Donde comienza la humanidad
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Donde comienza la humanidad

¿Qué nos diferencia de los animales? ¿Cuál cualidad, de todas, nos hace ser seres humanos, menos bárbaros? ¿Qué es civilización? ¿Cuándo comenzó esa transición de lo salvaje a lo que somos hoy? ¿Acaso el fuego, la rueda, la capacidad de razonar o de sentir?

Muchas son las respuestas, pero hay una conclusión que me impacta: la humanidad comienza cuando dejamos de avanzar en soledad y dejamos de ser una manada para formar comunidad, cuando nos importa el otro y nos preocupa y ocupa su bienestar.

En tal sentido sería muy vago medir la evolución solo por lo que estamos en condiciones de construir, pues, después de tantos siglos de habernos erguido para comenzar esta ruta de progreso, hemos adquirido habilidades de todo tipo a fuerza de instinto, repetición, análisis y supervivencia, pero lo que no se aprende es aquello que realmente nos humaniza, los sentimientos.

Nos enseñan a nombrar lo que sentimos, sin embargo es involuntario, imposible de forzar. Es por eso que dicen —y coincido— que la humanidad comenzó cuando nuestra especie tuvo el impulso, la disposición y el empeño de cuidar a quien necesitaba ayuda.

De los estudios más representativos sobre este dilema se encuentra el de la antropóloga estadounidense Margaret Mead (1901-1978). De acuerdo con la cultura popular, su tesis proviene del hallazgo de un hueso humano fracturado que logró sanar, en específico, un fémur, el hueso largo que conecta la cadera con la rodilla.

La historia le atribuye a Margaret que para llegar a tal conclusión utilizó el análisis de que en el reino animal lo más común es morir con la rotura de una pierna porque es muy difícil proveerse de comida o agua o estar a salvo sin poder moverse con soltura. En un contexto así al hueso no le da tiempo a sanar sin ayuda. Por eso, al encontrar un fémur antiguo quebrado, curado, se entiende la probabilidad de que alguien se haya quedado con el herido, procurara su inmovilización, lo protegiera y alimentara hasta que pudo ser apto para hacerlo por sí mismo.

Según la evidencia esta pareciera ser la lógica del caso, y tiene sentido. La hipótesis de la científica norteamericana invita a detenernos en lo que entendemos por civilización, nos incita a pensar y a preguntarnos qué realmente nos hace humanos sino la empatía, la preocupación por nuestros semejantes, así como el estar dispuestos a dedicar esfuerzos por su bienestar.

En tiempos remotos la supervivencia era muy dura, un privilegio del más avezado, no por gusto la esperanza de vida era tan baja. Muchos eran los factores. Sin embargo, en la actualidad vivimos en sociedades que premian la velocidad y la productividad individual. Con tales indicadores si medimos el nivel de humanidad vinculado a parámetros como la solidaridad y la bondad, detenerse por otro puede parecer una renuncia y casi exótico en esta era de egoísmo que nos tocó.

Pensando en este ejemplo se trata de una forma de fortaleza poco visible que no suele recibir reconocimiento, pero es la muestra más genuina de lo que significa humanidad. Acompañar a quien atraviesa una dificultad, cuidarlo sin esperar recompensa, es un gesto valioso que puede aliviar pesar y soledad en un momento difícil.

Esta forma de solidaridad es un sentimiento de nobleza que sostiene la vida colectiva y se manifiesta de diversas maneras: en quien cuida a familiar o amigo enfermo, en quien comparte lo poco que tiene, en el profesional de la salud que ejerce su labor con empatía de verdad, y en la persona que escucha sin juzgar cuando alguien necesita desahogarse, entre tantos ejemplos más. Estos actos cotidianos en apariencia pequeños, suelen construir confianza y fortalecer vínculos.

Sin embargo, aunque muchísimas investigaciones antropológicas sobre la evolución han contribuido a comprender la importancia de la cooperación y el cuidado, eso no significa que encargarse del otro siempre se haga desde la sensibilidad, a veces se hará porque se gana dinero por eso, porque existe algún tipo de compromiso, y muchas más razones.

Claro está, pero aquí nos referimos a cuando en realidad la situación del otro conmueve y sin segundas intenciones ni obligación decide estar disponible para actuar en su favor. Coincido en que debe ser el acto de mayor humanidad en un mundo donde la indiferencia puede disfrazarse de pragmatismo, donde abunda el egoísmo y se premia la egolatría. Eso es ahora, tal vez antaño nuestra especie fue más instintiva que calculadora.

El hallazgo del hueso quebrado y sanado y la suposición de Margaret nos recuerda que la vida humana nunca pudo sostenerse, en exclusivo, de la autonomía para sobrevivir. Siempre hemos necesitado de otros para aprender, superar enfermedades, atravesar pérdidas, y más. Nadie logra ser plenamente autónomo sin haber recibido, en algún momento, cuidado, protección o comprensión. Reconocer esto no nos hace débiles, y deberíamos mirar con mayor respeto la fragilid ajena, así como intentar recuperar la sensibilidad.

La humanidad es un desafío ético impostergable, sobre todo en estos tiempos de crisis.

¿De qué nos sirve el tremendo desarrollo del mundo con sus avances tecnológicos inimaginables si cada vez somos más carentes de aquello que nos diferencia de lo indómito y que nos hace padecer una profunda pobreza humana? Lo que ha progresado el ser humano desde el punto de vista práctico y material es importante, ha facilitado la vida en todo sentido, pero no determina, en lo absoluto, la calidad moral ni la esencia más elemental e innata. Es importante cómo tratamos a nuestros mayores, qué oportunidades tienen quienes viven en desventaja, cuánto se protege a los niños y qué se hace ante la dificultad. Pero, ¿qué sucede? Por lo general se desconocen esas situaciones o son planes emergentes de las sociedades porque les conviene, mientras la mayoría pasa de largo sin de verdad sentirse afectado. El progreso está reservado para quienes tienen más recursos, fuerza o privilegios.

Si ayudar al otro fue de los primeros signos de civilización, preguntémonos qué señales de humanidad estamos dejando hoy, pero real, no disfrazada. 

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