La lucha cubana volvió de Astaná con una sola medalla, el bronce de Luis Orta en los 67 kilogramos, y con un mensaje difícil de ignorar: el deporte que lideró las cosechas de oro del país en los últimos años atraviesa un retroceso que ya no admite disimulos.
De los ocho atletas que subieron al colchón en el Mundial de Kazajistán, solo Orta alcanzó el podio. Arturo Silot (97 kg) y Geannis Garzón (74 kg) ganaron un combate cada uno. Las tres mujeres, Greili Bencosme, Yainelis Sanz y Milaimis Marín, regresaron sin victorias, aun cuando un año atrás Marín había logrado bronce y Sanz, el quinto lugar.
El resultado no fue casual. Cuba llegó con muy poco roce internacional y una preparación afectada por problemas de descanso en la Escuela Cerro Pelado, factor que limita las cargas de entrenamiento.
A ello se suma la falta de parejas de nivel, sobre todo en la libre femenina, donde las atletas entrenaron casi siempre en la capital y sin oposición exigente.
La comparación con el pasado reciente resulta elocuente. Cuando Orta se proclamó campeón mundial en Belgrado 2023, había disputado seis competencias en el año y realizado una base de preparación en Bulgaria. Esta vez apenas asistió a un Panamericano, con rivales que en su mayoría no pertenecen a la élite.

Su último mes de trabajo y el de Gabriel Rosillo, quien se enfermó en Kirguistán, dependió además del apoyo de la federación local.
El problema trasciende la lucha. Los atletas cubanos compiten cada vez menos, dentro y fuera del país, y sin fogueo no hay resultados sostenibles.
Lo mismo se observa en otras disciplinas que antes aseguraban medallas, como el boxeo, el atletismo o el judo, hoy lejos de su peso histórico. A la vez, el relevo generacional se asoma con timidez en un deporte que fue locomotora en los últimos eventos múltiples.
¿Qué hacer rumbo a Los Ángeles 2028?
A corto plazo, urge garantizar alimentación y descanso adecuados en los centros de alto rendimiento y asegurar un calendario mínimo de competencias para los principales luchadores. Sin esas condiciones básicas, cualquier plan técnico queda en el papel.
A mediano plazo, hacen falta bases de preparación sistemáticas en Europa y Asia, donde radican los contrincantes de mayor nivel, y acuerdos con federaciones amigas para el roce y los topes. También es necesario reforzar la liga nacional, de modo que las mujeres cuenten con rivales a su altura dentro del país.
A largo plazo, el desafío es reconstruir la cantera: más captación en las escuelas, entrenadores mejor atendidos y una estrategia que no dependa de dos o tres figuras consagradas.
Si el país aspira a una medalla en Los Ángeles, el tiempo corre. Cuba sube al podio olímpico en la lucha desde Barcelona 1992, una tradición que hoy está en riesgo. Astaná fue un espejo incómodo, pero también una oportunidad para corregir el rumbo a tiempo.

