¿Quién nos iba a decir, 30 años atrás, que llegaría una época en la que las relaciones personales transcurrirían a través de una pantalla? La ficción nos adelantó este escenario, y ya esa es la realidad: vivimos en la era digital, rodeados de teléfonos, tabletas, y otros dispositivos, que no solo circundan nuestras vidas, la modifican, y esa nueva manera de interactuar se convirtió en una forma de comunicación que, ya vemos, va de mucho más que palabras.
Hasta hace muy poco un «jajajá», un «ok» o un «sí» podían ser respuestas muy normales en determinadas circunstancias, pero ahora, cada vez más, esas, junto a otros monosílabos y frases cortas, son recibidas con un enorme bombillo rojo que parpadea en señal de alarma, porque son asumidas como indicio de distancia, quizás indiferencia y falta de interés. A esto nos referimos hoy, al fenómeno de «texto seco» o su habitual traducción en inglés, que es como se popularizó.
Ya no se trata de solo el temido «dejar en visto» —porque es como ignorar y a nadie le gusta ser invisible— también importa si la respuesta es lacónica para entonces interpretar mil formas de estar despegado. En el espacio digital abundan las interpretaciones torcidas, y en ese escenario aparece el «dry texting» extendido en redes sociales y aplicaciones de mensajería como reflejo de las tensiones de una sociedad hiperconectada, demasiado atenta a los detalles, una nueva sociedad digitalizada en la que comunicarse es más fácil que nunca, pero muy susceptible al extremo de que comprender las intenciones del otro no siempre resulta sencillo.
El término «dry texting» describe un estilo de comunicación digital que, si bien puede no ser intencional sino reflejo de personalidad y premura, también habla de motivación. Se caracteriza por ofrecer respuestas breves, directas sin argumento, y que pueden ser entendidas como poco expresivas o que se está desganado al punto de no contribuir a mantener una conversación. Parecieran respuestas autómatas para solo no dejar de escribir, pero sin deseo aparente de más. La principal característica del llamado «mensaje seco» es la contestación monosilábica, incluso líneas sin contexto, ausencia de preguntas recíprocas y escasa iniciativa para prolongar un intercambio. Por ese desánimo en el habla es lógico que a penas pueda llamarse conversación cuando es casi un monólogo. Si el otro se limita a responder más que escueto y solo una parte intenta buscar una conexión entonces no existe diálogo, falla la comunicación.
Sin embargo, reducir el «dry texting» a una respuesta corta es simplificar un comportamiento más complejo. No se puede emplear la etiqueta ante la mínima línea vaga, pues un mal día tiene cualquiera. Siempre, y para todo en la vida, hay que evaluar circunstancia porque la brevedad no es el problema si tenemos en cuenta que un mensaje puede ser conciso y a la vez afectuoso, mostrar interés y cercanía. El problema aparece cuando se descubre una persistente escasez de reciprocidad. Si uno de dos intenta establecer una conversación y le responden sistemáticamente de una manera que dificulta el vínculo, ahí puede ser que se trate del famoso «texto seco» que no se refiere solo a la poca extensión de los mensajes, sino también a la dinámica que se construye entre los participantes del intercambio.
El «dry texting» es una forma de la comunicación que tomó auge con las relaciones digitales, sobre todo las sentimentales, no obstante su existencia responde a una transformación más amplia del ejercicio de comunicar. Los distintos canales que existen para conversar en Internet han hecho que modifiquemos las formas de iniciar, mantener y terminar los vínculos. Los diálogos ya no dependen de la presencialidad, de —como antes— una simple llamada por teléfono o de un encuentro, y, como vemos, podemos estar distantes y comenzar a hablar en cualquier momento, incluso no de manera fluida, sino con pausas. De modo que ahora la conversación muchas veces es distendida, se desarrolla con intermitencia y puede prolongarse más tiempo del acostumbrado. Antaño no, se trataban los temas de principio a fin, y listo, sin tanto dilatar.
Esa bondad de Internet de propiciar mantenernos conectados con más facilidad para comunicarnos es de doble filo porque al reducir las barreras para establecer vínculos, también nos genera nuevas expectativas, trae ansiedad, apuro por las respuestas porque creemos que el otro siempre está ahí al alcance de un clic. Sí, porque al tener la posibilidad de enviar un mensaje en cualquier momento lleva a muchas personas a interpretar la disponibilidad tecnológica como una forma de disponibilidad personal. Lo que más sucede al extremista es que se vuelve un poco perseguidor, si alguien aparece conectado, publica contenido o responde a otras conversaciones, puede surgir la impresión de que también debería tener tiempo para contestarle, y además, hacerlo de la manera espléndida que imagina. Entonces sucede que cuando esa respuesta no llega o lo hace no como espera, limitada a una palabra, seguido de lo que considera ausencia de interacción, puede ser recibida con un significado emocional que va más allá del propio mensaje.
Esto es así descrito de manera resumida, pero el «dry texting» no surgió por una única causa ni puede atribuirse exclusivo de las redes sociales. Ya más de uno habrá tropezado con algún lacónico e inexpresivo por ahí en la vida off line. El «texto seco» podemos entenderlo como una vertiente más de los constantes cambios en las normas sociales de comunicación que esta vez se expresa en intercambios breves con la libertad de decidir sin compromiso a qué conversaciones prestar atención, cuánto esfuerzo dedicarles y qué grado de cercanía desean.
El asunto es que las respuestas breves en el entorno digital pueden generar ambigüedad difícil de resolver porque a veces las interpretaciones se quedan en el limbo y la verdad es que se trata de un ejercicio complejo ese de adivinar las intenciones del otro, ponerles una entonación determinada y más.
En fin, este término no es más que una forma contemporánea de etiquetar una dificultad para nada nueva en el área de las comunicaciones que se refiere a la distancia entre el mensaje concebido y la interpretación asumida.
¿Por qué ante la simple pregunta de ¿cómo estás? puede molestar un «Bien» como única respuesta? Es un asunto del que pudiéramos hablar durante horas.
