El envejecimiento poblacional, la migración y la vulnerabilidad de los núcleos familiares dificultan el cuidado de las personas mayores. Una aproximación, otra, de BOHEMIA
Este texto propone asomarse, a través de tres voces, a un panorama complejo de la realidad nacional. Aunque se ha analizado y discutido en las más altas instancias del país, aún no se atiende a cabalidad a quienes cuidan a los ancianos de la familia: siempre algún eslabón falla y la persona cuidadora puede terminar sintiéndose sola. Por fortuna existen experiencias de respaldo, aunque falta una visión integral de un asunto de suma sensibilidad.
Desde el activismo social
Contactar con Palomas, proyecto de “artivismo social” (arte y activismo social), fue sencillo: de inmediato percibí su disposición a conversar con quien necesite apoyo. Tanto su directora, Lizette Vila, como su coordinador general, Sergio Cabrera, abrieron las puertas a nuestra revista, conscientes de su valía. Son miles las historias en el país que demuestran esa entrega, con sus logros y sus deudas.
Cabrera fue directo: “Prefiero hablar de personas cuidadoras, no de cuidadores, y subrayar que la inmensa mayoría son mujeres. Se dice que los cuidados tienen rostro de mujer porque el patriarcado, el machismo y la propia cultura nos han hecho creer que a ellas les toca cuidar”.
Observa además una deuda en el seguimiento: “Muchas veces viven en soledad porque ese acompañamiento no existe. Hablo de las informales, las que no cuidan por un salario, sino porque quieren o porque carecen de otra solución o de recursos. Son la mayoría y su trabajo no está reconocido como tal: es una deuda que arrastramos como sociedad”, manifiesta convencido.
Sobre el proyecto, sus palabras son alentadoras pese a todo: “En 25 años, Palomas ha visibilizado los cuidados en casi todos nuestros documentales, más de cien. En 2021, en plena pandemia, realizamos Ellas, cuidados y cuidadores, que lo abordó de manera más enfática. Creemos que ayudó a movilizar un poquito a la Academia, a las instituciones y a quienes toman decisiones; en argot popular, a ‘ponerse las pilas’”.
Y prosigue, apesadumbrado: “Esto pasa por la situación que vivimos. En esta “policrisis”, las personas cuidadoras están entre los grupos más desfavorecidos: si para quienes no cuidamos ya es difícil lo cotidiano, imagínese para quien tiene la responsabilidad añadida de atender a otra persona cuando faltan insumos, electricidad, medicamentos…”.
En Palomas el empeño es ayudar con las herramientas de hoy: “Hace tres años creamos, por WhatsApp, la Red del Proyecto Palomas. Es muy diversa, con alrededor de 1 615 personas de todo el país. Allí se comparten consejos y testimonios, se aprende a cocinar algo tan elemental como lo que necesita una persona cuidada en estos tiempos, y también hay espacio para la diversión. Es un modo de decirles que no están solas: hay otras viviendo su propia historia, o una peor”.
A su juicio, falta mucho por concientizar: “Debería existir un vínculo con los trabajadores sociales del policlínico, pero como regla no existe. Hay lugares donde funciona, aunque no está claro, ni para ellos, que este es un grupo al que hay que atender. Donde el trabajador social funciona, se enfoca en la madre con tres hijos o más, en el muchacho que no trabaja. Las personas cuidadoras también deben ser atendidas y acompañadas. Es otra deuda, y no solo de los trabajadores sociales: tampoco está concientizado en los factores locales”.
Por su parte, Lizette Vila, fundadora y directora del proyecto, única casa productora para el activismo social en Cuba, ve en el sentido solidario del pueblo una fortaleza por potenciar: “Se puede hacer más por rescatar esa esencia. Las cubanas y los cubanos somos solidarios por naturaleza, aunque a veces sufrimos un secuestro de nuestras esencias: las crisis sacan lo mejor y lo peor de los seres humanos. Son tiempos de promover la dignidad humana, y eso se educa, se construye en el mejor sentido”.
Advierte, además, que hay muchos jóvenes entre los cuidadores informales y que nadie puede prever cuándo le tocará: “Esto es para las personas cuidadoras, para sus familias y para todos, porque no sabemos cuándo nos va a llegar. La inmensa mayoría se siente sola y experimenta abandonos institucionales, familiares y comunitarios”.
Desde una entidad de Salud Pública

La licenciada Minsú Sotomayor Álvarez, máster en Salud Pública y Envejecimiento y jefa del Departamento Psicosocial del Centro de Investigaciones sobre Longevidad, Envejecimiento y Salud (CITED), fue de una amabilidad exquisita al explicar cómo funciona su institución: “Los pacientes llegan por diferentes vías: desde las áreas de salud, remitidos por otras consultas especializadas o por decisión propia. Se les atiende primero en consulta de clasificación, donde se decide el ingreso o el seguimiento por consulta externa; en ese caso, se remite a las especialidades según el problema de salud”.
Y detalla: “Desde 2007, a partir de inquietudes científicas y profesionales del centro, se realizaron estudios que demostraron que quienes cuidaban tenían problemas de salud. Con una tesis de maestría se instituyeron las Escuelas de Cuidadores, que funcionaron hasta la llegada de la COVID-19, cuando debieron modificarse. Paralelamente existían las consultas individuales. Las escuelas abordan los temas de manera global, según las necesidades del auditorio; en las consultas partimos de la patología que provoca la dependencia funcional. Es algo más directo: se brindan herramientas de tratamiento, cuidado, apoyo y manejo, se estudia el microentorno social y se buscan soluciones”.
