Mucho antes de que la humanidad conociera el cine, la televisión, los podcast, la Inteligencia Artificial y las redes sociales, donde cualquiera cuenta su vida con absoluta confianza, ya existía una figura indispensable: el narrador oral o aedo.
En la antigua Grecia, Homero, a quien tradicionalmente se atribuye la autoría de los principales poemas épicos de su tiempo: la Ilíada y la Odisea, hubo una larga cadena de personas que cantaron, repitieron y transformaron a su antojo disímiles historias.
Cada uno añadía un detalle, corregía una injusticia o incorporaba un chisme de última hora. Así funcionaba la tradición oral: como una gran conversación comunitaria en la que todos conocían la historia, aunque nadie la contaba exactamente igual.
El narrador de entoncesno solo debía cargar con su repertorio. También necesitaba unas sandalias de repuesto, por si el camino se alargaba. Cada invitación implicaba organizar el viaje, conseguir alojamiento y confiar en que el banquete justificara semejante caminata.
Aquel cronista primitivo no era un simple hablador. Cumplía una función esencial para la comunidad: conservaba la memoria colectiva, transmitía conocimientos, advertía sobre los peligros y explicaba, con mayor o menor precisión, por qué no convenía acercarse a ciertos ríos, cuevas o vecinos.
En esas circunstancias vivió Pericles, oculto de los transeúntes, entre habitaciones de adobe, separadas para hombres, mujeres y esclavos, todas de un solo piso: Músico, poeta, viajero, historiador y custodio de la memoria colectiva le caracterizaban, aunque en el barrio circulaba un rumor tan grande que, según decían, conocía todos los detalles de cualquier historia incluso antes de que ocurriera.
Una mañana de sábado, su esposa regresó inesperadamente a casa y lo encontró conectado al telégrafo hidráulico (Eneas Táctico, siglo IV a. C.) para mensajes codificados mediante niveles de agua:
-¿Con quién te comunicas? -preguntó ella.
-Con Dimitra, la vecina.
-¡Pero Dimitra vive en el área de los granjeros!
-Por eso mismo. Me está contando lo que Petrona, la del comercio, llevará al encuentro fraternal.
Por un instante su esposa quedó pensativa. Aquello no era simple comadreo: era información privilegiada para la reunión familiar del domingo.
Llegó el día esperado y Petrona apareció con una bandeja de croquetas. Todos los ojos cayeron sobre las crujientes:
-Estas son de la receta personal de mi tía -anunció con orgullo la recién llegada, mientras la esposa de Pericles alcanzaba una y la llevaba a la boca:
-Humm…¡Qué ricas! ¿Llevan jamón?
-No. Llevan el secreto de mi tía… y un poquito de pollo.
En ese momento irrumpió Epíctera, visiblemente alterada, echando más humo que una cafetera de presión.
-¡Pericles! –dijo alterada-¿Es verdad que tu esposa dice que mi perro ladra demasiado y no la deja dormir?
-¡No, ella jamás ha dicho eso! -respondió él.
Ante la ingeniosa respuesta y conociendo las malas salidas de la recién llegada, todos suspiraron aliviados. Pericles, como buen comunicador, volvió a la carga.
-Ella solo comentó que tu perro ladra con mucho entusiasmo.
El animal, que descansaba debajo de la mesa, soltó un ladrido estruendoso.
-¿Vieron? -dijo Pericles-. Además, es muy participativo.
Su esposa no sabía si sentirse orgullosa de su esposo o preocupada por la facilidad con que él transformaba cualquier comentario en una diplomática obra de arte lexical.
Al final de la tarde, mientras regresaban a casa, Pericles se acercó a ella y le preguntó en voz baja:
-¿Tú crees que la gente habla mal de nosotros?
-No lo creo.- respondió ella- Por cierto, tu hermano ya sabe que escondiste las galletas en el armario de los manteles.
Pericles palideció.
-¿Quién se lo dijo?
-Bueno… algo se me tenía que pegar.
Así terminó el día: Ella confesando el último chisme familiar, y él celebrando la defensa realizada a la esposa, para que el rumor del perro no cayera en boca del vecindario.
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