Hay costos que a veces no llegan a las nóminas ni a los balances económicos más cotidianos, pero afectan el normal desarrollo de las empresas: una pieza de repuesto que debe buscarse en un mercado lejano; el pago que un Banco extranjero se niega a procesar; un equipo que no recibe mantenimiento; un vehículo detenido por falta de combustible…
Todo termina impactando en un mismo lugar: el centro de trabajo.
El Informe de Cuba sobre las afectaciones del bloqueo de EE. UU. contra nuestro país entre marzo del 2025 y febrero del 2026 cuantifica daños por 8 mil 83,3 millones de dólares, cifra récord para un período anual.
Detrás de ese monto existe otra cuenta menos visible: la del tiempo y los recursos adicionales que cuesta producir y prestar servicios en esas condiciones.
Comprar lejos
Una de las consecuencias es la alteración de las rutas comerciales. Las restricciones financieras obligan a buscar proveedores alternativos, utilizar intermediarios y asumir trayectos logísticos más largos.
Entre marzo del 2025 y febrero del 2026, 34 entidades bancarias internacionales suspendieron o rechazaron operaciones con Cuba por temor a sanciones.
El problema no termina en la transferencia bancaria. Cuando el pago se demora o fracasa también retrasa una materia prima, una pieza de repuesto o un equipo necesario para mantener activa alguna actividad.
El Informe señala que esa combinación de obstáculos ha elevado los costos de adquisición y reducido las posibilidades de financiamiento para empresas cubanas.
Una máquina parada
El efecto se vuelve aún más tangible en el ámbito de la tecnología. El documento recoge casos de equipos cuyo precio para Cuba se multiplica debido a las dificultades asociadas al bloqueo, así como proveedores que se niegan a garantizar mantenimiento o servicios técnicos.
En gastroenterología, por ejemplo, la adquisición de determinadas torres de endoscopía enfrenta sobrecostos que pueden llegar a multiplicar por 10 su valor respecto a otros países latinoamericanos.
Y esa es una dificultad que no es exclusiva de la atención médica. Es tiempo de trabajo perdido, servicios que no pueden prestarse con la misma capacidad y profesionales obligados a operar con recursos limitados.
También el pequeño negocio
El cerco energético desmonta la idea de que el propósito del Gobierno estadounidense es afectar, exclusivamente, a las empresas estatales.
El Informe documenta casos de taxistas, que dejaron de trabajar por falta de combustible y de pequeños negocios vinculados al turismo que perdieron clientes ante la decisión de varias aerolíneas de suspender sus vuelos a Cuba debido a la imposibilidad de reabastecer de combustible sus aviones.
Restaurantes, casas de renta, bares, artesanos y otros emprendimientos afrontan igualmente una doble presión: menos actividad y mayores costos para funcionar.
El combustible cambia la jornada
El cerco energético que se implantó desde enero del 2026 añadió además una nueva variable.
Al cierre de mayo, Cuba había dejado de disponer de 2 millones 667 mil 800 toneladas de combustibles respecto a lo planificado.
Como consecuencia, unos mil 400 megavatios de potencia permanecían sin generar electricidad por falta de combustible, y la economía nacional apenas recibió el 54,6 % del plan eléctrico, ya deficitario.
La consecuencia laboral es directa: menos transporte, interrupciones de procesos productivos y más dificultades para sostener horarios, servicios y cadenas de distribución.
El tiempo también se paga
En una economía sometida a estas restricciones, la jornada laboral no comienza cuando se llega al puesto de trabajo, sino mucho antes, desde que se sale de casa buscando cómo llegar al trabajo, con la incertidumbre que genera la escasez del transporte público, así como la necesidad de reorganizar las actividades laborales y domésticas. Ese tiempo adicional no siempre figura en las estadísticas, pero resta eficiencia, encarece las operaciones y multiplica el esfuerzo para obtener el mismo resultado.
Ahí reside una de las dimensiones menos visibles del bloqueo. No solo limita lo que Cuba puede comprar. También modifica la calidad de vida y cuánto cuesta hacer cada cosa.
Ese sobrecosto termina recayendo sobre el trabajo cotidiano: sobre quien conduce, produce, repara, enseña, atiende, vende o administra.
Por eso, cuando se habla de los 8 mil 83,3 millones de dólares de afectaciones calculados para el período, no podemos olvidar que una parte de esa historia solapa el esfuerzo extra que no es posible contabilizar, pero agota.



