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En Cuba, los padres también han construido el arte nacional

Paternidad, obra de Dorian Flórez.

Tanto en los festejos para la madre como para los del padre está presente la entrega, gratitud y cariño a esa persona que representa guía, ejemplo y refugio en la vida del ser humano desde su nacimiento.

El patrimonio cultural cubano da fe de que el arte es la fuerza creativa de muchas familias, que han convertido las diferentes manifestaciones artísticas en el eje de sus vidas.

En la danza, contamos con los emblemáticos Alonso, fundadores de la escuela cubana de ballet. Alicia, Fernando y Alberto convirtieron la técnica cubana en una de las más prestigiosas a nivel mundial y su legado continuó en las manos de Laura Alonso, hija de los dos primeros, creadora del centro ProDanza.

Las artes visuales no se quedan atrás. El premio nacional de Artes Plásticas (2025), Roberto Salas, es heredero del saber fotográfico de su padre, Osvaldo (1914-1992), pilar de la fotografía épica junto a otros como Alberto Korda y Raúl Corrales.

Mientras, los escenarios, el séptimo arte y la pantalla televisiva nacional acogieron con beneplácito y popularidad a Salvador Wood (1928-2019), conocido por sus personajes en los filmes La muerte de un burócrata (1966) y Soy Cuba (1964).

Su hijo Patricio, nacido en 1961, continúa su legado como uno de los actores más consagrados de su generación. Reconocidos son sus papeles en producciones como El brigadista (1976), donde trabajó con su padre, Los sobrevivientes (1978), El cuerno de la abundancia (2006), Los últimos días en La Habana (2008), entre otras.

Sin embargo, es quizá la música la manifestación donde más florecen las herencias familiares en Cuba.

Podemos mencionar al creador del ritmo Pilón, Pacho Alonso; al cumplirse en 2026 su centenario, el Instituto Cubano de la Música consideró oportuno dedicarle, junto a otros grandes del gremio, la pasada edición del Festival Internacional Cubadisco. Tanto su hijo, Pachito, como sus nietos Christian y Rey, se formaron en la misma profesión.

Décadas antes, Cuba se enriqueció con Sindo Garay (1867-1968), sobresaliente en la trova tradicional. Sus hijos, Guarionex, Guarina, Anacaona, Caonao y Hatuey, lo acompañaron en su carrera. Luego, en la música campesina brillaron Inocente Iznaga González «El Jilguero de Cienguegos» (1930-2012) y Antonio «Tony» Iznaga, al que el pueblo conoce como El Jilguerito.

Casi contemporáneo con el Jilguerito, tenemos al compositor y baladista Waldo Mendoza, padre de dos adolescentes que también aportan su granito de arena a la industria.

Imaginando al pentagrama musical como un abanico, en el intermedio tenemos a la familia Vitier-García Marruz, con Cintio, Fina (poetisa), y sus herederos, José María y Sergio, cuyo apellido da nombre a un centro cultural en el municipio de la Habana Vieja, que se dedica a promover la cultura y el trabajo en la comunidad.

Otras familias prestigiosas dentro del repertorio clásico son la López-Gavilán-Junco y la Castro Romeu, con Zenayda como directora de la Camerata Romeu.

En el apartado popular se cuenta con varios exponentes generacionales, como los Formell y los Alvárez, formadores de las orquestas Los Van Van; Adalberto Álvarez y su Son, y La Charanga Latina, respectivamente.

De igual forma, son destacables los hermanos Moisés «Yumurí» y Orlando «Maraca» Valle; el primero en lo popular y el segundo como director de la flautista Camerata Cortés, fundada por el precursor de la timba, José Luis Cortés «El Tosco» (1951-2022).

En definitiva, al arte cubano le sobran motivos para vestirse de gala en una celebración tan especial como es el Día del Padre, pues desde diferentes aristas, un gran número de ellos (los aquí mencionados y otros muchos) han contribuido, y aún lo hacen, a la cultura de la nación. 

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