Historia Radio Angulo

El legado de Vilma Espín, 19 años de su desaparición física

Cada 18 de junio vuelve la fecha en que Vilma Espín nos dejó físicamente, pero su nombre aún pesa tanto en la memoria cubana y su obra sigue tan presente que parece que sigue caminando por barrios, escuelas y hospitales.

Ingeniera de profesión, podía haberse quedado en el extranjero con un futuro cómodo y seguro, pero eligió venir a las montañas a luchar cuando el país estaba sumido en la guerra. No buscaba fama ni títulos; buscaba cambiar realidades.

Esa decisión fue una entrega total que mantuvo hasta su último día. De ahí que su lealtad a la Revolución no fuera de palabras bonitas, sino de acciones: estar donde hacía falta, en el momento preciso y sin pedir nada a cambio. Siempre estuvo al pie del cañón, apoyando a Fidel y a Raúl con la misma firmeza con que apoyaba a una campesina o a un niño descalzo.

Esa coherencia entre el decir y el hacer la llevó a ocuparse de lo concreto. Por eso impulsó los círculos infantiles para que los niños tuvieran dónde estar seguros mientras sus padres trabajaban. Puso en marcha las escuelas de capacitación para campesinas y obreras, porque sabía que el conocimiento es la única herencia que nadie puede quitar. También promovió los hogares de ancianos y los centros de atención a personas con discapacidad, mostrando que su mirada siempre iba hacia los que menos tenían. Pero entre todas esas obras, la más visible fue la Federación de Mujeres Cubanas, una red inmensa que llegó a cada barrio, a cada comunidad, a cada puesto de montaña.

Bajo la guía de Vilma, la Federación organizó a las féminas para que participaran en las tareas del país: desde la zafra azucarera hasta la construcción de viviendas, desde los comités de defensa hasta las escuelas de oficios. No se trataba de hacer números, sino de darle a la mujer cubana un lugar donde ser escuchada, donde aprender un oficio, donde denunciar una injusticia.

Y esa labor gigantesca no la hacía desde un escritorio; quienes la trataron destacan su forma de ser: escuchaba más de lo que hablaba, no le gustaban los discursos largos ni los halagos, y prefería recorrer el terreno a pie antes que firmar papeles. Tenía una paciencia enorme para explicar, pero era exigente con los resultados. Esa misma forma de ser es la que hoy inspira a los jóvenes que apenas la conocieron en persona.

Porque su ejemplo no se queda en el pasado. Hoy, cuando tanto se habla de valores, el ejemplo de Vilma Espín sigue siendo un espejo claro. Su legado está en las oportunidades que abrió para generaciones enteras.

En cada joven que puede estudiar una carrera técnica, en cada madre que tiene un lugar donde dejar a su hijo mientras trabaja, en cada anciano que recibe atención digna, está la sombra alargada de su trabajo silencioso. Su influencia se nota en esa manera de enfrentar los problemas sin rendirse, de echar mano a la solidaridad cuando las cosas se ponen difíciles, de creer que un país se construye con el esfuerzo de todos y no con el brillo de unos pocos. Y ahí, en lo cotidiano, en lo sencillo, en lo que no se ve pero se siente, es donde ella sigue viva.

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