta cerrada con imanes para alcanzar a su cuidador.
Emily Sanford, autora principal del estudio, observó que los perros con vínculos fuertes atravesaron la barrera tres veces más rápido, cuando oyeron llantos que cuando escucharon a su dueño tararear una melodía.
Sanford matizó que los perros que no abrieron la puerta no carecían de interés. Por el contrario, los análisis de estrés mostraron que estos animales sufrieron una angustia tan elevada ante el llanto de su dueño, que quedaron paralizados. Esa respuesta revela una sensibilidad afectiva profunda.
El perro no solo percibe el dolor ajeno, sino que experimenta una urgencia física por aliviarlo, una conducta que los investigadores comparan con el auxilio espontáneo en humanos.
La suma de estas evidencias transforma la visión tradicional del animal doméstico. La homología en los genes, la coincidencia en los biomarcadores de mortalidad y la simetría en el procesamiento de las emociones, integran la medicina humana y la veterinaria en una sola salud.
Al estudiar al perro, el ser humano se estudia a sí mismo en una escala de tiempo que permite hallar respuestas con mayor celeridad. Esta alianza, forjada hace miles de años, hoy se consolida como una de las herramientas más prometedoras para entender la vida, la enfermedad y el origen de los vínculos sociales en nuestra especie. (Fuente: Juventud Rebelde)