Brasil. Octubre 2026
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Brasil. Octubre 2026

Brasil es un país enorme, con 8,5 millones de km2, casi la mitad del continente americano; su población actual es mayor a los 200 millones de habitantes, siendo el más poblado de América Latina. Y esto último, su gente, quizás sea lo mejor de todo lo que ahí allí, porque en Brasil se conserva uno de los tesoros más potentes de la humanidad: la alegría de vivir, de luchar y de vencer, es como su principal patrimonio.

Viene al caso esto último, porque es de las tantas explicaciones que puede tener la “inexplicable” victoria de Luis Inácio Lula da Silva, Lula, a secas, que obtiene así su cuarta presidencia, la misma cantidad de dedos que le quedaron en una de sus manos, cuando a los 17 años quedó mutilado por una maquinaria industrial, donde laboraba en ese entonces.

Es decir, si algún jefe de estado en el mundo puede presumir de tener un origen humilde, popular, obrero, ese es Lula, basta con mirar discretamente su mano, convertida en todo un símbolo, gracias a la impericia de su adversario Flavio Bolsonaro, del clan Bolsonaro, hijo del tal ex presidente devenido en presidiario, como se conoce.

La noticia de la victoria de Lula, ese domingo 25 de octubre del 2026, pasó enseguida a primera plana de cualquiera de las rotativas y grandes medios, y también sin rotativa, quiere decir, digitales. Muchos exponen el episodio en sí mismo, destacando eso, lo de inesperado porque, según la “costumbre” brasileña, cualquiera que queda primero en la primera vuelta, de seguro gana el balotaje, bueno, hasta ahora, siempre hay una primera vez.

Como cualquier otro proceso de parecida naturaleza, también las elecciones en Brasil están llenas de matices, singularidades y al ser tan basto el país, pues resulta prácticamente inabarcable todos los detalles de cómo se logró lo “inesperado”, la victoria de Lula. En ese sentido, vale la pena destacar algunas consideraciones, incluido algunas enseñanzas que deja este combate, no la guerra por un mundo mejor, que es algo sobradamente más complicado.

Empezando por los números. Lula obtiene 64 241 786 votos (el 51,78%) y Flavio 59 818 887 (48,22%). Esto le permite al Tribunal Superior Electoral (TSE), informar solemnemente que el actual mandatario se reelige, sin mayor discusión, con una ventaja de unos 4,4 millones sobre el derrotado. La cifra indica que es el candidato con más votos en la historia de Brasil, por si alguien conserva alguna duda sobre la relevancia del dato, y sobre el que se volverá más abajo.

Desde el punto de vista territorial, visto en la primera vuelta del 4 de octubre y en consonancia con las bases clasistas de cada aspirante, pues Bolsonaro junior fue predominante en el sur del país, en el centro está el Amazonas y en el norte, el mejor votado fue el presidente Lula. Si bien estos guarismos no cambian sustancialmente, lo que si se modificó fue que en general Lula, no solo creció más, avasalladoramente en el norte, sino que también incremento sus votantes, en el “territorio” de Bolsonaro junior, lo suficiente para lograr la victoria nacional.

Aritméticamente hablando, hay una razón, la abstención (apatía también se le llama) pasó de 22% en la primera vuelta, a alrededor del 19%; evidentemente la campaña de Lula supo sacar de sus casas a estos “apáticos”, en su mayoría personas cuya condición social debería ser naturalmente más cercana al oficialismo, no a la ultra derecha.

También sobre esto es obligada una observación, sin tener todos los datos, pero sin dudas algo hizo o algo aclaró Lula que los convenció; por ejemplo apuntar que a días de las elecciones, Lula impulsó y ganó una votación en el Senado federal, que convirtió en ley la jornada laboral semanal de 5 días, calificada por los social demócratas y otras hierbas una decisión “radical”, y  que el bolsonarismo intentó parar torpemente y no lo logró.

