
Foto: Nieves Molina
La principal lección de la obra Los dos conejos, escrita por Tomás de Iriarte, en la que dos animales se enfrascan en una discusión sin sentido acerca de si el enemigo que los acechaba eran galgos o podencos, es que en la vida debemos aprender a distinguir las cosas que son realmente importantes de las que no lo son.
Traigo a colación la famosa fábula, a partir de los múltiples criterios que han generado las transformaciones económicas y sociales que hoy lleva a cabo el país, con el fin de desarrollarnos y alcanzar nuestras metas, aun cuando nos golpea cada día con más fuerza el recrudecimiento del bloqueo, sobre todo, el cerco energético.
Aunque respecto a este tema, cada cual considera que tiene un poco de razón, y por qué no, puede que muchos la tengan, lo más cierto en cualquier debate es que, como bien nos dijo Fidel, los cambios también son necesarios para preservar la soberanía y la independencia de la Patria, y así se hizo.
Que tiene riesgos, es verdad; que implementarlas no será un camino fácil, también es cierto. No obstante, peor sería la inercia de esperar a que las cosas mejoraran por arte de magia, cuando sabemos que hay un poderoso enemigo apostando a nuestro cansancio, a nuestra falta de voluntad, para saborear la «fruta madura».
Ahora más que nunca, se requiere de mucha unidad y de mucho trabajo entre todos los que quieren que las cosas mejoren en esta tierra, para poder salir de la compleja situación en la que se definen cosas muy sagradas para todo el que se sienta cubano.
Poner a Cuba por delante hoy es superar los obstáculos que pongan un freno al desarrollo de las fuerzas productivas, trabajar para desterrar de nuestro hacer la burocracia, el exceso de prohibiciones, con claridad de que solo podremos repartir las riquezas que seamos capaces de crear.
Pensar en Cuba primero es también mirar sin recelos a todo aquel que, desde dentro o fuera de nuestras fronteras quiera aportar al bien de este pueblo.
Para lograr los resultados esperados con las 176 tranformaciones económicas y sociales, urge también un cambio de mentalidad de todo aquel que tenga responsabilidades en su implementación, lo cual requiere de mucha preparación, capacidad para dialogar, intercambio constante con el pueblo, con los trabajadores, información oportuna. Ahora se impone, como nunca antes, «afinar la puntería», porque el mayor por ciento de éxito dependerá de nuestros propios esfuerzos, como también nos dijo Fidel.
Pensar en Cuba es, igualmente, procurar el crecimiento económico desde el respaldo permanente a los sectores más vulnerables, donde se incluyen hombres y mujeres humildes que han sacrificado mucho por este país, y que jamás serán abandonados, porque la Revolución no abandona a nadie. De ahí que la proyección social de estas transformaciones no es solo un eje estratégico, sino una línea que transversaliza todo su contenido.
A la pregunta de si es posible incorporar, dialécticamente, mecanismos de mercado dentro de un modelo socialista para alcanzar la prosperidad sin perder las conquistas sociales que defiende este sistema, la respuesta es que sí, se puede, tal como lo demuestran los casos de China y Vietnam, pero, como hemos hecho hasta hoy, desde nuestra propia experiencia.
Dudas habrá siempre, criterios divergentes, incluso temores y también equivocaciones, de ahí que nuestro Presidente ha inisitido en que la implementación de las transformaciones económicas y sociales debe ser un proceso de construcción colectiva, donde el aporte del pueblo y de los trabajadores es vital. Vivimos momentos tensos, duros, pero también cruciales para el futuro de la Isla. Nos queda un arduo camino por delante, y vamos a transitarlo, con la convicción de que es momento de poner a Cuba primero, porque Cuba, somos todos.
