María Teresa Felipe Sosa
Diario Red
María Teresa Felipe Sosa (La Habana) es licenciada en Historia del Arte por la Universidad de La Habana. Desde sus años de juventud ha estado vinculada a los medios, comenzando en la radio y consolidando su carrera como redactora de noticias en Tele Rebelde hasta 2024. Se ha formado en áreas como semiótica, edición audiovisual y narración deportiva, lo que complementa su experiencia en la creación de contenidos.
El resultado que tuvo Cuba en la ONU más vale medirlo por lo que hubo que vencer para alcanzarlo. Si el bloqueo no existe, ¿por qué hizo falta tanto esfuerzo para que nadie votara contra él?
Hay votaciones que se ganan por mayoría y hay votaciones que se ganan por resistencia. La que tuvo lugar este 28 de octubre en la Asamblea General de las Naciones Unidas pertenece a las dos categorías. Por trigésimo cuarto año consecutivo, el mundo aprobó la resolución cubana contra el bloqueo con 130 votos a favor, 17 en contra y 25 abstenciones. Habrá quien se quede con la resta, quien recuerde que el año pasado eran más y quien celebre en Washington que Cuba perdió números en su favor. Es cierto, eran más el año pasado. Pero este resultado, que tuvo Cuba en la ONU, más vale medirlo por lo que hubo que vencer para alcanzarlo. Y este año hubo que vencer la campaña de presión más grande que ha desplegado el Departamento de Estado contra una resolución que, conviene recordarlo, ni siquiera es vinculante. Se votó con sanciones nuevas cayendo cada quince días y con la isla a oscuras por el cerco energético. Se votó con altos funcionarios estadounidenses paseando, mes sí y mes también, la posibilidad de una agresión militar. En ese contexto, 130 no es un número, es toda una declaración de principios.
Todo empezó con un papel. Marco Rubio, repartió entre las cancillerías del mundo un memorando con instrucciones precisas, entre ellas, la de dejar de votar a favor de la resolución, evitar que los jefes de Estado mencionaran el bloqueo en sus discursos ante la Asamblea General y, en definitiva, guardar silencio. El argumento era tan endeble como insistente. Según el memo, el bloqueo no existe, todo es culpa del gobierno cubano y Estados Unidos es el proveedor más generoso de la isla. Su embajador, Mike Waltz, llegó a repetirlo en pleno debate: no existe el bloqueo. La pregunta se cae de la mata; si no existe, ¿por qué hizo falta tanto esfuerzo para que nadie votara contra él? Nadie moviliza a todo su servicio exterior para defender un fantasma.
Por trigésimo cuarto año consecutivo, el mundo aprobó la resolución cubana contra el bloqueo con 130 votos a favor, 17 en contra y 25 abstenciones
El memorando, sin embargo, fue apenas el punto de partida de una ofensiva diplomática mucho más amplia, en la que la maquinaria del Departamento de Estado operó simultáneamente en todos los niveles posibles. Los funcionarios estadounidenses contactaron tanto a las misiones permanentes en Nueva York como a los gobiernos en sus propias capitales, e incluyeron el voto sobre Cuba en la agenda de encuentros bilaterales de alto nivel, como si una resolución no vinculante de la Asamblea General se tratara de un asunto de seguridad nacional. A esa presión directa se sumó una intensa actividad complementaria, Washington organizó eventos, envió mensajes, convocó reuniones y multiplicó las llamadas telefónicas con el propósito de torcer voluntades una por una.
Cuando los argumentos resultaban insuficientes para convencer a sus interlocutores, la diplomacia estadounidense recurrió a herramientas mucho más persuasivas, como la concesión de visas, el otorgamiento de financiamientos y la asignación de becas. El mensaje advertía, sin decirlo abiertamente, que votar en contra no tendría consecuencias, votar a favor, en cambio, podía traducirse en dificultades para que un ministro viajara, en la demora de un préstamo largamente esperado o en la desaparición de las becas destinadas a los estudiantes del país. Conviene subrayar, además, que el objetivo de toda esta operación nunca consistió en ganar la votación, algo que nadie en Washington consideraba posible. Su propósito era uno más más mezquino: erosionar el respaldo a la resolución. Para lograrlo, Washington buscó que algunos gobiernos votaran en contra, que otros optaran por la abstención y que otros, sencillamente, no se presentaran a votar, de manera que la suma de esas pequeñas restas le permitiera proclamar después que el mundo ya no está con Cuba.
En 2025 la resolución obtuvo 165 votos a favor, 7 en contra y 12 abstenciones. Este año fueron 130, 17 y 25. Votaron 172 de los 193 Estados miembros, de modo que faltaron 21, alrededor de una docena más que el año anterior. Cada hueco tiene su explicación, y juntos dibujan con bastante precisión la estrategia de Washington. Votó en contra quien se dejó convencer, se abstuvo quien no se atrevió a tanto y se ausentó quien prefirió no dejar huella. Pero hay que mirar también la otra cara, con toda la potencia diplomática de la primera economía del mundo, con amenazas de visas y créditos y con el bloqueo energético funcionando a pleno, Estados Unidos consiguió reunir 17 votos, diecisiete, incluido el suyo, frente a 130.