El bolsonarismo, es la extrema derecha brasileña, inventada para proteger los privilegios  de los ultra ricos, y hace su labor de influencia especialmente en sectores de capas medias, clase media le dicen. Para ello apelan a líderes de las iglesias evangélicas, que cambian el culto en sus templos, por vulgares actos de campaña, y más importante que eso, difunden un mensaje disruptivo, violento, ofensivo y que presume de mano dura, algo que suele atraer al clasemediero, en modo frustración las más de las veces, ya se sabe, porque le hicieron creer que sería rico, pero eso no funciona, concentración de la riqueza mediante.

La ultra derecha y no solo en Brasil, ni siquiera los Bolsonaros tienen el mérito de ser sus mejores discípulos, ha encontrado la manera de convencer a ese clasemediero a que es superior a los demás, pero que los gobiernos progresistas no lo reconocen, y claro, sobra decirlo, la culpa la tiene “el comunismo y demás fantasmas”; en resumen, una tergiversación de lo que ocurre en la realidad, por lo que la “burbuja” bolsonarista descansa en una fenomenal mentira, por donde que quiera que se le mire.

Para lograr ese embuste, y convertirlo en millones de votos, la ultra derecha apela a los Cerimedos, ¿se recuerda?, el que está preso en Bolivia por intento de femenicidio y que en contubernio con EEUU y el “cariñito” de Marco  Antonio Rubio García/Trump, construyó una maquinaria súper eficaz de difundir falsas noticias, llegando al extremo de tener capacidad cibernética de manipular los procesos de conteo de votos, allí donde los sistemas son más vulnerables, por ejemplo en Honduras, Ecuador, Colombia o Perú.

Así las cosas, el proceso electoral funciona como una confrontación hibrida, donde no basta la movilización callejera, ni el éxito de la propaganda electoral, al estilo tradicional; por el contrario, adquiere creciente peso, puede decirse que definitorio, quien se impone en las redes sociales, tanto para divulgar las posiciones de cada candidato, como para distorsionarlas o, como ocurrió en Brasil, simplemente, borrarlas del ciberespacio.

Combatir en las redes resulta entonces el primer y quizás, el más complejo desafío, que tiene un aspirante de izquierda, en este caso el que enfrentó Lula. Tanto porque la ética política sugiere que no se debe mentir, algo que a la derecha le importa tres croquetas, pero para la izquierda es uno de sus patrimonios (cuando es de verdad de izquierda, claro, no confundirse) y también, ahora se ve con extraordinaria claridad, porque las plataformas donde fluyen las redes, como es sabido, son del Imperio, de los multimillonarios que mandan allí, para más precisión.

Y esa poderosa condición, de que hay que pelear en un escenario digital, que a priori controla el enemigo, se vuelve algo súper, difícil de superar en un evento electoral, donde además, Lula contaba con rechazos “a la antigua” como el del gobierno estadounidense, para no variar, metido hasta las narices, también de los grandes medios, o del alto empresariado, de lo que da fe como reaccionó la caída en un 16% de la bolsa de valores de Sao Paulo, cuando se supo su victoria.

En este punto, cualquier duda al respecto pueden consultarse las  patéticas justificaciones, nada menos que de META, que alegó “fallas técnicas”, a lo que fue un sabotaje al descaro a las cuentas y perfiles de Lula y de su campaña. Mostrada oportunamente el involucramiento de estas plataformas, pues entonces también este asunto se volvió un bumerang para la campaña bolsonarista.

Por su parte el lulismo comprendió, a la carrera, que debían implementar un plan de campaña diferente al de la primera vuelta, que tomando en cuenta todo lo anterior, le diera un giro Copérnico a la forma en que venían actuando y por lo que probablemente habían sido superados el 4 de octubre.

Precisamente ese cambio se ve casi de inmediato, ¿dónde? pues obvio, en las redes sociales. En este terreno, otra sorpresa, probablemente por primera vez, hay que profundizar al respecto, la izquierda, la campaña de Lula le arrebata la iniciativa al adversario, a la velocidad con que se pasa de un reel al siguiente, tanto por la estética, el empleo de la jocosidad, como por el mensaje que busca movilizar emociones, menos “académico y partidario”.

