Cuba es un ejemplo curioso, en cuanto a la relación que puede establecerse entre política y cultura, para conformar el rostro y el alma de una nación.
Para comenzar, es imprescindible decir –aunque ya esté perfectamente dicho y repetido– que nuestro poeta, periodista y prosista mayor, el más universal de los cubanos, es José Martí Pérez, y es también, por mérito propio y no regalado, nuestro Héroe Nacional, la figura política más brillante en la Historia de la Mayor de Las Antillas.
Fueron poetas delicados, y hasta músicos, varios de nuestros más sublimes próceres, entre ellos Carlos Manuel de Céspedes, Padre de la Patria, y coautor junto a José Fornaris de esa pieza memorable nombrada La Bayamesa.
Fue poeta el insigne Perucho Figueredo, autor del Himno de Bayamo, así como excelentes testimoniantes de la guerra, resultaron los generales José Mirò Argenter y Bernabé Boza, el coronel Fermín Valdés Domínguez y hasta el Generalísimo Máximo Gómez, autor de El viejo Eduá.
Ya en la década del 30 del siglo XX surgen otra vez varias figuras imprescindibles, en las que política y cultura vuelven a ser un todo. Por solo citar dos ejemplos, Pablo de la Torriente Brau y Rubén Martínez Villena.
Pablo, combatiente internacionalista caído en Majadahonda, dejó para la historia creaciones tan memorables como Realengo 18, Aventuras del soldado desconocido y una impresionante novela testimonio aún no estudiada como se merece, aunque muy bien valdría la pena: Presidio Modelo, un escalofriante recorrido por una de las cárceles más infernales del dictador Gerardo Machado.
Pablo también dejó claras resonancias de su valor literario, en un par de magníficos cuentos que leí y releí en incontables ocasiones: El héroe y Su último acto.
Si no llegó más lejos en el universo de la Ciudad Letrada, es porque prefirió batirse en las trincheras de los republicanos españoles y caer allí antes que permanecer en casa escribiendo nuevos textos.
De Villena todo lo resumió su amigo y compañero de luchas Raúl Roa García, cuando escribió que, de haberse dedicado exclusivamente a la literatura, Rubén hubiera llegado a ser uno de los grandes poetas del idioma español.
Mas el brillante líder alquizareño, prefirió echar su suerte con los pobres de la tierra donde nació y pelear por un mundo donde imperara la justicia social.
El sacrificio extremo por la causa y los letales efectos de una temprana tuberculosis, cortaron de raíz esa posibilidad al principal organizador de la Revolución del 30 y autor de La pupila insomne y del relato El automóvil, al que Virgilio Piñera, no obstante su implacable opinar, calificó como una obra maestra.
Años más tarde, en 1953, tres documentos de significativo valor político cultural, arrojaría el asalto a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes: la Marcha del 26, compuesta por el asaltante Agustín Díaz Cartaya, Ya estamos en combate, de su compañero de armas Raúl Gómez García y, por supuesto, La historia me absolverá, del joven revolucionario Fidel Castro Ruz, un documento que desnudaba los males de la República burguesa de entonces y revelaba el carácter de líder político, del responsable de aquella acción militar contra la dictadura batistiana.
Con Fidel vendrían en el yate Granma dos figuras de la política que también dejarían una destacada impronta cultural: Juan Almeida Bosque, autor de ese clásico de la canción llamado La Lupe y de cientos de canciones cantadas y disfrutadas por el pueblo, y Ernesto Che Guevara, autor del poema A Fidel y testimonios tan contundentes como Pasajes de la guerra revolucionaria y los Diarios del Congo y Bolivia y cuentista de probada y sensible fibra en El cachorro asesinado.
Son apenas unos pocos ejemplos, de cómo política y cultura han ido de la mano por más de dos siglos en Cuba. Pero son ejemplos harto elocuentes. Y pudiera citar muchos más.
Ahora que la Cultura cubana vive de fiesta entre el 10 y el 20 de Octubre, fecha de 1868, en que se cantó por vez primera el Himno de Bayamo, es preciso recordar que si Fidel la definió como escudo y espada de la nación, no fue para que la frase sonara hermosa a los oídos de nadie, sino porque esta verdad revela la fortaleza de un templo. No entenderlo de este modo es no entender el alma de la nación.
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