Corría el año 2000 y un evento internacional marcó la vida de Mery Viciedo Álvarez: la forma de rematar los hilos cortados no la había visto nunca antes.
Su amor por los tejidos y los bordados desencadenó una curiosidad que la llevó a investigar y, como se dice en buen cubano, a «dar vueltas», caminar, tocar puertas y preguntar en todos lados.
La respuesta la obtuvo cuando, mucho tiempo después, llegaron a sus manos los manuales que utiliza la Universidad Popular de Tenerife, entre ellos, el calado para principiantes, donde aprendió la imagen y desarrollo del apresillado de espigueta, una forma de rematar los hilos cortados para que la tela no se deshilache.
La desaparición de una escuela para la enseñanza de la artesanía y la textilería, junto a los intentos de la Casa de la Cultura trinitaria para impulsar las mismas, llevaron a Mery, con sus investigaciones y aprendizajes, a pensar en un proyecto sociocultural con talleres para la enseñanza de las técnicas del hilo y la aguja.
Cerca del año 2010, la idea se hizo realidad: «En una oficina donde los burós estaban puestos, que casi no podíamos caminar, hicimos el primer taller y le pusimos El baúl de la abuela, para probar si funcionaba la enseñanza del apresillado.
«Hicimos la convocatoria para 10 personas, porque es necesario para poderlas atender, debe ser personalizado, y, sin embargo, hubo alrededor de 70 interesados, lo que demuestra la avidez y necesidad de aprendizaje».
Con el paso de los años, los talleres de su proyecto, que tiene por nombre Siempre a mano, se realizaron ininterrumpidamente, con la enseñanza de varias técnicas como randa, bolillo y malla, junto a los materiales que necesita cada una.

Con un estrecho vínculo con la universidad y una preparación metodológica digna de cualquier enseñanza de aprendizaje, los talleres de calado (esa técnica que consiste en el deshilado y borde) impartidos por Mery son certificados como cursos de capacitación.
Durante el transcurso del verano, con un nuevo taller a un costado del Museo Municipal de Historia y una duración de tres meses, esta trinitaria tiene la oportunidad de continuar transmitiendo sus conocimientos a nuevas personas con sed aprendizaje.
El remate de apresillado de espigueta enseñado durante el curso fue traído a Trinidad durante la época colonial y se dejó de utilizar, probablemente, a mediados del siglo XX. «Las tradiciones del hilo y la aguja en Trinidad están muy bien afincadas, en el ADN de la gente. Nosotros estamos rescatando modos de hacer, técnicas», dice Mery.
Las alumnas, que van desde la generación más pequeña hasta las no tan jóvenes, pueden perfeccionar sus habilidades, al igual que dominar los encajes con el punto espíritu.
«Por aquí han pasado personas desde Condado, La Pastora, La Media Legua, La Boca…», apunta.
El taller debe finalizar en agosto con la exposición de piezas creadas por los estudiantes. «Esta técnica durará siempre, no creo que se pierda, porque hay muchos jóvenes interesados. Yo nunca pensé en enseñarlo, soy ingeniera agrónoma y empecé con esto después de jubilarme».