¿Cómo se instrumenta lo anterior?  el diputado André Janone (PT-Minas Gerais), también de origen humilde, por tanto muy empoderado, crea como parte de la campaña lulista lo que se conoce desde entonces como  “El ejército de Lula”. En una cuenta en whatsapp, pasa de unos 50 mil seguidores a 10 millones, en dos, a lo sumo tres semanas. Desde aquí, se mueven “sideralmente” cápsulas audiovisuales, para ser difuminadas en cascada, así como las convocatorias para que se realizaran las concentraciones populares más numerosas de la historia republicana, según el criterio de entendidos en la materia y que, junto a las redes, también constituye otro récord, esta vez en la calle, donde viven realmente las personas, en particular los jóvenes, de quienes se afirma tienen el protagonismo de dichas manifestaciones.

Se dice, que el chat del “Ejército de Lula” se convierte en referente, especie de “central de distribución” lo denominan, para viralizar todo, incluido la observación oportuna, también en tiempo real, de cualquiera de las trampas que el bolsonarismo intento imponer, por ejemplo evitar la movilización, por diferentes vías, de potenciales votantes del PT; las denuncias se notifican masivamente, y logran sustanciar un pedido al TSE, para que extienda por dos horas más las votaciones.

Una vez establecido el ganador por parte del TSE, ¿qué hace Bolsonaro? De nuevo mentir, desconoce los resultados y achaca “el repunte de Lula” a la ampliación del mencionado tiempo para votar. Absurdo, tanto porque también el ultra derechista pidió eso al TSE, como porque no había manera que, en apenas dos horas, Lula obtuviera los mencionados 4,4 millones de votos conque superó a Bolosonaro; desde el punto de vista matemático ello hubiera supuesto que ingresaran unos 36 mil votos por minuto solo a favor del oficialismo, imposible.

Coincidiendo con la victoria del progresismo en Brasil viene al caso solo mencionar lo que el mismo día ocurre en Serbia. También, “inesperadamente” el movimiento juvenil serbio derrota en unas elecciones adelantadas, al oficialista de ultra derecha y jefe de estado, Alexander Vuerc, tras dos años de movilizaciones y de haber armado a la carrera, una propuesta electoral llamada, La Lista Estudiantil, quienes se preparan para organizar el nuevo gobierno.

Finalmente, se pueden tener varias conclusiones sobre la victoria de Lula el domingo 25 de octubre. En si misma requiere un análisis más pausado, más profundo. Solo apuntar algunos aspectos relevantes:

1-Mostró que la maquinaria de control, saturación y manipulación de la opinión pública, que le ha dado relativo éxito a la ultra derecha internacional, puede ser derrotada, tanto al operar con sus mismas herramientas en redes sociales (no quiere decir con su misma falta de ética, ojo) como al conjugarla con la movilización popular, especialmente juvenil.

2-En esa misma línea, también se puede enfrentar a las plataformas y recursos que tiene el Imperio, es el caso de como META queda en evidencia, casi que a la defensiva, porque en última instancia, aunque sea difícil de entender, su existencia depende de su “neutralidad”, de su “credibilidad”, sin ellas es difícil vender eternamente ilusiones, y es relativamente posible ponerlos en evidencia.

3-Naturalmente lo anterior no basta; hay que hacer cosas, hay que tomar decisiones, cuando la izquierda está en el gobierno, que beneficien claramente al pueblo, en pocas palabras, sí, hay que ser más radical, las medias tintas parece que ya no funcionan más. Además hay que explicar estos avances “hasta el cansancio” si es pertinente.

4-Y lo mejor se queda para lo último, solo que en forma de pregunta. ¿Acaso la victoria de Lula es el principio del fin de la racha “victoriosa” de la ultra derecha internacional, en especial en las Américas, incluido EEUU?

Bueno, no debe olvidarse, hay que preguntarle a Marco Antonio Rubio García, “el arquitecto” supuesto de este teatro, que parece venirse abajo como bulto de espaguetis sin cocer. Solo pendiente de como salen los trumpistas, el muy próximo 3 de noviembre. Se verán novedades. 
 

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