Ciencia cubana: nombres para recordar (I)
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Ciencia cubana: nombres para recordar (I)

Una mirada a científicos e investigadores cubanos cuyas obras dejaron huellas en varias ramas del conocimiento, aunque sus nombres no hayan alcanzado la misma difusión que otros grandes referentes del país


Cuba cuenta hoy con un sólido prestigio en varios campos, entre los que destacan la biotecnología y la medicina. Esa tradición ha impulsado la creación de medicamentos, vacunas y diversos aportes a lo largo de distintas etapas. Incluso en tiempos recientes, revistas internacionales de alto impacto han documentado la continuidad del trabajo especializado cubano en varias de estas áreas.

Pero el saber de una nación no se edifica de la noche a la mañana. Mucho antes de los laboratorios modernos, las instituciones académicas y los avances tecnológicos actuales, diversos hombres y mujeres dedicaron sus vidas a observar, experimentar y buscar respuestas en una sociedad muy diferente.

Algunas de estas figuras resultan familiares; otras han quedado relegadas a los anales de la medicina, la botánica, la química, la física o la ingeniería. Sus trayectorias, sin embargo, permiten reconstruir la memoria del conocimiento de nuestro país y acercarnos a hallazgos logrados en épocas donde hacer ciencia significaba enfrentarse a la escasez de recursos, entidades en formación y un entorno complejo.

Revisitar esos legados no implica colocarlos encima de otros personajes ni atribuirles méritos ajenos. Significa, sencillamente, acercar al lector a protagonistas y obras cuyo alcance quizás no sea tan evidente fuera de los círculos especializados.

El botánico tras el porvenir del campo cubano

Para Julián Baldomero Acuña Galé (1900-1973) la campiña cubana nunca fue una simple postal verde. Donde otros veían maleza o follaje decorativo, él identificaba interrogantes científicas urgentes y, sobre todo, respuestas prácticas al sustento de la agricultura nacional.

Su vocación investigadora despuntó muy temprano. Teniendo apenas 18 años ingresó en la Granja Escuela Agrícola de Camagüey; allí, gracias a una paciencia casi artesanal, confeccionó un minucioso catálogo de insectos de relevancia económica. Esa temprana agudeza no pasó inadvertida ante sus profesores, lo que le sirvió de trampolín para abrirse paso en el naciente ámbito científico insular, según recogen Raúl Quintana Suárez y Bernardo Herrera Martín en su libro Reseñas biográficas de figuras significativas en la historia de Cuba.

Pronto el talento juvenil encontró su verdadero centro de operaciones. En 1921, Acuña obtuvo una plaza de alumno ayudante en la histórica Estación Experimental Agronómica de Santiago de las Vegas, formándose bajo la tutela directa del eminente botánico Stephen C. Bruner. Aquel aprendizaje práctico corrió en paralelo a sus estudios universitarios en Ingeniería Agronómica y Azucarera, de los cuales egresó en 1930. Apenas dos años después, tras perfeccionar sus métodos en el prestigioso Jardín Botánico de Nueva York, regresó a Santiago de las Vegas a fin de asumir la jefatura del Departamento de Botánica, trinchera desde la cual lideraría la investigación vegetal durante las siguientes décadas.

Sin embargo, a contracorriente de la botánica puramente taxonómica, Acuña no se limitó a clasificar plantas entre pliegos de papel secante. Su pasión fue la botánica económica. Como documenta la Red Cubana de la Ciencia, evaluó cultivos esenciales, indagó en especies fibrosas de valor industrial, entre ellas, el kenaf y el ramio, y realizó ensayos enplantas forrajeras destinadas a transformar la nutrición del ganado. Esa misma mirada inquisitiva se adentró en los arrozales y sus análisis resultaron determinantes a la hora de corroborar la naturaleza viral de la “raya blanca”, una enfermedad que amenazaba las cosechas.

Detrás de cada aporte científico hubo un trabajo de campo extenuante. De acuerdo con una reseña del investigador Eduardo Milian, Acuña nutrió el herbario de la Estación Experimental con decenas de especímenes desconocidos hasta entonces y compartió generosamente sus meticulosos cuadernos de notas entre colegas dentro y fuera del país. 

Con esa misma agudeza abordó el estudio delcafé y el grano de arroz, hasta cerrar su ciclo en 1972 al publicar Plantas indeseables en los cultivos cubanos, un volumen indispensable en el cual enseñó a los campesinos a reconocer aquellas especies silenciosas capaces de arruinar una cosecha. En las manos de Acuña Galé, la botánica dejó de ser un saber de gabinete y se convirtió en una aliada incondicional del surco.

Frente al enigma de la fiebre amarilla

Si Acuña Galé consagró sus días a descifrar la salud de la tierra y los cultivos, décadas antes otro coterráneo libró una batalla igual de tenaz en los laboratorios, encarando a un enemigo microscópico cuyo azote diezmaba ciudades enteras. Nacido también en suelo camagüeyano, Arístides Agramonte Simoni (1868-1931) llevó la impronta de las turbulencias de su época: huérfano de un héroe de la Guerra de los Diez Años (Eduardo Agramonte Piña), creció exiliado en Nueva York, donde se doctoró en Medicina en la prestigiosa Universidad de Columbia antes de regresar a Cuba con una rigurosa formación clínica.

