Hace 50 años, la Gran Prensa trató de enmascarar el sabotaje como un desastre aéreo; hoy sume en el olvido a los autores materiales pues ellos inculparon a Bosch y Posada Carriles en los preparativos para la voladura de la aeronave
Fotos. / Archivo de BOHEMIA
Aunque la noticia merecía ocupar un espacio en la primera plana de cualquier rotativo, en 1993 pasó inadvertida para las principales publicaciones del continente: los autores materiales confesos del sabotaje al avión cubano en Barbados, el cual costó la vida a 73 civiles, recibieron indulto y quedaron libres.

Siete años antes, un tribunal venezolano también había dejado en libertad al estomatólogo villareño Orlando Bosch al dictar su absolución, ya que las pruebas recolectadas por las autoridades barbadenses durante el transcurso de la investigación no fueron utilizadas por los jueces al ser presentadas “demasiado tarde” (según ellos) y “no haber sido traducidas del inglés al español.
A su regreso a Estados Unidos, exonerado por el presidente George Bush (padre) de todas las causas judiciales pendientes contra él, siguió defendiendo como justa la voladura de la aeronave, afirmando: “Todos los aviones de Castro son aviones de guerra […], no había inocentes en ese avión […]. Todo el que glorifique a Castro merece la muerte. No sé por qué sienten pena por esos negritos”.
Sí acaparó cintillos otra exclusiva aparecida en El Nuevo Herald el 18 de abril de 2011: “Posada Carriles abandona la lucha armada”. El matutino miamense atribuía a su entrevistado el apoyo a “una transición pacífica en la isla”. Poco duró la noticia en el éter. “Estoy disgustado con las mentiras que han salido hoy […] Mi posición sigue igual, no hay negociación posible con esos bandidos [se refería a los cubanos residentes en Cuba], no tengo nada que ver con el diálogo; esta es una lucha constante contra esa plaga”, vociferó el terrorista de los mil crímenes.
Antecedentes
Barbados-1976 con sus 73 víctimas no fue un hecho aislado. A pesar del bloqueo y la política de hostigamiento, la Revolución cubana se consolidaba por día. Su ayuda internacionalista a Angola coadyuvó al rotundo fracaso del racismo y la CIA en África. En Nicaragua se preveía el ocaso del somocismo y la probabilidad de un triunfo sandinista.
Los cerebros de Langley, obsesionados por derrocar el Gobierno cubano, apostaron al montaje de una gran operación terrorista contra Cuba. Para acallar a ciertas voces del Congreso estadounidense, usaron grupos y organizaciones de contrarrevolucionarios de origen cubano como ejecutores directos, sin involucrar a la agencia. El financiamiento de los terroristas seria encubierto, aparecería como proveniente del Chile de Pinochet o de la Nicaragua de Somoza.
La cercanía de las nuevas elecciones en EE.UU. hizo que se acelerara la operación. En abril de 1976, se produjeron ataques y atentados a pesqueros y diplomáticos cubanos: en aguas internacionales fue abatido el trabajador Bienvenido Muñiz; en Lisboa, ultimaron a Adriana Corcho y Efrén Monteagudo.
Se sucedieron las acciones terroristas: explosivos contra la misión en la ONU; una bomba estallaba en el equipaje de un avión de Cubana, aún en tierra porque había retraso en el aeropuerto de Kingston (Jamaica). Pocos quieren recordar 50 años después que Bosch y la organización que lideraba, el CORU, reclamaron la paternidad de esa acción en la prensa estadounidense.
Otra bomba destruyó las oficinas de Air Panamá (su pecado: viajes a Cuba) y en México asesinaron a un técnico pesquero, Artagnan Díaz, en un fracasado intento de secuestrar al cónsul cubano.
En agosto de ese mismo año, dos diplomáticos cubanos fueron desaparecidos en Argentina. Unos días más tarde, par de artefactos dinamiteros explotaron en las oficinas de Cubana de Aviación en Panamá. Pero lo peor estaba por verse.

Los asesinos confiesan
A las 12:15 (hora local de Barbados), el avión de Cubana despegó rumbo a Jamaica. Ocho minutos después, la nave informaba al aeropuerto de Seawell: «Tenemos una explosión y estamos descendiendo inmediatamente […] Pedimos inmediatamente pista». El CU vuelo 455 se dirigió hacia la pista. Una segunda bomba explotó en el lapso de los siguientes minutos. El capitán decidió enfilar la nave hacia el océano salvando eventualmente las vidas de los bañistas en las playas cercanas. El avión se estrelló finalmente en el mar, a unos 8 km del aeropuerto.
