El milagro de las aguas termales
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El milagro de las aguas termales

Hace más de dos centurias se intuía el poder curativo de estos manantiales, pero no fue hasta los años 20 del pasado siglo que comenzaron a estudiarse en Cuba las aguas y fangos mineromedicinales con un enfoque científico y terapéutico

Por. / Rocío Herrera Domínguez


Cuenta la leyenda que un esclavo llamado Taita Domingo fue abandonado por su amo en una zona aislada para que enfrentara por su cuenta las dolorosas llagas que padecía y que, a pesar de su estado, no se resignó a morir.

Encontró refugio en una cueva cercana y sobrevivió con alimentos hallados en los alrededores. Bebía y se bañaba en las corrientes sulfurosas del río Caiguanabo –el conocido San Diego; con el tiempo, curó sus males.

La noticia de la recuperación de Taita Domingo, y del milagro que estas aguas podían obrar sobre los enfermos, se difundió con tal rapidez que, ya en la temprana fecha de 1775, llegaban personas de las regiones más diversas a probar el líquido y aliviar sus dolencias.

Como los visitantes necesitaban permanecer allí durante el tratamiento, construyeron chozas alrededor de los manantiales. Años más tarde se erigiría en este sitio una instalación conocida con el nombre de San Diego de los Baños, el centro termal más antiguo de Cuba.

Del mito a la ciencia

La creencia en el carácter milagroso de estos manantiales no estaba tan desacertada, pues, después de analizarlas, se supo que los enfermos se trataban con aguas termales cuya riqueza mineral podía calmar algunas afecciones de la piel y de los huesos.

Las termas se generan por la infiltración de aguas superficiales, generalmente de lluvia, en la corteza terrestre. Estas atraviesan capas permeables o penetran en las fracturas del suelo, acumulándose en formaciones llamadas acuíferos.

Durante su descenso, las rocas calientan el líquido. Según el sitio web aguastermalesargentina.ar, en regiones no volcánicas la temperatura aumenta aproximadamente 33 grados por cada 1 000 metros de profundidad, en tanto en las áreas volcánicas los cuerpos magmáticos elevan la temperatura del agua infiltrada.

Después de calentarse, el agua asciende al volverse menos densa que el acuífero frío circundante y, mientras atraviesa las grietas o rocas, suele disolver minerales y otros elementos químicos que transporta a la superficie. Se consideran termales cuando emergen con temperaturas superiores a la ambiental en más de 10 grados.

Este ciclo de infiltración, calentamiento y emergencia puede durar cientos de años, y la conjunción entre el agua subterránea, la fuente de calor y las características del suelo es la responsable de las grandes diferencias entre las termas en cuanto a temperatura, composición mineral y, por tanto, a los fines terapéuticos con que se utilicen.

Según afirma el sitio web EcologíaVerde, por su origen las termas pueden clasificarse en dos categorías. La primera, denominada telúrica, obtiene su temperatura del subsuelo terrestre; estas aguas suelen contener bicarbonatos, cloruros y sal de cal, y -generalmente- poseen menor concentración mineral. La segunda, llamada magmática, surge cuando el magma cristalizado genera corrientes de agua cálida, por lo que se compone de varios elementos, entre ellos, flúor, cloro, azufre, carbono, boro y fósforo.

Igualmente, teniendo en cuenta la temperatura, pueden catalogarse en aguas frías (menos de 20 grados), hipotermales (20°C-35°C), mesotermales (35°C-45°C), hipertermales (45°C-100°C) y supertermales (100°C-150°C).

Aunque el ser humano no puede soportar las dos últimas, las aguas termales calientes inducen la vasodilatación y la relajación muscular, además de estimular la circulación sanguínea. Las frías, por otro lado, pueden utilizarse para desinflamar o como parte de tratamientos vasculares.

De acuerdo con el contenido mineral y, por ende, con el efecto sobre el cuerpo humano, se pueden identificar las aguas ferruginosas, ricas en hierro: útiles en la recuperación de dolencias hepáticas; y las cloruradas, empleadas en el alivio de padecimientos reumáticos y artríticos.

