Ciencia cubana, nombres para recordar (II)
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Ciencia cubana, nombres para recordar (II)

Las singulares trayectorias y aportes de mujeres y hombres, desde la medicina hasta las ciencias exactas, abrieron nuevas páginas en la historia científica de Cuba


En la primera parte de este recorrido nos acercamos a Julián Baldomero Acuña Galé, Arístides Agramonte Simoni y Ana Luisa Betancourt Morales, tres figuras vinculadas a diferentes campos del conocimiento. En esta segunda entrega, nos adentramos en otras vidas y especialidades para descubrir cómo sus protagonistas contribuyeron al desarrollo del país y qué nos aportan estas experiencias en el quehacer científico de su tiempo.

Estas historias nos llevan a distintos momentos de la nación. Conocerlas es también una manera de ampliar nuestra mirada sobre quienes hicieron de la ciencia una parte esencial de sus vida.

Rosa Elena Simeón: el rigor al mando

Rosa Elena Simeón Negrín, investigadora y especialista en Virología. /ahora.cu

Existen trayectorias donde el laboratorio ya no es un recinto aislado y se transforma en el motor de decisiones nacionales. En el caso de Rosa Elena Simeón Negrín, la virología no fue solo una disciplina académica, sino una herramienta de respuesta inmediata ante crisis sanitarias y un puente hacia el liderazgo institucional.

Nacida en Bejucal el 17 de junio de 1943, se graduó de Medicina en la Universidad de La Habana antes de volcarse por completo a la investigación. El Portal del Ciudadano de La Habana sitúa sus inicios en el Centro Nacional de Investigaciones Científicas (CNIC), donde ya en 1969 lideraba el Departamento de Virología y, apenas un año después, el de Microbiología.

El interés estaba centrado en procesos fundamentales de los virus, entre ellos su absorción y propagación. Al mismo tiempo, amplió la preparación mediante estadías y colaboraciones en organizaciones científicas extranjeras; entre ellas, el Instituto Pasteur, la Escuela de Veterinaria de Alfort y la Estación Experimental de Virología de Aviñón, todas en Francia, indica el sitio web Mujeres con ciencia. Esa combinación de trabajo experimental y formación especializada acompañó una carrera desarrollada en un campo especialmente relacionado con la salud animal y la producción agropecuaria. 

Uno de los episodios más relevantes del recorrido profesional ocurrió durante los brotes registrados en Cuba de fiebre porcina africana. Simeón encabezó, junto a otros especialistas, las labores de investigación y enfrentamiento de la enfermedad, en un contexto de importantes pérdidas económicas. Los estudios identificaron dos cepas virales: una de baja agresividad, la cual mutaba al propagarse, y otra altamente letal con claras señales de haber sido modificadas artificialmente en laboratorio. Estos hallazgos sirvieron de sustento para que Cuba denunciara ante la comunidad internacional un ataque de guerra bacteriológica. 

La actividad de Rosa Elena también se extendió al estudio de la reproducción animal. En la década de 1970 investigó aspectos relacionados a la inseminación artificial con sementales: trabajos que formaron parte de una investigación mediante la cual obtuvo el grado de doctora en Medicina Veterinaria en 1975. Ese mismo año asumió la dirección del Centro Nacional de Sanidad Agropecuaria (Censa), entidad estratégica de la protección de la flora y fauna del país, explica la iniciativa colaborativa AmeliCA Ciencia Abierta en su plataforma institucional.

A partir de entonces, la labor transitó hacia la política científica global. En 1985 fue nombrada presidenta de la Academia de Ciencias de Cuba y en 1994 asumió la titularidad del recién fundado Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente (Citma), cargo que desempeñó hasta su fallecimiento en 2004. Como señala Mujeres con ciencia, la trayectoria de Rosa Elena igualmente alcanzó una escala diplomática al representar a la nación en la Cumbre de la Tierra de 1992 y en diversos foros de las Naciones Unidas, consolidándose como una voz fundamental en aras del desarrollo sostenible en la región.

Gertrudis Tula Aguilera Céspedes: medicina, nutrición y educación

En el Camagüey de principios del siglo XX, una mujer de origen rural decidió desafiar las barreras de la época a fin de abrirse paso en la Medicina. Nacida el 28 de diciembre de 1888 en Berrocal (Guáimaro), Gertrudis Aguilera Céspedes (cariñosamente llamada Tula) comenzó la vida profesional en el magisterio antes de enfocar su vocación hacia la salud, titulándose en Medicina en 1913. De acuerdo a la investigación El impacto de los estudios de Tula Aguilera en publicaciones del Camagüey de su tiempo, se convirtió en la primera mujer camagüeyana en alcanzar este grado, el cual complementó más tarde con estadías de especialización en Francia y Estados Unidos.