No hubo sobrevivientes. Perecieron 73 civiles: 57 cubanos, incluyendo al equipo nacional de esgrima, triunfador reciente del campeonato centroamericano de la especialidad celebrado en Venezuela; 11 guyaneses y 5 norcoreanos. En él viajaban los esgrimistas Virgen María Felizola García, de 17 años; Alberto Drake Crespo y Juan Duany González, ambos de 18; y una niña guyanesa, Sabrina Harry Paul, de solo 9 años; además, seis guyaneses, todos entre 18 y 19 años, quienes viajaban a Cuba a cursar estudios de Medicina. Sin olvidar que en el vientre de la atleta Nancy Uranga se gestaba una nueva vida.
Horas después de la voladura, Charles Murray, auxiliar de tráfico del Aeropuerto de Piarco (Port Spain, Trinidad y Tobago), identificaría a Hernán Ricardo Lozano y Freddy Lugo como los que le preguntaron en español sobre el vuelo de Cubana. En su declaración relató cómo el primero de ellos se quedó encerrado en el baño trasero del avión y con la ayuda del capitán de la nave logró salir. Otros testigos confirmarían esta anécdota.
Los intentos por encubrir la acción criminal como un accidente no fructificaron. La Comisión Investigadora y, sobre todo, el perito cubano José Lara, demostraron hasta la saciedad que el DC 8 cayó al mar a consecuencias de dos explosiones: una, localizada entre las filas de los asientos 7 y 11; la otra, en el baño trasero de la cabina de pasajeros. Esta última ocasionó el derribo de la nave.
Lozano y Lugo fueron detenidos en un hotel de Port Spain. «Quiero decirle con la mayor reserva que Lugo y yo colocamos la bomba en el avión», confesó el primero a Dennis Randwar, alto oficial de la policía trinitaria. En sus primeras declaraciones, Hernán Ricardo se refirió a las dos cámaras portadas por Lugo al montar el avión y su “extrañeza” cuando, al quedarse en Barbados, solo llevaba una. No se explicaba donde su compañero había dejado el otro aparato.
«Es muy probable que dentro de la cámara pudo estar la bomba», afirmó para más tarde reiterar la autoría de Lugo y él en el estallido de la nave. Por su parte, su compinche dijo estar “convencido de que Ricardo puso la bomba”.
Después, en una cárcel venezolana, le relatarían a la periodista Alicia Herrera el episodio de Hernán en el baño trasero del avión: “El creía que iba a volar de una vez por el aire y le entró culillo”. Y reconoció su responsabilidad: “De que fuimos nosotros es verdad”.
Tras sus confesiones, los dos criminales fueron deportados de Trinidad y Tobago por “inmigrantes indeseables”. En Venezuela, les recibió una orden de detención. A través de sus declaraciones y de las infinitas llamadas telefónicas de Lozano al terrorista-estomatólogo, se llegó hasta los autores intelectuales: Orlando Bosch y Luis Posada Carriles.

Entre juicios, fugas y absoluciones
Llevados los cuatro criminales a corte, múltiples intentos se hicieron, apadrinados por la CIA y ejecutados por elementos contrarrevolucionarios de origen cubano y la oligarquía venezolana, para evitar la celebración de un juicio. Se le organizaron varias fugas a Posada: las del 8 de agosto de 1982 y el 4 de noviembre de 1984 fracasaron, y el cienfueguero fue reintegrado a la cárcel; sin embargo, la que se programó para el 18 de agosto de 1985, durante un cambio de guardia en la cárcel de máxima seguridad de San Juan de los Morros, sí resultó exitosa y le costó unos 50 000 dólares en sobornos a la Fundación Nacional Cubano Americana (FNCA).
Tras 10 años de espera, el 21 de julio de 1986 se condenó a 20 años de prisión a Hernán Ricardo Lozano y Freddy Lugo por el delito de homicidio calificado. El juez rebajó la pena hasta su límite inferior “por haberse dado la circunstancia atenuante de tener ambos una conducta predelictiva satisfactoria”. Sobre Posada Carriles, prófugo, no se dictó sentencia alguna. Orlando Bosch, como se dijo anteriormente en este trabajo, fue absuelto.
Los caminos del terrorista
En El Salvador al cienfueguero le esperaba su viejo compinche, el veterano agente de la CIA Félix Rodríguez, con quien participó en contrabandos de armas, intrigas políticas y asesinatos. Este afirmó entonces: “Posada trabaja dondequiera, porque no tiene ideología, sino una sola meta: acabar con Castro”.
