En las fauces del miedo
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En las fauces del miedo

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Imagen de la primera temporada de True Detective.
Foto: filmaffinity.com

La primera temporada de la serie True Detective constituyó un notable estudio de personajes, el escaneo in profundis de naturalezas humanas devastadas por la decepción y el dolor, y la búsqueda de un raro criminal evaporado entre la geografía agreste y sigilosa de Louisiana, tierra de miedo y fantasmas. 

Tras True Blood, HBO retorna aquí a ese peculiar espacio de marismas, bosques y vudú, para –de la mano de Nic Pizzolato, el creador de la miniserie de ocho capítulos– gestionar este negrísimo drama cargado de alto voltaje emocional, inusuales niveles de introspección sicológica y bien cuidado empaque dialogístico.

A las anteriores virtudes han de sumársele su formidable ambientación/banda sonora/fotografía, una precisa estructura narrativa marcada por los cambios temporales y la alternancia de puntos de vista, y dos composiciones signadas tanto por la enjundia incorporada a rango de libreto como por la pericia interpretativa de Woody Harrelson y, fundamentalmente, Matthew McConaughey.

True Detective constituye en la práctica una megapelícula de ocho horas (las fronteras entre cine y televisión en el audiovisual del siglo XXI se diluyen en diversas series de HBO y AMC, sobre todo) que tiene entre sus principales atractivos apreciar, casi todo el tiempo, a McConaughey plantando, creciendo y cosechando los frutos del detective Cohle, el cual él construye desde el compromiso absoluto.

La primera temporada configura un universo propio dominado por sus leyes particulares. Este mundo amoral cobra inusitada extrañeza al mixturarse tanto el plano realista de dicha mitología como su chandleriano noir, en desilusionada clave post–Katrina con vasto andamiaje intertextual filo fantastique donde cohabitan el neogótico sureño, reminiscencias del gore de los ´70, y ecos de Robert W. Chambers y Ambrose Bierce unidos a señales audibles de Lovecrat y Poe.

La imaginación y recreación del universo de Carcosa, el territorio mítico/real donde habita el gestor de la cadena de crímenes investigados por Hart y Cohle, los dos detectives protagónicos, adquiere categoría de ejemplar. Carcosa provoca tanto miedo como el hotel de Resplandor (Stanley Kubrick, 1980) o la casa de muertos de Los otros (Alejandro Amenábar, 2001).

Carcosa (que Pizzolato arrastra de Bierce y Lovecraft) es la traducción cinemática de los horrores abisales a los que puede descender un ser humano en específico, aunque en lo fundamental la especie. Carcosa supone la concreción del delirio asesino, la locura de aniquilación, la imposición tiránica de no vivir dictada desde la oscuridad de una creencia malsana.

La pericia literaria de Pizzolato, quien escribió todos los capítulos en solitario y a despecho de la usual redacción en comité de las series norteamericanas, halla respaldo en el manejo audiovisual, también, merced a la brillantez de la puesta en escena y la atención del director Cary Joji Fukunaga –estuvo a cargo de los ocho episodios, algo no menos singular en la televisión, donde varían en cada episodio– en prestar el máximo de interés no solo por el relato en un sentido macro, sino además hacia los pequeños detalles.

La primera temporada posee delicadezas, sutilidades que contribuyen a cerrar los puzzles humanos cuyas piezas son tiradas sobre la mesa de los ocho episodios y el espectador tendrá a bien recomponer, luego de conectar, colegir y definitivamente asumir las respuestas posibles de una obra que a la vez nos interroga sobre nuestros propios miedos.

True Detective, transmitida en su momento por la Televisión Cubana, contó con varias temporadas antologares, pero ninguna tuvo el alcance de esta inicial.

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