
No siempre la grandeza se mide en medallas, en títulos, sino en la forma de despedirse de los sueños. Jorge Martínez Wilson, el mejor judoca en la historia de Ciego de Ávila, lo sabe bien. A sus 35 años, después de más de una década en la selección nacional, ha aprendido que el judo no es solo un deporte: es una escuela de vida donde cada caída deja una enseñanza y cada victoria, una lección de humildad.
Su historia comenzó en un gimnasio de barrio, a los 11 años. Nadie imaginó entonces que aquel muchacho inquieto llegaría a ser dueño de 11 podios nacionales –cinco medallas de oro, tres de plata e igual número de bronce– y, entre otros lauros, un bronce panamericano, una plata en Copa del Mundo y el oro por equipos en los Juegos Centroamericanos de Barranquilla, definido por él.
Jorgito –como todos lo llaman– nunca ha sido de los que encierran sus medallas en vitrinas: la mayoría permanece colgada en la sala de la casa de su abuela Hilda, también vencedora de las batallas del nieto.
El tatami lo ha visto crecer, caer, levantarse. Durante casi toda su vida la lona de combate ha sido su segundo hogar, el escenario donde forjó su carácter y escribió las páginas más gloriosas del judo avileño.
En la selección nacional fue ejemplo de entrega y generosidad. No conoce la soberbia ni el rencor. Cuando el ranking favorecía a otro y a él no le daba la sumatoria de puntos para clasificar a unos Juegos Olímpicos, prefirió no interponerse en el camino del otro: «Que vaya él, está mejor ubicado».
Aunque jamás perdió un torneo oficial ante Iván Silva, su eterno rival y amigo, reconoció que si ahora se enfrentan «la victoria sería de Silva. Es uno de los mejores de Cuba». Esa grandeza de espíritu para reconocer al otro sin menospreciarse es uno de sus mayores legados.
Después de un tiempo de inactividad, en breve volverá al tatami «dos o tres veces por semana» para desentrenarse, dijo en agosto, con motivo de una visita al barrio. En un acto silencioso, casi íntimo, cada movimiento, cada caída controlada, cada respiración profunda, rendirá tributo a todos los años de entrega y resultará un aliciente para su cuerpo maltratado por un deporte altamente traumático.
Buscará irse con la dignidad de quien lo entregó todo. Será un entrenamiento distinto, donde no importarán las técnicas ni las estrategias, sino los recuerdos: el primer campeonato nacional en 2009, el combate contra los japoneses, la amargura de perder ante Medickson del Orbe en el punto de oro en los Juegos Panamericanos Lima-2019, la emoción de compartir campo de entrenamiento con leyendas como Teddy Riner e Ilias Iliadis…
«Es difícil desprenderse», confesó. Para este gladiador, el judo es una forma de entender el mundo y de comunicarse, una escuela de humildad. Le enseñó que las derrotas se abrazan con amargor, pero se convierten en experiencia, y que las victorias se disfrutan a sangre fría porque el rival también pudo ganar.
Licenciado en Cultura Física, se marcha sin la medalla olímpica que siempre soñó, pero con la certeza de que su nombre quedará grabado en la memoria del deporte cubano y, sobre todo, del judo avileño.
Cuando se quite el judogi por última vez, cuando lo doble y lo guarde, Jorgito sabrá que no deja atrás un deporte, sino una vida. Y aunque el tatami quede sin su presencia, perdurará el legado de un guerrero que aprendió que la grandeza no está en las medallas, sino en la manera en que se enfrentan los desafíos impuestos por la vida.
En esta tierra nadie ha ganado más que él en el deporte que inventó Jigoro Kano. Lo que deja no son solo preseas, es la silueta larga de un muchacho de barrio convertido en veterano del equipo nacional; la serenidad de quien, tras medirse con los japoneses, con una victoria y una derrota, solo atina a decir: «De ellos siempre se aprende algo».
Jorgito se va con la humildad de quien aspiró a más y no pudo. Quienes lo conocen saben que su combate más importante lo ganó hace años: el que libró contra sí mismo.


