En estos tiempos de opiniones instantáneas que vivimos, de noticias que se comparten sin comprobar y resultan «fake news» y verdades que parecen empaquetadas, poco creíbles y manipuladas, el pensamiento crítico es una necesidad, casi un ejercicio de resistencia para no vivir en la ignominia, hacer el ridículo y quedarnos un poco vacíos.
No se trata de llevar la contraria a todo como si fuera un deporte, pero la duda viene bien para no errar, la certidumbre no estimula el pensamiento, lo acomoda. Y no es ser desconfiado con las pruebas delante, pero conviene desarrollar la capacidad de detenerse para observar, preguntar y lograr distinguir entre lo que puede ser y lo que sabemos, para no creerlo todo con ojos cerrados y mucho menos repetir como papagayo sin base.
Sucede que la cotidianidad nos arrastra y muchas veces aceptamos ideas porque las comparte la mayoría —incluso personas supuestamente líderes de opinión— también porque las escuchamos desde pequeños o porque coinciden con aquello que queremos creer. Por eso el mundo está rodeado de informaciones inventadas, cualquiera presenta una idea y la suelta, y luego van las masas a aceptarlo con ligereza. No es correcto.
Sin embargo, ser críticos al pensar exige una postura difícil que lleva cuestionar nuestras propias certezas. Es importante escuchar argumentos diferentes y estar dispuestos a cambiar de opinión cuando las razones lo justifican. No se puede tener siempre la razón, y ni siquiera se trata de eso, lo fundamental es aprender a buscarla y saberse dichoso de tener el conocimiento bien formulado.
No está bien incorporar juicios ajenos sin reparar en sus consecuencias, y este es una práctica que deberíamos aprender desde pequeños para no reproducir prejuicios y dar por ciertos argumentos que nunca hemos examinado de verdad.
De eso va también el ser independientes, que podamos tener ideas propias porque de lo contrario esa actitud vaga de no forzar el cerebro a pensar puede hacer que agreguemos pensamientos con palabras de otros y, lo peor, que adoptemos una postura defensiva con convicciones que nunca hemos sometido a nuestro propio criterio.
Desarrollar el pensamiento crítico también requiere una disposición emocional que implica aprender a escuchar sin sentir amenaza por las diferencias. Es valioso poder reconocer una equivocación, no debe ganar el orgullo ni aferrarse a una idea por no perder, no es una señal de debilidad.
Tener pensamiento crítico supone madurez intelectual, así como cuestionar nuestras propias certezas puede resultar incómodo, es una forma honesta de crecer. Para ello es primordial relacionarnos con los demás desde el respeto, sin convertir cada desacuerdo en un enfrentamiento.
El asunto es no renunciar a nuestra capacidad de discernir, no sumarse por inercia a la voz de la mayoría, sino conservar la libertad de pensar por cuenta propia porque para eso tenemos nuestro propio cerebro. Una persona que reflexiona, pregunta y busca argumentos no solo comprende mejor el mundo, también participa de él con mayor responsabilidad.