Se votó con sanciones nuevas cayendo cada quince días y con la isla a oscuras por el cerco energético. Se votó con altos funcionarios estadounidenses paseando, mes sí y mes también, la posibilidad de una agresión militar
La lista de los 17 países que votaron en contra revela que su denominador común no es una posición sobre Cuba, sino una posición sobre Washington. Junto a Estados Unidos e Israel, que mantienen su voto de siempre, aparece un bloque latinoamericano alineado con Trump, integrado por Argentina, Paraguay, Ecuador, Costa Rica y Colombia, ninguno de los cuales tiene disputa alguna con La Habana, pero sabemos de su vasallaje con Estados Unidos. A ellos se suma Trinidad y Tobago, que rompe así una larga tradición caribeña de solidaridad con la isla. Mientras, el caso más contradictorio lo protagonizan República Checa, Hungría, Lituania y Eslovenia, cuatro miembros de una Unión Europea que desde 1996 cuenta con un estatuto de bloqueo para proteger a sus empresas de la Ley Helms-Burton, a la que considera extraterritorial e ilegal. Completan la lista Ucrania, Bosnia y Herzegovina y Macedonia del Norte, cuyo voto responde más a la guerra en Europa y a sus compromisos con Washington que a cualquier conducta cubana. También figuran los Emiratos Árabes Unidos y Marruecos, socios estratégicos de Estados Unidos en el Golfo y el norte de África.
Las 25 abstenciones, por su parte, reflejan con mayor nitidez el peso del miedo en la diplomacia internacional. Diez de ellas corresponden a miembros de la Unión Europea: Alemania, Italia, Países Bajos, Polonia, Grecia, Rumania, Bulgaria, Croacia, Estonia y Letonia. Con ellas, catorce de los veintisiete países de la Unión no respaldaron la resolución. En América Latina y el Caribe se abstuvieron Chile, Perú, Honduras, República Dominicana, Jamaica, Guyana y Haití; este último, beneficiario durante décadas de los médicos cubanos, ilustra la fuerza con que la presión cayó sobre los países más vulnerables. El resto obedece a la misma lógica de dependencia. Albania, Montenegro y Moldavia aspiran a ingresar en la Unión Europea, mientras que Baréin y Catar son socios de Washington en el Golfo. Corea del Sur alberga tropas estadounidenses, Palaos está ligado a Estados Unidos por un pacto de libre asociación y las Islas Salomón cierran la lista. Ninguno de esos gobiernos se abstuvo por considerar justo el bloqueo, sino porque les resultó menos conflictivo en sus relaciones con Estados Unidos.
Y ahora, lo verdaderamente importante. Frente a toda esa maquinaria, 130 países mantuvieron su voto, y muchos no se limitaron a apretar un botón, subieron al podio a decirlo en voz alta. México abrió el debate calificando el bloqueo como un obstáculo estructural al desarrollo de Cuba. Vietnam reclamó el fin del cerco energético y la salida de Cuba de la lista de países patrocinadores del terrorismo. Tomaron la palabra el Movimiento de Países No Alineados, el Grupo de los 77 y China, el Grupo Africano y los Amigos de la Carta de las Naciones Unidas. Más de una veintena de países intervinieron además individualmente para describir el impacto del cerco.
Marco Rubio, repartió entre las cancillerías del mundo un memorando con instrucciones precisas, entre ellas, la de dejar de votar a favor de la resolución, evitar que los jefes de Estado mencionaran el bloqueo en sus discursos ante la Asamblea General y, en definitiva, guardar silencio
Washington lo tenía todo a su favor este año. Tenía la crisis energética, impuesta por ellos mismo, más dura que ha vivido la isla en décadas, una América Latina con varios gobiernos aliados y una Europa dividida y temerosa. Tenía un memo, una red de embajadas y un arsenal de visas y créditos. Y aun así, el resultado fue el de siempre, la inmensa mayoría del planeta dijo que no. Que nadie se equivoque leyendo las abstenciones como apoyo a Cuba, porque no lo es. Son la medida exacta de cuánto pesa hoy el miedo en la diplomacia internacional, y eso, no puede leerse como un problema de Cuba, es un problema del mundo. Los 25 que miraron para otro lado deberían hacerse una pregunta muy simple. ¿Qué harán el día en que la maquinaria apunte hacia ellos? ¿A quién le pedirán el voto? La historia suele ser implacable con quienes callan por conveniencia. Cuba no está sola, y quedó claro otra vez en un salón de Nueva York, con 130 países de pie frente al chantaje. No es poca cosa, en un año como este, es casi todo.

