La extraordinaria remontada de Luiz Inácio Lula da Silva constituye una referencia fundamental para la izquierda internacional. Su victoria demuestra que la extrema derecha puede ser derrotada cuando se combinan liderazgo, movilización popular, iniciativa comunicacional y capacidad para disputar los territorios físicos y digitales.
La victoria electoral de Lula en Brasil fue extraordinaria, una victoria que no parecía evidente. Después del resultado adverso de la primera vuelta, muchos analistas, incluso los mejores conocedores de la política brasileña, consideraban casi imposible que Lula pudiera remontar.
La primera vuelta se perdió, entre otras cosas, porque el equipo de Lula y la izquierda brasileña se confiaron demasiado. El adversario de Lula, Flavio Bolsonaro, era evidentemente muy débil; no era su padre, Jair Bolsonaro. Era un hombre sin experiencia, sin conocimiento real de la vida política nacional ni internacional y, por consiguiente, parecía un adversario fácil de derrotar.
De hecho, la campaña de Lula no fue suficientemente enérgica y no hubo la movilización que debía haber existido. Muchos votantes pensaron que la partida estaba ganada y, por consiguiente, no se molestaron en votar. Por eso hubo entre 33 y 34 millones de brasileños que no acudieron a las urnas, entre ellos muchos electores de izquierda. Así se perdió la primera vuelta, con más de dos puntos de diferencia a favor de Flavio Bolsonaro. La segunda vuelta parecía, por tanto, muy complicada.
Además, en la historia electoral de Brasil, desde el restablecimiento de la democracia, en 1989, ningún candidato que hubiera llegado segundo en una elección presidencial había conseguido ganar en la segunda vuelta. Se trataba de una situación muy difícil de revertir.
Por eso tiene tanta importancia esta victoria y por eso nuestra admiración por ese genio político, ese titán de la política que es indiscutiblemente Lula, no solo a nivel nacional brasileño, sino también latinoamericano y mundial. Con esta victoria, Lula se convierte en una referencia de la izquierda internacional y en un ejemplo para cualquier candidato o candidata progresista del mundo.
¿Cómo consiguió Lula revertir aquella situación? En la segunda vuelta obtuvo aproximadamente diez millones de votos más que en la primera y superó a Flavio Bolsonaro por unos cuatro millones y medio de sufragios. Evidentemente, en esta segunda vuelta votaron más brasileños. El número de abstencionistas disminuyó casi dos puntos y pico y aumentó la participación en ambos campos.
Flavio Bolsonaro, aunque perdió, consiguió tres millones de votos más que en la primera vuelta. Pero Lula obtuvo alrededor de diez millones adicionales, lo que le permitió ganar con una diferencia de tres puntos y medio, casi cuatro, aproximadamente un 52 % frente a un 48 %.
En primer lugar, Lula tiene un temperamento de acero. Como él mismo dice, su madre le enseñó a no rendirse jamás. Un poco como en el fútbol: mientras el partido no haya terminado y el árbitro no haya pitado el final, siempre hay esperanza. Lula aplicó ese principio.
Durante las tres semanas de campaña entre ambas vueltas, la estrategia fue completamente diferente. Lula se lanzó de lleno a la contienda con dos grandes objetivos. El primero consistía en ganar la batalla en las calles y en los territorios: en los lugares precisos donde está la gente, los barrios, las avenidas, las calles, las concentraciones, los estadios y las fábricas. Se trataba de desarrollar una movilización permanente, en cada momento y en cada espacio.
El segundo objetivo era ganar la batalla cognitiva, es decir, la batalla en los territorios digitales.
La batalla por los territorios digitales
En esta campaña de Brasil hubo, evidentemente, una intervención exterior. Numerosos observadores y actores internacionales estaban interesados en que Lula perdiera. No olvidemos que, durante los últimos meses, América Latina había registrado alrededor de siete victorias de la derecha o de la extrema derecha, es decir, siete derrotas consecutivas del campo progresista, en Chile, Bolivia, Perú, Colombia, Paraguay y Honduras, entre otros países.
Prácticamente, la izquierda había sido barrida en América Latina, con las excepciones de Uruguay y México. Por eso resultaba decisiva la elección de Brasil.
Sabemos que, en el campo digital, particularmente en las plataformas de Meta, la empresa de Mark Zuckerberg, propietaria de Facebook, Instagram y WhatsApp, se produjeron actuaciones que perjudicaron la campaña de Lula. En particular, Facebook e Instagram fueron señalados por prácticas de sabotaje. El propio Lula lo denunció a nivel internacional e incluso hubo una queja jurídica.