Arístides Agramonte Simoni fue nominado en cinco ocasiones al Nobel de Medicina: en 1903 al lado de Reed y Carroll por sus estudios epidemiológicos y de forma sucesiva entre 1912 y 1915 junto a Carlos J. Finlay. /elcamaguey.org

A finales del siglo XIX, la fiebre amarilla constituía una pesadilla epidemiológica continental. En medio de esa zozobra fue designado patólogo de la célebre comisión investigadora estadounidense integrada por Walter Reed, James Carroll y Jesse W. Lazear. Fue el único miembro cubano del equipo; su pericia técnica resultó determinante al verificar en el terreno una de las hipótesis médicas más audaces de la historia: la teoría de Carlos J. Finlay sobre la transmisión del virus a través de la picadura de mosquitos.

Sin embargo, su genio trascendió aquel célebre hito epidemiológico. Según destaca la investigación, Arístides Agramonte Simoni, primer cubano nominado al Premio Nobel: Su papel en la bacteriología cubana, el científico consagró su madurez al estudio de otras patologías críticas (el paludismo y diversas infecciones infantiles) y modernizó los métodos de análisis clínico en el país.   

Desde la cátedra de Bacteriología y Patología Experimental de la Universidad de La Habana, donde ejerció como profesor titular durante décadas, modeló a las siguientes generaciones médicas bajo la luz del naciente método bacteriológico. Aquella trayectoria universal le abrió las puertas de la academia internacional, pues lo convirtió en el primer cubano nominado al Premio Nobel de Fisiología o Medicina en múltiples ocasiones. Al fallecer en Nueva Orleans en 1931, legó la certeza de que, incluso en los momentos más oscuros de la incertidumbre médica, el rigor científico es el mejor antídoto contra el miedo.

El legado geológico de Ana Luisa Betancourt

Ana Luisa Betancourt, pionera de la geología en Cuba, dejó un legado imborrable en la ciencia y fue reconocida como Miembro Emérito de la Sociedad Cubana de Geología. /ipscuba.net

Si la ciencia cubana echó raíces en la superficie gracias a la botánica de Acuña Galé y se adentró en la sangre en aras de combatir epidemias de la mano de Agramonte, faltaba aún una mirada capaz de descifrar los secretos enterrados bajo el suelo. En un ambiente casi enteramente masculino, Ana Luisa Betancourt Morales (1924-2005) demostró la existencia en rocas y minerales de una memoria fascinante, revelable únicamente mediante la petrografía.

Su desvelo ante la entraña mineral del país comenzó en las aulas de la Universidad de La Habana, donde ingresó en 1941 y cursó Ciencias Naturales. Con esos estudios sintió una pronta fascinación por la Cristalografía y la Mineralogía, como reseña el libro Personalidades de las Geociencias en Cuba. Apenas dos años después, cuando solo tenía 19 años, asombró a la prestigiosa Sociedad Felipe Poey al presentar un trabajo pionero que detectaba la presencia de mercurio en muestras minerales. Aquel estudio serviría de cimiento a su tesis de doctorado, grado alcanzado en diciembre de 1945, según consigna la Red Cubana de la Ciencia.

Sin embargo, el destino de Betancourt Morales no era permanecer aislada en la docencia teórica. Al despuntar los años 60, su rigor técnico la situó en la primera línea de un sector estratégico: la búsqueda de recursos mineros e hidrocarburos. En 1960 se integró como petrógrafa auxiliar al Instituto Cubano del Petróleo y, un año más tarde, figuró entre las fundadoras del Instituto Cubano de Recursos Minerales, entidad clave en la estructuración de la cartografía geológica del país.

Aquella incursión no fue menor. Destaca la Revista Maya de Geociencias que Betancourt Morales se convirtió en una de las cuatro mujeres pioneras de la geología en Cuba, desempeñando un papel protagónico en la puesta en marcha de los primeros laboratorios especializados en el país. Bajo su microscopio pasaron muestras de serpentinitas, asbesto, arenas silíceas y petróleo, aportando datos decisivos para comprender el mapa de las riquezas del subsuelo.

Hasta el final de sus días, Ana Luisa alternó su quehacer entre la lupa del laboratorio y la tiza del aula. Formadora de múltiples generaciones de geólogos, logró aunar la rigurosidad del análisis y una vocación pedagógica generosa.

El gremio académico del país reconoció esa trayectoria. Entre las distinciones recibidas figuran la medalla Por la Educación Cubana y la condición de Miembro Emérito de la Sociedad Cubana de Geología. El libro Personalidades de las Geociencias en Cuba destaca que, después de su fallecimiento, la propia Sociedad creó un premio con su nombre destinado a reconocer a mujeres destacadas en el ámbito científico y educativo.

La ciencia avanza mediante descubrimientos, pero también gracias a quienes observan, enseñan, investigan y transmiten sus conocimientos a otros.

Volver sobre estas historias permite descubrir otras dimensiones del saber nacional y acercarnos a personas cuyas investigaciones dejaron huellas más allá de su tiempo.

Las vidas de Acuña Galé, Agramonte Simoni y Betancourt Morales nos acercan a una parte de ese legado. Quedan todavía otros nombres poco conocidos y nuevas historias inéditas. La segunda parte de este recorrido continuará siguiendo esas huellas.

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