El 28 de noviembre de 2019, la vida de Octavio López Ramírez, Tavito, tomó una pausa. Perdió el hálito al sentir el calor del cuerpo que se perdía entre sus manos. Apaciguó, poco a poco, el trote acelerado de su corazón al sumergirse en los pequeños ojos clavados con fuerza en su rostro. Solo entonces entendió que se estrenaba como papá.
“Fue un impacto grande que no sé cómo expresarme —cuenta y regresan los temblores internos, la parálisis momentánea—. Dainalis es mi todo”.
Parece que fue ayer, según la fuerza de su memoria. Pero este joven de 39 años sabe cuántas alegrías, dolores de cabeza, sustos, abrazos y sinsabores ha compartido con su pequeña Cuqui.
“Quería ponerle Danay, pero por capricho la nombraron Dainalis Rosalba. El segundo tampoco me gusta. De ahí lo de llamarla Cuqui”.
Desde entonces, solo se escucha el nombre registrado en su inscripción de nacimiento en los espacios ajenos al entorno familiar o cuando salta algún regaño.
“A veces nos fajamos porque casi nunca se porta bien. No es que haga cosas mal, sino que es regada. Creo que eso es genético. Ahí es cuando le digo hasta el Rosalba”, acota con el tono propio de los hombres de campo, disipado al sentir la cabecita de la pequeña resguardada bajo su barbilla.
Besos de un lado y otro no interrumpen el diálogo. Delatan la complicidad moldeada por el amor y la seguridad de saberse que se tienen. Desde que Cuqui caminó un par de meses después del primer año de vida, Tavito asume su cuidado sin el acompañamiento de la madre biológica.
“Hasta los 11 meses de la niña vivimos juntos. Nos divorciamos y, luego, vino completo para la casa. Cuando eso pasó ya Dayana estaba aquí. Ella no tiene muchachos y se volvió el pilar de nosotros”.
Basta escuchar: “Mamá, dame el libro” para confirmar que hay condiciones que no llegan solo por gestar nueve meses, sino por estar con los brazos abiertos para arropar.

“La niña ha convulsionado dos veces y se nos ha quedado muerta. Gracias a Dios, Dayana ha estado a su lado porque es la que entiende bien qué darle y qué hacer. Pero en esas cosas malas es mejor ni pensar.
“No tuve miedo en traerla conmigo porque si vino al mundo es porque yo quería. Llegué a pensar que no daba hijos porque con otras relaciones jamás salió. Pero llegó Cuqui y todo cambió”.
UNA PRUEBA DE FUEGO Y MANOS SOLIDARIAS
A Tavito, el hijo de la zona donde emergió el hotel Zaza, no hay quién le haga un cuento de cómo se le pone el pecho a la vida. Con la fuerza de la voluntad, más que de las manos, levantó su casita tabla a tabla y apisonó su piso de tierra en el área conocida como La Cueva de la Virgen, un sitio con olor a extrema humildad y mucho verdor.
“Soy multifacético. Lo mismo pico un poste que hago carbón, tumbo una mata, limpio un pozo. Vendí hace poco el carretón y el caballo para comprarme una motosierra. Eso puede dormir dentro de la casa, lo otro estaba en peligro al quedarse afuera”.
Hace más de un malabar para llevar los platos a la mesa. Mas, cada cansancio se compensa con los besos, abrazos y los muchos cuentos que le esperan en casa.
“Cuando papá no puede jugar conmigo es porque está trabajando”, asegura Cuqui, quien aprovecha el menor de los descuidos de la entrevista para sentar en las piernas de Tavito uno de sus muñecos.

Las manos ásperas toman con cuidado las diminutas ropas del bebé que la pequeña cuida con recelo. Son las mismas que han salvado la vida a muchos de sus juguetes, víctimas de lógicas roturas.
“Ella también es bastante emprendedora, lo que está chiquita. En la familia no hay médicos ni abogados. No tenemos mucho nivel cultural, pero sí quiero que logre lo que no he podido alcanzar. Ojalá sea algo más de lo que soy, que sea grande en la escuela. Para eso la apoyo”.
Evidentemente, desconoce que los títulos académicos no deciden la grandeza. Después de vencer más de una de las tantas pruebas de la vida, ha ratificado que, aunque la carrera de padre jamás se termina, nació para merecer sus más altas calificaciones.
“Hace ocho meses estuve separado de Dayana y regresé para esta casa con una mano alante y otra atrás. Mi niña no tenía nada que ponerse. Me criticaron por el divorcio. Me dijeron que si estaba loco porque solo no iba a poder. ¡Y no me morí!
“Si daba un paso atrás era como entregársela al orfelinato. Imagínate, cuando me quedé solo no recibí ayuda por parte de la madre biológica, ¿qué pasaría si tiro los guantes?
“Me levantaba más temprano. La lavaba y le hacía el desayuno. La vecina la peinaba porque realmente eso sí no lo he aprendido. La ropa y la comida las tenía listas”.
Una rutina diaria, aliviada por la bendita bicicleta que acorta los más de dos kilómetros que separan el hogar de techo de zinc de la institución educativa Remigio Díaz Quintanilla, donde Cuqui descubrió este curso la magia de las letras y los números.
“El que me contrate sabe que mi día laboral empieza después de las ocho de la mañana. Antes, terminaba pasadas las tres. A mitad de curso, cambiaron la recogida de la niña para el horario del mediodía.
“En el tiempo que estuve solo, la misma vecina que la peinaba y hoy nos mantiene el frío, porque tiene paneles, me ayudaba algunos días a buscarla. Por suerte, al volver con Dayana ya tengo también alivio en ese sentido y puedo trabajar sin tanta presión porque la verdad es que estoy siempre apretado”.
De otras ayudas salvadora conoce con detalles Tavito. En los días en que su vida se puso de cabeza, tocaron a sus puertas muchas donaciones, gracias al empuje de uno de los tantos grupos virtuales que mantiene con vida las esencias del humanismo.
“Estoy muy agradecido. La niña tiene la ropa que quizá no se va a poner. Nos dieron el aparato, batidora, olla reina, arrocera, televisor…”.

MÁS QUE UN TECHO
En la vivienda de escasos metros cuadrados y poquísimos objetos con huellas del paso de los años no solo habitan Tavito, Cuqui, Dayana y Rambo, el animal fiel seguidor de cada movimiento dentro y fuera del entorno más íntimo. Resiliencias, voluntades y entregas se transpiran en la casa plantada al final de uno de los tantos trillos serpentinos y ondulados de la zona de La Cueva de la Virgen, donde el servicio de agua potable brilla por su ausencia.
“La niña es lo más grande de nosotros. La consiento bastante, aunque tú ves que ella es loca esperando al que sale. A su mamá biológica también la quiere. Se nota cuando se ven, lo que no pasa a menudo.
“A mi mujer le pusieron el parol para irnos los dos y dije: sin Cuqui no lo hago. Total, aquí siempre invento”.
Esa fue otra decisión que no encontró titubeos en el papá de la niña expresiva, conversadora y de ojos con ganas de tragarse el mundo. En cada abrazo la vida tiene sentido.
“La única fórmula es quererla y tener ganas de hacer. Si no se tienen fuerza y voluntad no se logra. Nunca me han faltado por ella; como te dije ya, es mi todo”.