También existen las aguas sulfuradas y sulfurosas –cuyo enriquecimiento en azufre ayuda en diversas afectaciones dermatológicas–, las sulfatadas (además de azufre pueden incluir sodio, calcio, magnesio o cloro) y las bicarbonatadas (ricas en bicarbonatos, alcalinas: ideales para problemas digestivos).

No obstante, es igualmente importante destacar que las propiedades físicas del agua, como la presión y su menor densidad, favorecen el movimiento articular sin carga, lo cual resulta muy útil en la rehabilitación funcional.

Termalismo en Cuba

Cuando se disipó levemente el misticismo que rodeaba a las termas, allá por los años 20 del pasado siglo, comenzaron a estudiarse en Cuba las aguas y fangos mineromedicinales con un enfoque terapéutico. Los resultados de las investigaciones respaldaron en alguna medida la sabiduría popular y sentaron las bases de la Hidrología Médica como disciplina.

Para el sitio geomedica.com.ar, las características geológicas cubanas hicieron posible la presencia de aguas sulfuradas, bromoiódicas, silíceas, radónicas, arsenicales y ferruginosas en las 15 provincias y el municipio especial Isla de la Juventud. Desde el punto de vista hidroquímico, las fuentes cubanas se clasifican en: bicarbonatadas cálcicas, sulfatadas cálcicas y cloruradas sódicas.

Esquema del ciclo hidrotermal: infiltración de aguas superficiales, calentamiento del agua por magma o subsuelo y emergencia a la superficie. /samurái-sauna-magazine.com

Por ello, así como en la antigüedad se construyeron asentamientos alrededor de los manantiales, en Cuba existen centros termales o balnearios de gran popularidad nacional e internacional, no solo por su cercanía a las aguas, sino por sus consultas especializadas y tratamientos terapéuticos para diferentes afecciones.

Entre los centros termales más reconocidos del país se encuentran San Diego de los Baños (en Pinar del Río), Ciego Montero (en Cienfuegos), el Balneario Menéndez (en Matanzas) y el Balneario Elguea (en Villa Clara).

Entre los tratamientos estrella de los centros termales cubanos se encuentra la balneoterapia, un procedimiento que supone el uso terapéutico del agua en forma de baños, duchas, inhalaciones o ingestas. Esta práctica alivia los dolores crónicos, reduce el estrés y la ansiedad, así como también tiene efectos beneficiosos sobre algunas afecciones, tal es el caso de la bronquitis y la sinusitis, pues despeja las vías respiratorias.

Piscina interior de aguas termales de San Diego de los Baños, donde se aplica balneoterapia para aliviar dolores. /telepinar.cu

También destaca la fangoterapia; con fines medicinales y estéticos el método consiste en aplicar sobre el cuerpo la arcilla formada por la interacción del agua termal con los sedimentos del manantial. Este barro posee minerales propios de las termas que se absorben a través de la piel y crea un microclima húmedo que hidrata en profundidad.

Si bien estos son los dos tratamientos más utilizados en los balnearios cubanos, igualmente se practica la termoterapia, los hidromasajes subacuáticos, la fisioterapia, la acupuntura, la electroterapia y los baños de vapor, y las terapias con ozono para complementar los procesos de recuperación.

Desde aquel esclavo Taita Domingo, quien sanó sus llagas en las corrientes del río Caiguanabo, hasta los tratamientos en los centros termales modernos, el termalismo ha recorrido un largo camino. La leyenda dio paso a la ciencia y lo que antes se atribuía a un milagro divino hoy se explica por las propiedades termofísicas y la composición hidromineral de estos manantiales.

Sin embargo, el asombro permanece. Las termas siguen reviviendo historias ancestrales al hacer maravillas sobre la piel y los huesos, recordándonos que la naturaleza guarda a veces sus propios remedios en las profundidades de la tierra.

Tratamientos hidrotermales y aplicaciones de fangoterapia en instalaciones cubanas. Infografía:
telepinar.cu

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