Francisco Vicente Aguilera, el hombre que lo dio todo por la patria
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Por Jorge L. León

Nacido en Bayamo el 23 de junio de 1821, Francisco Vicente Aguilera pertenecía a una de las familias más acaudaladas de Oriente. Pero su posición económica no lo apartó de la causa independentista. Desde 1851 estuvo vinculado a conspiraciones contra el dominio español y, en 1867, presidió el Comité Revolucionario de Bayamo junto a Pedro Figueredo y Francisco Maceo Osorio.
Cuando llegó 1868, Aguilera no buscó protagonismo personal. Céspedes se adelantó el 10 de octubre en La Demajagua y Aguilera, aunque inicialmente había considerado prematuro aquel levantamiento, decidió secundarlo. Aquella decisión dice mucho del hombre: antepuso la causa a su propia autoridad.
Y entonces llegó uno de los episodios que mejor resumen su carácter. Cuando los patriotas decidieron incendiar Bayamo para impedir que la ciudad cayera intacta en manos españolas, Aguilera sabía que entre las propiedades que serían destruidas estaban las suyas. Sin embargo, aceptó el sacrificio.
Según el testimonio transmitido por la historiografía, dijo: “Si esa es la voluntad de los bayameses, destrúyase todo por el fuego. Yo renuncio a los míos, porque yo no tengo nada mientras no tenga Patria.”
No era una frase retórica. Las llamas consumieron también sus propios bienes. Ese momento explica mejor a Aguilera que cualquier título.
Fue vicepresidente de la República en Armas, secretario de Guerra, mayor general y jefe del Ejército de Oriente. Más tarde fue enviado al extranjero para procurar recursos y organizar expediciones destinadas a sostener la guerra.
Su relación con Carlos Manuel de Céspedes merece también ser recordada sin simplificaciones. Ambos fueron protagonistas esenciales del movimiento independentista, aunque representaban personalidades y concepciones políticas diferentes. Aguilera tenía enorme prestigio y había encabezado tempranamente la organización revolucionaria oriental; Céspedes fue quien dio el paso decisivo del 10 de octubre. Aguilera terminó reconociendo su liderazgo y trabajando junto a él por la causa común.
Ahí aparece otra de sus grandezas: pudo haber reclamado para sí el primer lugar y no lo hizo.
José Martí, que conoció profundamente el valor moral de los hombres de la Guerra de los Diez Años, lo llamó en Patria, en 1892, “el millonario heroico, el caballero intachable, el padre de la república”. Y al colocar su nombre junto al de Céspedes escribió que Aguilera “amó tanto”.
Pero quizá la dimensión de aquel sacrificio se comprende mejor al final de su vida. El hombre que había poseído una enorme fortuna terminó sus días en Nueva York en condiciones de pobreza. Enfermo de cáncer de laringe, murió el 22 de febrero de 1877, lejos de Cuba y sin haber podido contemplar la independencia por la que había entregado su fortuna, su tranquilidad y finalmente su vida.
Sus restos regresarían a Cuba en 1910. Pero su verdadera herencia no está en un mausoleo. Está en aquella frase pronunciada cuando todo ardía: “Yo no tengo nada mientras no tenga Patria.” Eso es Francisco Vicente Aguilera. Un hombre que tuvo mucho y murió sin casi nada.
Y, sin embargo, dejó algo que ninguna riqueza podía comprar: el ejemplo de haber puesto a Cuba por encima de sí mismo.
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