
«Yo tenía una granja en África, al pie de las colinas de Ngong. El ecuador atravesaba aquellas tierras altas a un centenar de millas al norte, y la granja se asentaba a una altura de unos seis mil pies. Durante el día te sentías a una gran altitud, cerca del sol, las primeras horas de la mañana y las tardes eran límpidas y sosegadas, y las noches frías».
Cuando en 1937 apareció la novela Memorias de África, por Isak Dinesen, el mundo occidental recibía un regalo: el testimonio enamorado del encuentro con un continente muchas veces reducido al estereotipo, o al misterio de lo «salvaje».
Si todavía hoy África es una región pobremente premiada en el ámbito literario, y también desfavorecida en cuanto a traducciones e inserción en los mercados editoriales del mundo, ¿cuán vital no habrá sido en el siglo anterior que se escribiera sobre ella desde una visión íntima, que revelaba costumbres y realidades?
Detrás del seudónimo de Dinesen estaba Karen Christence Blixen-Finecke (1885-1962). La escritora danesa dejó en esta novela sus vivencias en África, donde había vivido –entre 1914 y 1931– un matrimonio infructuoso, conocido la enfermedad, cazado, hecho amistades profundas con los nativos, administrado una granja cafetalera y experimentado la pasión y la muerte trágica del ser querido.
De regreso a Dinamarca, tras quebrar su negocio, Karen comenzó su carrera literaria; tal vez como retador sucedáneo para el mundo de aventuras que quedaba detrás de sí.
Leer los libros de años pasados juzgándolos con los valores del presente es un error que nos puede hacer injustos con grandes obras. En Memorias… se glorifica la caza, y también hay algo de condescendencia al hablar de ciertos modos de los nativos.
No obstante, la aristócrata que era la baronesa Blixen enaltece la belleza del paisaje y su riqueza, reconoce la sabiduría en una manera de entender la vida que los europeos no captaban del todo, y cuenta anécdotas diversas con un grado de sencillez y emotividad tales que logra acercarnos a África en su tremenda majestuosidad.
El libro y la biografía de la escritora dieron origen a una multipleamiada película, con el mismo nombre, dirigida en 1985 por Sydney Pollack, y protagonizada por Meryl Streep. Robert Redford encarna a quien fuera su gran amor, Denys George Finch Hatton, fallecido en un accidente de aviación poca antes de que ella dejara el continente.
El filme –merecedor de siete premios Oscar– logra, en buena medida, ser fiel al espíritu de la novela, al emular la delicadeza, las contradicciones de la protagonista y lo hermoso de un paraje que no necesitaba a los colonialistas y su «desarrollo» para ser subyugante y grande.
Es evidente, al leer Memorias…, que su autora quedó marcada por el espíritu poético de Kenia y de los kikuyus –el grupo étnico con el que más contacto tuvo– y que trató de homenajear con palabras una vivencia que le había resultado transformadora.
«Intenté que ellos mismos encontraran la rima y terminaran el poema que yo había empezado, pero no podían o no querían hacerlo, y miraban para otro lado. Cuando se hubieron acostumbrado a la idea de la poesía, me pedían: “Habla otra vez. Habla como lluvia”. Por qué sentían que el verso era como la lluvia es algo que no sé. Quizá sea una expresión de aplauso, porque en África la lluvia siempre es deseada y bienvenida».
Siempre hay que volver los ojos a África, y no solo para concientizar, denunciar y combatir los males que la explotación colonialista les acarrea todavía, sino para entender su esencia, respetarla y amarla. A eso conducen estas páginas.

