En 2025, Madelyn Fonseca Brito, una enfermera de 45 años, abandonó el sistema de Salud Pública cubano después de más de dos décadas porque su salario ya no alcanzaba para sostener a su familia y las carencias impedían atender a los pacientes como consideraba necesario. Su salida resume la decisión de una profesora y un especialista en Hematología que también dejaron sus profesiones ante el deterioro de las condiciones laborales, según Diario de Cuba. El salario medio mensual nacional fue de 6,930 CUP en 2025, mientras que Educación registró un promedio de 5.600 CUP y Salud Pública de 6.635 CUP, de acuerdo con el Anuario Estadístico de la Oficina Nacional de Estadísticas e Información. La diferencia entre los ingresos y el costo de vida se profundizó con un aumento de 14,07% del Índice de Precios al Consumidor en el mercado formal; el economista Pavel Vidal dijo a EFE que, al incluir el mercado informal, la inflación rondó el 70%. Fonseca se graduó en 2002 con la expectativa de convertirse en una enfermera capaz de trabajar en todos los servicios de salud. Ejerció de forma ininterrumpida en la sala de cirugía del Hospital Provincial de Matanzas, en Terapia Intensiva, en la Unidad de Quemados,donde permaneció más de 15 años, y durante cuatro años en Oncología. Las dificultades económicas la llevaron a buscar empleos fuera del hospital durante sus días libres. Después de guardias de 24 horas, trabajaba como cuidadora de adultos mayores o asistía a familias con pacientes en cama; más adelante fue dependienta en el negocio de una amistad y combinó esa tarea con sus turnos sanitarios. “Ya últimamente trabajaba en un negocio de una amistad como dependienta, terminaba y me incorporaba a la guardia. Muchas veces, cuando finalizaba las 24 horas regresaba al otro trabajo. Casi no tenía días de descanso”, recordó Fonseca. Salarios insuficientes y hospitales sin recursos La enfermera dejó el sector sanitario cuando comprobó que el ingreso ya no cubría las necesidades de su hogar y que la falta de recursos limitaba la atención. “Amaba mi profesión, era muy dedicada a mis pacientes. Llegaba al hospital con deseos de hacer muchas cosas buenas, pero las condiciones del día iban poniéndose más difíciles, sin los recursos necesarios”, explicó. Su nuevo empleo fue como cajera y contadora de un restaurante. El cambio le exigió jornadas hasta la madrugada, manejo de dinero y control de las cuentas del negocio, pero le permitió llegar al final de la semana con un ingreso que cubría o aliviaba las necesidades de su casa. “Me costó un poco adaptarme a ese mundo, extrañaba mucho mi profesión, a los pacientes”, señaló. Las personas que la reconocían en el restaurante le preguntaban por qué había dejado el hospital, una decisión que también le provocaba pesar por sus compañeras y por el centro donde había trabajado. El especialista de primer grado en Hematología, cuya identidad no fue revelada, tomó una decisión similar después de más de 20 años de carrera. Al estrés propio de la especialidad se sumaron la falta de alimentos para el personal, el deterioro de las instalaciones hospitalarias y la ausencia de insumos para asistir a los enfermos. El médico había aspirado a desempeñarse con calidad y a experimentar la satisfacción de comprobar el resultado de sus estudios. Sin embargo, la responsabilidad de trabajar sin recursos y los pocos resultados en su intento de salvar vidas o aliviar el dolor lo llevaron a suspender temporalmente su actividad profesional. “Fue un momento muy difícil y una decisión que no había tomado antes porque realmente amo lo que hago. Experimenté una opresión muy grande en el pecho, pero a la vez un alivio inmenso al pensar que se terminó el estrés, la responsabilidad extrema y el sufrimiento”, declaró al medio. En julio de 2026, el ministro de Trabajo y Seguridad Social, Jesús Otamendiz Campos, anunció el aumento del salario mínimo de 2,100 a 3,210 pesos mensuales. La medida buscó acercar los ingresos al costo de vida, aunque los testimonios reunidos muestran que esa distancia persiste para trabajadores de sectores estatales. La educación y el inicio de otra carrera Dayri Garay Roca se graduó en 1994 de la Licenciatura en Educación, con especialidad en Química, y dejó la enseñanza en 2017. Durante 23 años fue profesora de Química y Biología, profesora general integral de todas las asignaturas y, en una etapa, jefa de grado. Su objetivo era instruir a las nuevas generaciones y prepararlas para la vida. La degradación del sistema educativo alteró ese proyecto: Garay sostuvo que comenzaron a incorporarse personas sin vocación ni formación suficiente, mientras aumentaban el fraude entre familias, alumnos y personas que buscaban obtener dinero mediante prácticas contrarias a la ética profesional. “La educación en Cuba se deterioró a tal punto que cualquier persona sin vocación ni nivel de aprendizaje se integraba al sector”, afirmó. La docente describió como frustrante el momento en que dejó una profesión que había sido su mayor aspiración. Tras abandonar las aulas, Garay comenzó a estudiar Contabilidad para aspirar a un empleo en un banco que le ofreciera cierta libertad económica. El mayor desafío, relató, fue empezar de cero en una carrera distinta de la que había elegido inicialmente. El médico también describió su salida como una liberación de la presión acumulada. “Sin embargo, dar ese paso se sintió como quitarse una piedra del zapato. Ahora mismo no estoy haciendo nada, solo dedicándome tiempo”, dijo. Al imaginar qué habría ocurrido si hubiera permanecido en el hospital, sostuvo que podría haber terminado “infartado, demente o hemipléjico”. Aun así, planteó que regresaría si cambiara el sistema de salud, hubiera salarios acordes a los precios actuales o se permitiera trabajar en el sector privado antes de volver al público. Fonseca observa que sus antiguas compañeras continúan deterioradas y que no percibe cambios en los servicios ni en la situación de los pacientes. Mantiene la disposición de volver a ejercer si pudiera vivir de su trabajo y sostener a su casa y a su hijo con esa remuneración. Garay considera que su futuro habría sido enseñar toda la vida, aunque no se arrepiente de haber dejado las aulas. Sobre un eventual regreso, resumió: “uno no debe decir ‘nunca’”.


