
Foto: Desconocido
El día de la muerte de Miguel de Cervantes y Saavedra es harto conocido por su correspondencia con el Día del Idioma Español. En realidad, el 23 de abril de 1616 el insigne escritor fue inhumado en la iglesia del convento de las Trinitarias Descalzas, tal como reza en el registro de la parroquia San Sebastián. Había fallecido un día antes, a los 68 años.
Pero si, en cambio, preguntáramos por la fecha de su nacimiento, acaecida el 29 de septiembre de 1547, es muy probable que pocos la recuerden. Está andando la fiesta de san Miguel Arcángel, en Alcalá de Henares. Ha sucedido algo grandioso, imposible entonces de suponer: ha nacido un niño, destinado a vivir en los anales de la Historia de la Literatura, por siglos, incluso por los que están por venir.
«–Dame al niño para que también entienda de besos. Tres hijos tengo y cuando nacieron todo estaba silencioso. Este llega con músicas de fiesta. No son para ti, hijo; son para un arcángel del cielo, y en su recuerdo y para tu protección, te llamarás Miguel. A ver si este mundo es más blando contigo que con tus padres».
Así se lee en las primeras páginas de la novela Cervantes, el soldado que nos enseñó a hablar, de la escritora española María Teresa de León (1903-1988). Y más adelante: «La madre recibió al niño como quien recibe una paloma. Con sumo cuidado se lo acercó al corazón. Latieron juntos aquellos dos corazones que tanto habrían de quererse. La madre presintió que la burbuja de un destino insólito hervía ya en la sangre de Miguel».
Habrá notado el lector –probablemente ya deseoso de emprender la lectura de esta historia– la elegancia del lenguaje, el tino para novelar la realidad y el pulso para sostener, con sumo equilibrio, la belleza y la desventura, de que es dueña esta autora, que tiene a su haber otras biografías noveladas, tales como El gran amor de Gustavo Adolfo Bécquer, El Cid Campeador, y Doña Jimena Díaz de Vivar, gran señora de todos los deberes.
El libro, que en Cuba vio la luz en 2005, por la Editorial Gente Nueva, constituye una lectura exquisita sobre la vida azarosa del más grande autor de las letras castellanas, y es todo un deleite. Por él transitan los ineludibles pasajes de la existencia de Cervantes, que dejan ver, además del hecho mismo, la recta personalidad de este hombre y la integridad de su carácter, todo ello desde un hilo conductor omnisciente que consigue que compadezcamos y a la vez admiremos a su protagonista.
Las vicisitudes de la niñez; la reyerta con Antonio de Sigura; la fuga a Roma; la Batalla de Lepanto –orgullo de sí–, la que consideró «la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros», y en la que resultó herido en el pecho y la mano izquierda, que no le sería amputada, pero sí impedida; el cautiverio de Argel… todo esto y más se figura en el libro. De este último trance, se cuenta:
«Luego, con las manos atadas y en los pies cadenas, llevaron a Miguel a la horrible cárcel de los baños. Con lo que allí viera, escribiría más tarde una novela. Encadenado, herido, viviendo en un hueco de la pared, dicen que Miguel de Cervantes escribía. Puede ser. De lo que estamos seguros es de lo valientemente que sufría. Nadie lo oyó gemir».
Sin haber sido un malhechor, la cárcel fue asidua para él, otrora soldado y desde siempre amante de la escritura, lo mismo para el teatro, que para la novela –La Galatea (1585), las Novelas ejemplares (1613), Los trabajos de Persiles y Sigismunda (1617), y El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha (1605, la primera parte, y en 1615, la segunda y final). Marcado por la desdicha, tampoco le sonrió el amor.
En la cárcel de Sevilla, se preguntó: –¿Quién soy yo?, y pensó en su vida. Recordó, cuenta esta historia, que en toda su existencia no había conocido más que a un hombre feliz, se llamaba Alonso Quijada y en su locura se creía nada menos que un caballero andante. «Se levantó Miguel de la silla y se tumbó en las tablas preparadas para su sueño. Le pareció oír los latidos de su alma. Y se figuró que Alonso Quijada, como él mismo tantos años atrás, había salido de un pueblo de La Mancha para deshacer los enredos de los hombres tristes de una triste España, donde ya no había caballeros andantes… (…) Y comenzó a escribir en medio de un silencio solo arañado por el rasguear de la pluma, algo que debía volver traslúcidos los muros de la cárcel de Sevilla y que, pasados los siglos, aún nos aprieta el corazón».
Para seguir encantándonos con pasajes como este, hay que ir a la novela, con nota introductoria de Esteban Llorach, y estudio crítico de Fina García Marruz, quien asegura desde la primera línea que «este libro es un sencillo milagro» y que Cervantes, al escribir El Quijote, «hizo que recordáramos el nombre de ese lugar de La Mancha para siempre».

