La honra antes que la vida
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La honra antes que la vida

Por qué, cómo y dónde los habaneros del siglo XIX se batían en lances de honor


Un libro curioso ha caído en mis manos. Se titula Los duelos en Cuba y fue publicado en 1894 por la imprenta La Moderna, establecimiento que radicaba en la calle Compostela. El autor del volumen, Agustín Cervantes (futuro coronel del ejército mambí), le encomendó el prólogo al prosista, poeta, periodista y diplomático Conde Kostia (Aniceto Valdivia). ¿Por cuál razón les interesaba el tema a ambos y creían contar con suficientes lectores?

Al primero lo apasionaba la esgrima. El segundo opinaba que esta obra hacía “gran falta” en Cuba; era meritoria, además, por compendiar de manera escrupulosa e imparcial las actas de desafíos suscritas por los participantes. Para ello el compilador debió rastrearlas en los periódicos y en archivos familiares; asimismo, reconstruyó una cantidad considerable, mediante conversaciones con “testigos verídicos y cuya afirmación no deja ninguna duda”. Surgió así –continúa el prologuista– una “estadística severa del mundo del honor, que resuelve en el campo abierto de la controversia de fuego y acero la que ha surgido en el campo cerrado de discusiones especiales”.

No aclara el significado de esa última palabra, pero sí la cifra de duelos expuestos en el libro: 202, durante el período de 1843 a 1893. A pesar del título del ejemplar, el recuento se circunscribe a lo acaecido en la capital cubana. Las armas empleadas fueron el sable, la espada, la pistola y el revólver. Aunque en una cuarta parte de las peleas no hubo consecuencias, la mayoría finalizó con heridos (152 duelistas) y fallecidos (13 personas).

Agustín Cervantes comenta al respecto en las páginas iniciales: “Nuestra estadística, comparada con las de otros países, arroja mayor número de resultados funestos en los combates de honor”.

Imposible dejar de preguntarnos si no existía otra forma de zanjar las diferencias. Y si estas eran realmente de tal magnitud que valía la pena correr el riesgo de perder la vida. Similar preocupación planteó el esgrimista italiano Eugenio Pini, contemporáneo y amigo del investigador. Si bien alabó en una carta la idea de publicar tal recopilación, al mismo tiempo criticó “la exagerada moda del duelo en La Habana y la ligereza con que los padrinos, en este bello país, llevan al terreno a sus ahijados y hasta de las gravísimas condiciones por fútiles ofensas, que con un poco de tacto podrían muchas veces resolverse”.

Las denominadas “ofensas de palabra”, percibidas cual si tuvieran una fuerza devastadora, causaron una treintena de lances. Otro motivo reiterado era la “ofensa de obras” (presente en 58 disputas). ¿Se trataría de agresiones físicas, daños a la propiedad, zancadillas en los negocios o en el ámbito profesional? Las actas no lo especifican.

“Le enviaré mis padrinos”

Tras la frase de rigor, el ultrajado contactaba de inmediato con amistades o conocidos que pudieran servirle de testigos en el enfrentamiento. El ofensor buscaba los suyos. Los cuatro valedores se ponían de acuerdo en cuanto al arma, el lugar, la fecha y la hora. El día señalado llegaban al sitio acompañados por un médico.

Los emplazamientos y horarios para cruzar aceros o llenarse cómodamente de balas eran disímiles. El autor del compendio no siempre los indica. Empero, menciona fincas de Marianao y de Arroyo Arenas, quintas del Cerro, el poblado del Calvario, las calzadas de Vento y de Guanabacoa; asimismo, las ocho y las nueve de la mañana, las tres, las cuatro y las cinco de la tarde.

Peor que la enfermedad resultó en ciertas oportunidades el remedio, pues amén de molesto, el promotor del desagravio salió peor parado que su oponente. Por ejemplo, intentando lavar su honra en 1863 murió de un disparo Isidro Araujo de Lira. Igual le sucedió en 1879 a Guillermo Cisneros, comandante del ejército.

Entre los militares duelistas hubo coroneles, capitanes y tenientes. En el grupo de los civiles hallamos desde maestros de armas, aristócratas, juristas, hasta altos funcionarios públicos, como Andrés Sitjar, presidente de la Audiencia de La Habana, y Joaquín Goróstegui, gobernador de la provincia de Matanzas.

 ¡En fichas como esta, Agustín Cervantes recopiló las actas de más de 200 duelos acaecidos a lo largo de medio siglo. /Archivo de BOHEMIA

Letra de imprenta al rojo vivo

En determinados casos los términos considerados injuriosos se vertieron en documentos judiciales. En múltiples ocasiones aparecieron en medios de prensa: La República y La Aurora del Yumurí, entre otras. O sea, los articulistas o cronistas de periódicos y revistas se vieron envueltos en varios duelos.

El periodista Manuel Hiráldez de Acosta retó en 1881 a su colega Rafael Montoro por estimar que el también abogado y diputado a Cortes había publicado un artículo “ofensivo para su honor”. Montoro recibió una estocada en la mano derecha.

Apenas dos años después, las diatribas de Ángel Soler contra José Palacios Polledo, administrador de El Rayo y autor de un texto político insertado en dicho órgano periodístico, el cual había molestado al alférez de caballería, condujeron a un encuentro letal: un sablazo en el cuello de Palacios tronchó su vida. No fue un lance común, se efectuó “en el teatro de Payret, un público inmenso se aglomeró en los alrededores de ese coliseo, viéndose obligada la policía a tomar algunas precauciones”.

Por suerte los disparos intercambiados en 1887 por Antonio Zambrana, director de El Cubano, y José Rodríguez, quien escribía para El Intransigente, no tuvieron consecuencias. Tampoco los cruzados en 1889 entre Aniceto Valdivia, entonces redactor de La Lucha, y Francisco Durante, colaborador de El Estandarte.

Varios escritos publicados en la prensa desencadenaron resentimientos y desafíos efectuados con armas blancas o de fuego. /cubaperiodistas.cu

Desafortunado sí fue José Andreu, principal autoridad de El Diario Nuevo, pues Miguel Fleites, rector de La Verdad, logró espada en mano herirlo en el antebrazo derecho. Ambos se habían zaherido en sus respectivas publicaciones.

Una figura muy conocida en la historia de Cuba, por su participación en las lides independentistas, protagonizó en 1893 otro duelo en predios habaneros: el intelectual Juan Gualberto Gómez, quien se enfrentó a Ignacio Sola, responsable de propagar en el periódico La Libertad criterios irrespetuosos contra el patriota. Ocurrió el 24 de junio, casi a finales de la tarde, en una casa de Guanabacoa: a lo largo de 12 minutos los contendientes entrechocaron sus espadas, hasta que Sola fue herido en una mano.

Menos mal que esa práctica quedó prohibida, de lo contrario, tomando en cuenta el modo destemplado de hablar hoy en no pocos espacios públicos y en las redes sociales digitales, los médicos no alcanzarían para asistir a todos los desafíos, los hospitales se repletarían de lesionados y la morgue de inquilinos. A la par, habría que organizar un cuerpo de inspectores encargados de certificar la honorabilidad de los combates. Mejor dejemos las armas guardadas y apliquemos bien la sabiduría del refranero popular: “Hablando se entiende la gente”.

Calzada de Puentes Grandes en el siglo XIX, paso obligado para quienes iban a Marianao a dirimir sus disputas. /Archivo de BOHEMIA

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