Desde la victoria anterior de Lula existe un enfrentamiento relacionado con la intervención de estas redes sociales en contra de su proyecto político. Durante esta campaña, cuando se intentaba buscar información sobre Lula en Facebook, no aparecían los resultados esperados. Se produjo una manipulación contraria a los intereses del candidato.
Esto fue particularmente grave porque hoy todo el mundo sabe que la batalla electoral se libra en dos territorios: el espacio físico real y el espacio digital, virtual. La disputa en ambos escenarios resulta fundamental.
Lula decidió dar la batalla frontalmente en las redes sociales y contó para ello con lo que denominó el general de la batalla comunicacional: el joven diputado André Janones, de unos 40 años, quien tuvo la idea de organizar lo que llamó el ejército de Lula.
Se trataba de unos once millones de colaboradores y colaboradoras, jóvenes e influencers, que se incorporaron a WhatsApp y organizaron grupos para participar en la campaña. Cada uno de ellos disponía de mucha autonomía y capacidad para actuar libremente, siempre en favor de Lula.
Este fue uno de los elementos más importantes de la estrategia. No se trataba de que una pequeña oficina, desde la sede del Partido de los Trabajadores, impartiera consignas y distribuyera los textos o memes que debían enviarse.
Por el contrario, se dejó la iniciativa a los propios participantes. La idea era permitir que los afiliados y las personas que apoyaban al candidato actuaran con libertad, utilizando su imaginación y sus capacidades desde sus respectivos lugares y comunidades.
Eso fue precisamente lo que ocurrió.
Este ejército digital lanzó una serie de memes, iniciativas y vídeos cortos, todos con mucho humor y creatividad. Se generó así un movimiento excepcional que consiguió movilizar también las redes sociales.
La izquierda suele lamentarse de las redes y repetir que sus adversarios las controlan, que tiene menos posibilidades de utilizarlas y que es víctima de ellas. Pero las redes son de todos. Hay que ocuparlas, intervenir en ellas y disputar ese espacio.
Eso es lo que también demostró Lula durante esta campaña.
La capacidad de convertir los ataques en argumentos
A esta estrategia se sumó el buen desempeño de Lula en los dos debates frente a Flavio Bolsonaro.
Uno de los momentos más significativos ocurrió cuando Flavio Bolsonaro intentó humillarlo llamándolo «nueve dedos», en alusión a la pérdida de uno de sus dedos.
Lula consiguió darle la vuelta a ese argumento. Recordó que, cuando tenía 17 años, siendo un niño que debía trabajar durante la noche para poder comer, perdió un dedo en la fábrica donde trabajaba.
De esa manera, convirtió el ataque en una reivindicación de su propia historia: la de un trabajador que había conocido las dificultades desde muy joven. Frente a él estaba alguien que, según el argumento de Lula, nunca había trabajado en su vida y cuya trayectoria se había desarrollado como asistente de su padre en el ámbito parlamentario.
La confrontación entre el trabajador y quien no había conocido esa experiencia se convirtió en una lección que movilizó a millones de brasileños, muchos de los cuales no querían perder los programas sociales.
Evidentemente, también hay que considerar el contenido de las propuestas de Lula. Entre ellas se encontraban el aumento del salario mínimo, la revalorización de Bolsa Família y los proyectos dirigidos a los campesinos.
Todas estas decisiones contribuyeron a movilizar a la base social de Lula. La victoria fue resultado de una dinámica que combinó el contenido de las propuestas con la forma de desarrollar la campaña.
Fue precisamente esa combinación la que permitió construir una victoria que hoy puede servir de modelo para otras batallas políticas.
Una victoria que demuestra que la extrema derecha puede ser derrotada
Hay elecciones muy importantes en Estados Unidos en los próximos días. También habrá comicios en España, el 29 de noviembre, que tendrán una gran relevancia.
Lula acaba de demostrar que la extrema derecha no constituye una fatalidad de nuestra época ni una fuerza condenada a ganar constantemente.
La extrema derecha se puede detener. La extrema derecha se puede derrotar.
Eso es lo que Lula acaba de demostrar con esta campaña y con su victoria en Brasil.
Nuestra admiración por esa extraordinaria campaña de Lula y del Partido de los Trabajadores.
(Espacio de opinión del autor en Telesur)