En los ’90, el Osama Bin Laden de las Américas, como lo bautizó el periodista cubano Gabriel Molina Franchosi, camuflajeado bajo una decena de alias, retornó a la organización de atentados contra Fidel. Lo intentó en Tegucigalpa, Cartagena de Indias, Isla Margarita. En Costa Rica (1995) planeó dinamitar un buque cubano; en Honduras, hizo explotar 41 bombas ese mismo año. Reclutó mercenarios para 14 atentados con explosivos en Cuba: en uno de ellos perdió la vida el turista italiano Fabio Di Celmo.
Debido a la denuncia cubana por su más reciente fechoría -el frustrado atentado a Fidel y a millares de estudiantes universitarios durante la Cumbre Iberoamericana de Panamá-, resultó detenido. Como cuando el sabotaje de Barbados, comenzaron las trabas judiciales, se impidió por todos los medios su extradición a Cuba o a Venezuela donde tenía causas pendientes.
Enjuiciado por el magnicidio frustrado, sus compinches y él fueron amnistiados por la presidenta Mireya Moscoso, hecho que muchos panameños catalogaron como un «insulto» hacia la enseñanza universitaria panameña. EE.UU. acogió a los compinches. Posada Carriles se refugió presumiblemente en El Salvador.

Retrospectiva desde 2026
De Hernán Ricardo Lozano y Freddy Lugo se tienen pocas noticias desde su indulto. En los ’90 ambos residían en Venezuela. Después la Gran Prensa los obvió sumiéndolos en el olvido. El redactor de este trabajo dialogó recientemente con venezolanos asistentes al Coloquio Fidel, legado y futuro, quienes dijeron ignorar su paradero.
Orlando Bosch vivió como un ciudadano honorable en una confortable residencia de Miami, con la protección política de la familia Bush y el apoyo económico de la FNCA, como lo dispuso su fallecido cabecilla Jorge Mas Canosa. Luego de padecer una larga enfermedad, que le causó degeneración física y mental, Orlando Bosch falleció en Miami el 27 de abril de 2011.
En abril del año 2005 Posada ingresó ilegalmente al territorio de los Estados Unidos desde México, solicitando asilo político. Un mes después, el Tribunal Supremo de Justicia de Venezuela aprobó un pedido de extradición por su condición de prófugo de la justicia, basado en un acuerdo bilateral entre Caracas y Washington firmado en 1922 y en el Convenio para la represión de actos ilícitos contra la seguridad de la aviación civil rubricado en Montreal en 1971, por el cual la deportación de un terrorista es obligatoria.
El 19 de abril de 2007, ignorando el llamado internacional para concretar su extradición a Venezuela, la justicia estadounidense puso en libertad bajo fianza a Posada Carriles, quien siguió concertando entrevistas con la Gran Prensa, en las cuales, sonriente y satisfecho, calificaba al sabotaje de Barbados como “el golpe más efectivo que se haya realizado contra Castro”.
“Cualquier hecho dentro del territorio cubano en contra del régimen de La Habana, me responsabilizo totalmente”, declaró sin sonrojarse. Cuando The New York Times le recordó la muerte de Fabio Di Celmo, dijo: “Es triste de que alguien haya muerto, ese italiano estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado”. Confesó no tener remordimientos por tantas víctimas sobre su conciencia: “Duermo como un bebé”.
Falleció el 23 de mayo de 2018, a causa de un cáncer de garganta. La Gran Prensa, encabezada por The Miami Herald, se hizo eco del tributo que le hiciera la ultraderecha de Miami. Solo para conservar una aparente objetividad, entre tantos apologistas se entrevistó al periodista cubano-americano Max Lesnik, quien tuvo la vergüenza de contradecir a los testimoniantes anteriores: “Los hombres que en su vida terrenal han tomado actitudes de violencia extrema como el caso de Luis Posada Carriles, no hay manera de perdón en la tierra porque no tendrán el perdón de Dios”.
- Periodista y profesor universitario. Premio Nacional de Periodismo Histórico por la obra de la vida 2021
Fuentes consultadas
Los libros La verdad sobre el crimen de Barbados, de Julio Lara; Pusimos la bomba y qué, de Alicia Herrera; la compilación Welcome Home, de la Editorial Capitán San Luis. Los textos periodísticos Clímax de un plan terrorista contra Cuba, de Pedro A. García (Granma, 6 de octubre de 2001); El monstruoso crimen de Barbados queda impune, de Manuel Hevia y Andrés Zaldívar (Granma, 6 de octubre de 2007); Posada Carriles desmiente su entrevista con el Herald, de Ivette Leyva (Cafefuerte.com, 18 de abril de 2011)
La entrada El terrorismo ignorado se publicó primero en Revista Bohemia.
