Mi gran amor fue quien me sacó mi primer diente flojo. Recuerdo el hilo blanco atado a la pieza y a la puerta de la cocina. Me pidió que cerrara los ojos, que contara hasta tres, y en el dos ya había dado el tirón. No dolió. Lo que dolió fue ver su cara de susto disimulado, como si él hubiera sentido el golpe en su propia encía. Esa noche, mientras yo ponía el diente bajo la almohada, él me susurró: “Los dientes se caen, hija, pero las cosas importantes se quedan pegadas con otro tipo de raíz”.
La educación de mi príncipe azul fue silenciosa pero firme. Nunca me alzó la voz, pero su silencio pesaba más que cualquier grito. Cuando saqué mi primera mala nota en matemáticas, no me regañó. Se sentó a mi lado, partió una hoja en cuadritos y me dibujó manzanas para enseñarme a sumar. “Los números no muerden”, me decía, mientras yo veía cómo sus dedos, hechos para el trabajo pesado, se volvían delicados para trazar líneas rectas. Él me enseñó que la paciencia no es esperar, sino acompañar.
Ahora, el hombre de mis sueños tiene barba, un poco arrugada la cara, las manos callosas pero acogedoras. Hay gestos suyos que se han vuelto eternos.Camina más lento que antes, pero su paso sigue siendo el mismo que marcaba el ritmo de mis primeras zancadas.
Los años pasaron y los juegos se transformaron en charlas. Ahora, cuando llego a casa después de un día largo de trabajo no me pregunta cómo estoy; lo sabe con solo mirarme. Ya no me alza hasta el techo, pero sigue levantándome el ánimo con frases cortas que solo tienen efecto cuando vienen de una persona que te quiere de verdad.
Aún hoy, con veinte años, él me cobija antes de dormir. Entra a mi cuarto con pasos que quiere hacer silenciosos pero que siempre suenan, ajusta la sabana que yo misma he desordenado a propósito, y la mete debajo de mis pies como cuando tenía cinco. Yo me quedo despierta, sintiendo el peso de esa cobija que no es de lana, sino de años de estar ahí, de no haberse ido nunca.
No puedo imaginarme la vida sin él. No porque no sepa vivir sola, sino porque su existencia es el telón de fondo de todas mis historias. Quizás algún día yo también tenga que enseñar a sumar con manzanas, o sacar dientes con hilo, o cobijar a alguien que ya es grande. Y cuando ese día llegue, solo espero hacerlo con la mitad de la ternura con la que lo hizo siempre el hombre que yo amo, el amor de mi vida, mi papá.
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