El apoyo psicoemocional es clave para proteger a cada niño sin hogar
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El apoyo psicoemocional es clave para proteger a cada niño sin hogar

Amor, era una adolescente con un nombre muy bonito pero un carácter complicado. La conocí en la secundaria, había llegado nueva al aula y todos estábamos curiosos de esa niña con un nombre tan inusual. Era rebelde, le gustaba llevar el control, ser la jefa por decirlo así. Unos meses después de iniciado el curso la conocimos mejor, no era tan inquieta como se pintaba.

Amor, vivía en una casa sin amparo familiar, sus padres estaban vivos pero en un centro penitenciario, y su situación familiar la llevó a vivir ahí. Como adolescentes no entendíamos el porqué, juzgamos y hasta veíamos con pena a los niños que viven ahí, hasta que un día fuimos a visitarla al hogar.

La acogida institucional de niñas, niños y adolescentes viene a poner en el centro del debate algo que debería ser incuestionable: la protección de la infancia. Estos hogares no son un acto de pura burocracia, sino un ejercicio de profunda responsabilidad humana y estatal. El amparo residencial es una medida excepcional y temporal, no un destino permanente. Cuando el entorno familiar de origen no puede garantizar el bienestar del menor, el estado se encarga de cuidarlos y protegerlos, pero siempre con la mirada puesta en el reencuentro o en una solución definitiva que no sea el abandono institucional.

No se trata de albergar cuerpos, sino de contener historias como las de Amor. La tipología de los centros, desde los de acogida urgente, con capacidad limitada y estancias cortas, hasta los que preparan a adolescentes para la vida autónoma, revela una sensibilidad técnica que pocas veces se explica, cada niño necesita un espacio que se adapte a su edad, su género y sus circunstancias.

No todos los niños llegan con las mismas condiciones familiares y eso también se tiene en cuenta. Uno de los desafíos más grandes de estos hogares y saber tratar a cada niño sin que se sienta menos que el otro. Por eso uno de los aciertos más notables es el énfasis en el apoyo psicoemocional. La resolución sobre la protección de la infancia y la juventud no solo ordena la atención psicológica, sino que exige coordinación con los centros de salud mental y establece protocolos incluso para emergencias o desastres. Esto demuestra que se entiende la vulnerabilidad de estos niños como una condición que trasciende lo material.

Una de las cuestiones interesantes son las familias solidarias. No son sustitutos de la adopción, sino un respiro, un puente afectivo que permite al niño vivir la calidez de un hogar en fines de semana o vacaciones, mientras la institución se descongestiona.

En estos hogares el proceso de adopción se presenta como un camino de preparación emocional, con expedientes detallados y encuentros progresivos. Es un acierto que se priorice la preparación del niño para evitar nuevos traumas, pero también debería preguntarse si las familias adoptivas están igualmente preparadas para recibir a estos menores con sus historias de dolor y resiliencia.

En algún momento hemos tenido una Amor en nuestra vida, una niña al que el Estado ha tenido que cuidar y proteger, una adolescente con un carácter complicado forjado por la situación que le tocó vivir; y en esos puntos nos toca preguntarnos si estamos preparados para ayudarlos y sostenerlos de la mejor forma que podemos. (Ana Laura Camacho La Rosa/Radio Cadena Agramonte) (Foto: Tomada de Internet)

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