Su historia no comienza con aplausos, sino con una espera. Dos campañas con los Leones de Industriales no le alcanzaron para abrirse paso en una alineación congestionada de talento capitalino.
Entonces llegó la travesía hacia el Cristóbal Labra en busca de los Piratas y de una segunda oportunidad que él convirtió en tormenta.
“Gracias a las puertas que me abrió el equipo de la Isla de la Juventud he logrado tener resultados y así poder incluirme en la preselección del equipo Cuba Sub-23”, reconoce el pelotero, nacido y formado en el municipio habanero de La Lisa.
Los números cuentan una metamorfosis casi improbable: seis bambinazos y 17 carreras impulsadas en apenas 32 visitas oficiales al plato. Ya iguala, en una fracción de tiempo, lo que le costó años conseguir; y lo hace vistiendo el uniforme de un equipo que apenas ha ganado uno de sus primeros ocho desafíos en este inicio de campaña.
Frank David no se atribuye el milagro. “Lo que ha cambiado es poder estar en un equipo que me ha permitido jugar y ganar experiencia; así he logrado desarrollarme mental y físicamente”, explica. Su respuesta tiene la sencillez de quien entiende que el talento, sin minutos ni confianza, permanece dormido.
La responsabilidad, sin embargo, pesa. Los Piratas necesitan cada línea, cada empujada y cada vuelacercas para sobrevivir en una temporada difícil. “Es una responsabilidad grande porque uno sabe que el equipo necesita producir y aportar para conseguir las victorias”, dice. “Trato de mantenerme enfocado, trabajar duro todos los días y dar lo mejor de mí en cada turno al bate.”
No es solo el madero. Frank David ha alternado entre la inicial y el jardín izquierdo sin cometer errores, como si la defensa fuera también una forma de agradecer la confianza recibida. Se siente cómodo en ambas posiciones y atribuye su progreso a la dedicación de entrenadores y compañeros, que “a diario ven las deficiencias” y lo obligan a crecer.
Detrás del despertar hay una red silenciosa: sus padres, su pareja, familiares, amistades y el coach Denis Presilien. “Principalmente me ha ayudado el entrenamiento diario y constante”, afirma. En su voz no hay discursos grandilocuentes, sino la certeza de quien aprendió que los jonrones también se construyen en las madrugadas, en los gimnasios y en la repetición paciente.
El muchacho que hoy castiga la pelota ya había probado el sabor de la camiseta nacional. Integró el equipo Cuba Sub-15 en el Mundial de 2018, donde bateó para .358 en ocho partidos. Aquel niño soñador dejó una huella; el joven actual conserva la brújula. “Lo único que queda de ese niño son las metas cumplidas y las que faltan por cumplir”, dice.
Ahora aparece en la preselección de 45 peloteros para la VI Copa Mundial Sub-23, prevista del 6 al 15 de noviembre en Nicaragua, donde Cuba compartirá el Grupo B con Japón, Corea del Sur, Venezuela, Gran Bretaña y Sudáfrica. Para él, volver a vestir las cuatro letras sería “lo más grande de la vida”.
“Si Dios lo permite y logro hacer el grado, voy a entregar lo mejor de mí para regresar con una medalla”, promete. No habla de estadísticas ni de lideratos: habla de patria, de medalla y de un sueño que comenzó en las calles de La Lisa y hoy descansa sobre el césped de La Isla.
A partir de mañana, sus Piratas recibirán a Industriales en el Cristóbal Labra, en una serie de cuatro juegos cargada de simbolismo. Frente al equipo que no le encontró sitio, Frank David podrá responder con la elocuencia que mejor domina: la del bate.
Fuera del terreno se define como “una persona humilde, de mente positiva ante cada situación que se presente en la vida”. Sueña con representar a Cuba en ligas extranjeras y deja un mensaje para los muchachos que, como él, esperan una puerta: “No se rindan, que van por buen camino”.
Seis jonrones no hacen una carrera, pero bastan para que un nombre empiece a resonar. Si Nicaragua le abre las puertas del Mundial, Frank David González tendrá la oportunidad de convertir en medalla aquella espera que comenzó en La Lisa y floreció en La Isla.
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