También quien cuida puede enfermar: “Puede presentar el síndrome del cuidador agotado. Para eso se trazan estrategias y se crea un espacio de interrelación entre personas que se ayudan y profesionales que las informan”.
El programa se estandarizó para que todos los profesionales del país “hablaran el mismo idioma”, y se capacitó a facilitadores que replicaran las escuelas en cada área de salud, municipio o provincia. “Por lo general se ofrecían en aulas de policlínicos o en casas de abuelos. Así, cada localidad contaba con un programa estándar que, en su momento, abarcó a un grupo importante de personas. Con la COVID-19 se detuvo el país y también las actividades grupales”.
Precisa que la consulta individual se ha mantenido siempre en el CITED. Los problemas de salud más frecuentes de los cuidadores son afectivos, aunque también aparecen afecciones de columna por cargar peso o de la presión arterial. “Todo tiene una técnica: no es lo mismo movilizar empíricamente a una persona encamada que hacerlo con ciertas herramientas. Por eso las escuelas cuentan con fisiatría, psicología y trabajo social. Somos un equipo multidisciplinario”.
Sotomayor señala además el contexto actual: “Las condiciones sociales en que vivimos han generado más carga, porque no solo se trata de la persona cuidada, sino de un entorno que nos agobia más. Por ejemplo, llegar a los lugares es más difícil. Claro, lo ideal es que la atención se brinde en el área de salud, después de una evaluación del geriatra o del médico de la familia”.
El cuidador en solitario

Iván Benítez Rodríguez, de 62 años, era jefe de almacén de una farmacia cuando enfermó su madre. Su testimonio es desgarrador: al morir su hermano quedó prácticamente solo, sin hallar la brújula. “Fui cuidador cinco años. Mi madre tenía múltiples patologías, entre ellas demencia, y una caída la dejó sin caminar.
”Al principio no entendía. Estuve como dos meses sin comer, solo tomaba agua, y ella, con su demencia, incluso negaba que yo fuera su hijo. Fue muy duro. No podía salir. De 87 kilogramos pasé a 120 libras. Entonces un amigo me habló de un grupo que podía ayudarme muchísimo y así conocí a Palomas.
”Me enseñaron cómo alimentarla, tratarla, manipularla, sentarla para darle de comer. Dan muchas charlas sobre los cuidados, todo vía WhatsApp”.
Aquel soporte no bastaba: “Me levantaba a las tres o a las cuatro de la mañana para hacer las cosas; prácticamente no dormía. Fui a mi policlínico y hablé con la trabajadora social: fue como hablarle a un perro. Jamás de los jamases vinieron. Pasó el tiempo y yo, solito, sin ninguna ayuda.
”Respondieron cuando denuncié el caso en una carta por correo electrónico al Consejo de Estado. Entonces vinieron el director del policlínico, la psiquiatra, la psicóloga, la trabajadora social… y hasta me consiguieron una cama Foley, lo único que me podían dar. Supuestamente asumieron mi situación y la de mi madre”, relata todavía con dolor e impotencia, pues después de aquella visita no volvieron.
Iván guarda hoy luto por su madre, fallecida en agosto de 2026, pero quiere contar su historia como referencia: “Logré resolver por una vía en la que mi policlínico no tuvo nada que ver. Fui a Asistencia Social de La Víbora y me empezaron a pagar 1 026 pesos mensuales; no alcanza para mucho, pero es una ayuda. Esa oficina está vinculada a los consejos populares del municipio, con trabajadores sociales, y me dirigí a ellos. También gestioné el cobro de la jubilación de mi madre. Todo lo hice por intuición, porque nunca tuve asesoramiento”.
Y añade: “Recuerdo a mi madre todos los días; es terrible este proceso. Recuerdo las cosas buenas; las malas es preferible dejarlas en el pasado. Cuando falleció, avisé a Palomas y enseguida me llegaron cientos de mensajes de condolencias”.
“Ahora intento buscar trabajo”, dice con una media sonrisa. Sobre el apoyo a los cuidadores, opina que las cosas no andan bien: “Figúrese que tuve que escribir al Consejo de Estado. No debería ser así, porque existen instituciones a nivel de municipio, pero no funcionan como deben. La doctora de la familia sí: venía cada vez que la llamaba”.
Epílogo
Estos tres testimonios hablan de sensibilidad y de escollos múltiples en el camino hacia la dignidad humana. Reclaman inculcar una cultura del cuidado responsable, y subrayo responsable, porque involucra a todas las instituciones competentes: la vida supera los informes “bonitos”.
Hablan también de incongruencias entre el ser y el deber ser, de la disyuntiva entre resignarse o dar el salto con las nuevas herramientas tecnológicas, y de caminos desconectados donde la soga se rompe por el lado más débil: el de quien cuida a un familiar querido, desvalido por la edad y las enfermedades.
Es momento de pensar distinto y de trabajar en conjunto, sin maquillar una realidad a veces aplastante. Repartida entre todos, la dureza sabrá, sin duda, a menos.
La entrada Testimonios llenos de sensibilidad e inquietudes se publicó primero en Revista Bohemia.