Hay obstáculos que todos podemos esquivar. Una bolsa de basura atravesada en la acera, una moto parqueada sobre la senda peatonal, un bache que obliga a cambiar el rumbo. Basta con mirar, calcular el movimiento y continuar. Sin embargo, para una persona ciega o con discapacidad visual, cualquiera de esos obstáculos puede convertirse en un peligro.
Imaginemos por un momento salir de casa sin poder consultar el estado de la calle con una mirada. Hay que confiar en el bastón, en la memoria de cada recorrido, en los sonidos del entorno y, cuando hace falta, en la disposición de alguien que pueda ofrecer una orientación. Ahora imaginemos hacer ese recorrido en una ciudad donde las aceras están ocupadas, los apagones dejan zonas enteras a oscuras y el transporte público pasó de no existir a ser demasiado caro.
La vida cotidiana de las personas ciegas y débiles visuales merece una atención especial en la Cuba de estos tiempos. Si para buena parte de la población conseguir alimentos, trasladarse, cocinar o realizar cualquier diligencia supone un esfuerzo considerable, ¿qué sucede con quienes tienen que enfrentar esas mismas dificultades sin poder apoyarse en la vista?
Hay quienes viven solos. Se levantan, organizan sus pertenencias, limpian, cocinan y salen a resolver sus asuntos. Conocen de memoria los espacios de su vivienda y han desarrollado habilidades para realizar actividades que muchas veces los demás damos por sentadas. Esa independencia, construida durante años, puede verse comprometida cuando fallan servicios y condiciones del entorno.
Pensemos en los apagones. Para una persona ciega, quedarse sin electricidad puede significar perder el acceso a determinados equipos domésticos, no saber cuándo tiene luz o enfrentarse a un fogón de carbón. Quienes conservan algún resto visual también pueden encontrar mayores dificultades cuando desaparece la iluminación.
El transporte es otra historia. Conseguir una guagua, encontrar un vehículo disponible, identificar una parada o desplazarse hasta ella puede convertirse en una operación agotadora. Si además hay que administrar cuidadosamente el dinero para pagar un traslado, muchas gestiones terminan aplazadas. Una consulta médica, una compra o una visita familiar pueden quedarse pendientes durante meses.
La escasez de dinero en efectivo y la creciente necesidad de recurrir a Transfermóvil, incluso si pocos negocios lo aceptan, también levantan una barrera para las personas ciegas. Muchas operaciones digitales exigen identificar opciones en la pantalla, introducir datos o comprobar que el pago se realizó, tareas que pueden resultar difíciles sin las herramientas de accesibilidad adecuadas.
Las calles tampoco ayudan demasiado.
Las barreras arquitectónicas llevan tiempo formando parte de nuestras ciudades. Aceras deterioradas, desniveles, escalones inesperados y cruces sin condiciones adecuadas dificultan el desplazamiento de quienes tienen alguna discapacidad visual. A ese panorama se incorporan obstáculos que aparecen y desaparecen según las circunstancias: montones de basura, escombros, vehículos estacionados sobre las aceras, vendedores que ocupan los espacios de paso y otros tantos elementos que alteran recorridos conocidos.

Para quien no ve, la memoria del camino constituye una herramienta fundamental. Un objeto colocado donde ayer había espacio libre puede provocar una caída. Una moto estacionada sobre la acera obliga a buscar otra trayectoria, posiblemente hacia una zona de circulación vehicular. Cada modificación inesperada exige detenerse, explorar y calcular.
También está la gente. O, mejor dicho, la manera en que nos relacionamos con quienes necesitan un poco más de consideración.
La escasez, las preocupaciones económicas y el cansancio cotidiano han puesto a prueba la paciencia de muchas personas. A veces parece que cada cual anda demasiado ocupado intentando resolver sus propios problemas. En medio de esa carrera, podemos pasar por alto a alguien que necesita orientación, ignorar a una persona ciega que espera para realizar un trámite o continuar nuestro camino mientras intenta cruzar una calle.
Una cola ofrece un ejemplo sencillo. Una persona con discapacidad visual puede pasar varios minutos tratando de identificar dónde termina la fila, quién es el último o cuándo le corresponde avanzar. En determinadas circunstancias, permitirle pasar primero constituye una ayuda importante. Sin embargo, todavía hay quienes consideran que hacerlo supone una ventaja injustificada o una molestia para los demás.
La solidaridad también se expresa en esos pequeños gestos que apenas consumen unos minutos.
Y hay muchas maneras de ayudar. Si encontramos a una persona ciega que parece necesitar orientación, podemos acercarnos, identificarnos y preguntarle si desea asistencia. Conviene esperar su respuesta y escuchar qué necesita. Si acepta que la acompañemos, podemos ofrecerle nuestro brazo para que se sujete y caminar a su ritmo. Agarrarla por sorpresa, empujarla o tirar de su bastón puede desorientarla y ponerla en peligro.
También podemos avisarle sobre un hueco, un escalón, una acera obstruida o cualquier otro obstáculo que encuentre en su camino. Si necesita localizar un asiento, una puerta o una ventanilla, las indicaciones precisas resultan mucho más útiles que señalar con el dedo (que no sirve de nada, es una ironía). Y si conversamos con ella, debemos dirigirnos directamente a esa persona, identificarnos cuando nos acerquemos y avisarle cuando nos marchemos.

Hay otras ayudas que requieren todavía menos esfuerzo. Respetar las zonas de paso, evitar estacionar sobre las aceras, mantener despejados los accesos a los edificios, colaborar para que una persona pueda realizar una gestión sin tener que recorrer varias oficinas y ofrecer información clara cuando alguien la solicita. Incluso algo tan sencillo como acompañar a un vecino hasta la tienda o preguntarle si necesita que le llevemos algún producto puede aliviarle una jornada.
Naturalmente, nadie necesita que lo traten con lástima ni que decidan constantemente por él. Las personas ciegas tienen criterios propios y saben muchas veces cómo resolver sus dificultades. La ayuda debe partir del respeto a su autonomía y de la voluntad de escuchar.
Quizás deberíamos detenernos alguna vez a pensar en todo esto cuando caminamos por nuestras ciudades. En esa persona que espera sola en una parada, en quien intenta localizar una dirección o en el vecino que hace varios días no sale de casa. Quizás detrás de alguno de esos rostros haya alguien que lleva demasiado tiempo resolviendo sus problemas sin compañía.
Una sociedad también se reconoce por la atención que presta a quienes encuentran más obstáculos para desenvolverse en ella. En Cuba tenemos suficientes preocupaciones cotidianas como para añadirles a los demás las consecuencias de nuestra indiferencia.
Hay una pregunta que merece acompañarnos cada vez que salimos a la calle: ¿qué puedo hacer para que el camino de otra persona resulte un poco más fácil?
A veces la respuesta cabe en un gesto tan pequeño como ofrecer un brazo, despejar una acera o dedicar unos minutos a escuchar. Y esos minutos pueden cambiarle el día a alguien.

