Adam Michnik, ejemplo de intelectual comprometido con la defensa de la verdad y la justicia

La noche del 7 al 8 de mayo de 1981, en la ciudad polaca de Otwock, una multitud enfurecida estuvo a punto de tomarse la justicia por su mano. Dos hombres habían sido detenidos y golpeados por miembros de la «Milicia Ciudadana», policía uniformada de la Polonia comunista, la PNR de Cuba. La indignación crecía. Volaron piedras, se rompieron cristales y algunos comenzaron a hablar de incendiar el puesto policial y castigar a los agentes responsables.
Entonces apareció Adam Michnik. No era un defensor del régimen, todo lo contrario. Era uno de sus enemigos más firmes y conocidos. Había sido vigilado, detenido, golpeado y encarcelado por enfrentarse a la dictadura comunista. Conocía perfectamente la brutalidad de aquel aparato represivo. Sin embargo, cuando vio que el odio podía transformar a las víctimas en victimarios, se interpuso. Tomó un megáfono y gritó: «Me llamo Adam Michnik y soy una fuerza antisocialista».
La frase era una provocación cargada de humor. Michnik utilizaba contra el régimen la misma etiqueta con que la propaganda oficial pretendía descalificar a quienes luchaban por la libertad.
La multitud comenzó a escucharlo. Michnik sostuvo que los policías culpables debían responder, pero ante la ley. Aquellos que luchaban contra la arbitrariedad no podían reproducir la arbitrariedad, el odio y el crimen. Quienes reclamaban justicia no podían convertirse en verdugos.
Aquella noche dejó una de las grandes lecciones morales de la resistencia democrática europea: se puede luchar con toda firmeza contra una dictadura sin convertirse moralmente en aquello que se combate.
Adam Michnik nació en Varsovia en 1946. Desde muy joven comprendió que un intelectual no puede limitarse a observar desde una cómoda distancia cuando la mentira domina la vida pública y el terror intenta someter la conciencia de todo un pueblo.
Estudió Historia en la Universidad de Varsovia. Durante las protestas de marzo de 1968 fue expulsado, arrestado y condenado a prisión. Pero la cárcel no consiguió domesticarlo. Después de recuperar la libertad continuó participando en iniciativas opositoras.
Colaboró con el Comité de Defensa de los Obreros, KOR; impulsó publicaciones clandestinas y defendió algo que terminaría siendo decisivo para Polonia: la unidad entre obreros, estudiantes, intelectuales, creyentes, artistas y ciudadanos de diferentes sensibilidades políticas alrededor de una causa superior: La libertad. Algo que estamos construyendo en el caso cubano, pero que todavía no se consolida lo suficiente y marcha a la velocidad que la crisis nacional exige.
Cuando Solidaridad surgió en 1980, Michnik se convirtió en uno de sus principales asesores intelectuales. El 13 de diciembre de 1981, cuando el general Wojciech Jaruzelski impuso la ley marcial para aplastar aquel extraordinario movimiento ciudadano, Michnik volvió a prisión. Y fue precisamente en la cárcel donde demostró que un intelectual puede estar encerrado y, sin embargo, seguir siendo más libre que quienes lo encarcelaron.
Sus cartas desde prisión constituyen documentos excepcionales de resistencia moral. En ellas aparecen la ironía, el humor, la inteligencia y, sobre todo, una extraordinaria negativa a aceptar la degradación que la dictadura pretendía imponerle.
Una de las más célebres fue dirigida al poderoso ministro del Interior, el general Czesław Kiszczak. El régimen le ofreció una salida aparentemente atractiva: podía abandonar la prisión si aceptaba abandonar Polonia. Libertad a cambio de destierro. Michnik dijo no. Podía cambiar la celda por Occidente, podía reencontrarse con una vida «normal», podía escapar de interrogatorios, vigilancia y condenas. Pero entendió que aquella propuesta pretendía algo más importante que expulsarlo del país: pretendía obtener de él una rendición moral. Por eso escribió al general: «Ustedes mismos envilecidos, quieren arrastrarnos a su nivel».
Qué extraordinaria inversión de papeles. Kiszczak tenía policías, cárceles, armas, confidentes, interrogadores y aparatos de escucha. Michnik tenía una celda, papel, una pluma y conciencia.Y, sin embargo, el hombre verdaderamente poderoso era el prisionero. Porque el Estado podía encerrar su cuerpo, pero no podía obligarlo a decir sí.
Michnik escribió que el poder podía disponer de enormes instrumentos represivos y, aun así, siempre podía aparecer alguien dispuesto a decir: ¡No te tengo miedo!». Y concluía: «He aquí la conciencia».
Esa es probablemente una de las definiciones más hermosas de resistencia cívica. La conciencia es aquello que ninguna fuerza represiva puede encarcelar completamente mientras exista una persona dispuesta a defenderla. Michnik pasó aproximadamente seis años de su vida en las cárceles comunistas. Pero llegó 1989 y los hombres que habían intentado quebrarlo tuvieron finalmente que sentarse a negociar con él. Participó en las históricas conversaciones de la Mesa Redonda que abrieron el camino hacia la democratización de Polonia. Poco después, Lech Wałęsa le encargó organizar el periódico de Solidaridad para las elecciones.
El 8 de mayo de 1989 apareció el primer número de Gazeta Wyborcza. El antiguo preso político se convirtió en uno de los periodistas más influyentes de la nueva Polonia democrática. Su vida contiene una lección particularmente importante para Cuba. Cuando una nación vive sometida a la censura, la represión, la pobreza, el miedo y la mentira, los intelectuales tienen que decidir qué lugar ocupan en la historia.
Pueden callar, pueden acomodarse, pueden mirar hacia otro lado, o pueden asumir el riesgo de decir la verdad y luchar por la libertad.
Cuba necesita escritores, profesores, periodistas, cineastas, artistas, académicos, músicos, hombres y mujeres de cultura capaces de comprender que el talento también implica responsabilidad y compromiso. La inteligencia no alcanza su mayor grandeza cuando recibe premios o aplausos o migajas de un poder arbitrario. La alcanza cuando se pone al servicio de la dignidad humana. Michnik pudo callar y no calló. Pudo aceptar el destierro y prefirió conservar su libertad interior. Pudo odiar y escogió la justicia.
Ese es el verdadero compromiso de un intelectual con su tiempo: ponerse del lado de la verdad cuando mentir resulta conveniente; defender la libertad cuando hacerlo tiene un precio; acompañar al pueblo cuando el poder oprime y reprime; y estar dispuesto a sacrificar la comodidad, el prestigio, la libertad y hasta la propia vida para que un día su nación pueda ser verdaderamente libre.
Este artículo para CiberCuba lo firma alguien que admira a hombres y mujeres como Félix Navarro y su hija Saylí, quienes se niegan a obtener su libertad a cambio del destierro. Un hombre que no se siente bien en la seguridad y la comodidad del Exilio, y que trabaja sin descanso, sacrificando el bienestar de su familia, por consolidar la fuerza efectiva que aún no tenemos, para regresar, como Martí, Gómez y Maceo lo hicieron después de muchos años fuera, porque un día tuvieron que salir, pero no olvidaron a Cuba y regresaron listos a conquistar la libertad o a morir.
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