En lugar de limitarse a la consulta clínica, Tula entendió la divulgación pedagógica como una extensión natural de la labor facultativa. El principal foco de atención fue la nutrición, temática sobre la cual elaboró, en un lenguaje accesible, conferencias y artículos destinados a esclarecer el vínculo directo entre la dieta y el bienestar comunitario. 

Esta visión integral la llevó a cruzar los límites de la Medicina y la Educación. Según la revista Humanidades Médicas, uno de sus escritos más destacados en el Boletín del Colegio Médico de Camagüey abordó la inspección médica escolar. En este análisis evaluó las condiciones higiénico-sanitarias de la infancia en planteles urbanos y rurales, proponiendo un modelo colaborativo de atención basado en la integración de expertos de diversas áreas y las propias familias.

La firma de Gertruis fue una constante en los espacios editoriales especializados. La historiografía acerca de su obra en la prensa regional subraya una activa participación en el citado boletín médico entre las décadas de 1930 y 1950, plataforma desde la cual abogó por la salud infantil y la prevención higiénica, compaginando la escritura y una intensa agenda de conferencias y congresos.

Reducir la biografía de Gertrudis Aguilera al hito de ser la primera doctora camagüeyana sería ignorar la amplitud de una meritoria labor. La trayectoria de ella entrelazó la práctica clínica, la nutrición, la docencia y la divulgación para solucionar problemas cotidianos de su entorno.

Luis Montané Dardé: el arquitecto de la antropología en Cuba

Luis Montané Dardé contribuyó al desarrollo de la Antropología y de su enseñanza en la Universidad de La Habana. /juventudrebelde.cu

A finales del siglo XIX, el estudio del ser humano bajo un lente científico era todavía un terreno virgen en Cuba. Luis Montané Dardé fue la figura determinante en la cimentación de esta disciplina en el país. Nació en La Habana en 1849, mas -cuando apenas tenía 2 años- la familia se trasladó a Francia; realizó su formación médica en París bajo la tutela de eminencias, como Paul Broca y Ernest Hamy, quienes le imbuyeron de las corrientes antropológicas más avanzadas de la época, indica el portal web Cuba Arqueológica. 

Cuando al archipiélago en 1874, Montané se integró rápidamente a las instituciones académicas más prestigiosas. Tuvo un papel destacado en la creación de la Sociedad Antropológica de la Isla de Cuba, colaborando con intelectuales de la talla de Felipe Poey y Juan Santos Fernández. Según la investigación La Antropología en Cuba, desde este espacio impulsó el intercambio de materiales y la sistematización de colecciones indispensables para el desarrollo de la materia en el territorio nacional. 

Su labor entrelazó la Medicina y la Arqueología de campo. Durante las expediciones a regiones de Banao y Sancti Spíritus recolectó restos óseos y piezas arqueológicas vitales en el estudio de las poblaciones aborígenes. Estos hallazgos, según señala Cuba Arqueológica, no solo enriquecieron las colecciones científicas de la época, sino también las bases resguardadas hoy en los museos del país.

No obstante, la contribución más trascendental fue la institucionalización académica de esta disciplina. Al despuntar el siglo XX, Montané asumió la enseñanza de la Antropología en la Universidad de La Habana, donde organizó la cátedra y el laboratorio destinados a la formación de nuevos especialistas. En 1903, en reconocimiento a una incansable labor, la institución denominó Museo Antropológico Montané al recinto que albergaba sus colecciones, destaca la investigación El Museo Antropológico Montané y la comunidad universitaria. 

El museo significó un cambio de paradigma histórico: los objetos se convirtieron en materiales de investigación y enseñanza debidamente clasificados. Gracias a Montané, la Antropología en Cuba adquirió una estructura formal, transformando el pasado en una disciplina con rigor científico y permanencia académica.

Una buena manera de acercarnos a la historia de la ciencia es detenernos en las preguntas de cada época. ¿Cómo estudiar una enfermedad cuando apenas se conocen sus causas? ¿Cómo introducir una nueva disciplina en las aulas? ¿Cómo llevar el conocimiento hasta problemas concretos de la vida cotidiana? Alrededor de esas interrogantes también se fue construyendo el país.

Mirar hacia ese pasado permite comprender los caminos por los cuales el conocimiento fue ganando espacio, las dificultades propias de cada momento y el esfuerzo de quienes encontraron en la investigación una forma de entender mejor su entorno. Algunas de esas historias permanecen en libros, archivos, colecciones y aulas; otras esperan todavía una nueva mirada.

Ahí está el valor de volver a ellas: seguir descubriendo todo lo que aún tiene por contar la ciencia hecha en Cuba.

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