Ese día tiene que llegar
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Ese día tiene que llegar

El agotamiento acumulado y los rigores de un cerco histórico tensan la cotidianidad de las familias cubanas. Sin embargo, la dignidad de un pueblo formado en la solidaridad y la resistencia confirma que el país merece y conquistará un horizonte de mejores condiciones humanas y materiales


Tiene que llegar el día en que dejemos atrás –como país, como pueblo, como familia inmensa y noble– este agobiante momento que atravesamos en todos los sentidos.

En medio de las tensiones cotidianas y el impacto del cerco económico, la dignidad y el esfuerzo de la familia cubana sostienen la esperanza de un horizonte mejor. / Pastor Batista

Poseemos una historia entrañable y una obra de nación que nos otorgan el derecho pleno a vivir en mejores condiciones materiales, económicas, sociales, humanas y, sobre todo, familiares. Lo merecemos sin lugar a dudas.

Jamás le hemos hecho daño a otro país en casi siete décadas. Por el contrario: en medio de carencias, necesidades y penurias –agravadas por el encono de la política estadounidense– hemos compartido lo poco que tenemos. Les hemos tendido la mano a millones de seres humanos en los rincones más empobrecidos del planeta e inclusive en naciones desarrolladas. De esos mismos parajes han venido a formarse técnica y profesionalmente miles de jóvenes.

Nos duele de manera profunda cada vez que los artífices de la guerra provocan, azuzan y respaldan conflictos militares que llenan de luto a familias inocentes en otras latitudes. Las batallas contra el ébola, la covid-19, o el auxilio ante tsunamis, incendios, terremotos y huracanes han confirmado la pronta vocación solidaria de Cuba… a cambio de nada material ni de glorias efímeras.

No es el odio la filosofía ni la esencia de nuestra sociedad. Ni siquiera hacia el propio pueblo estadounidense, noble y muchas veces manipulado por las sucesivas administraciones de un imperio que ha pretendido ahogarnos, sencillamente porque la dignidad de esta nación no se arrodilla ante presiones ni amenazas.

Tal vez, desde 1959, la población no haya enfrentado coyunturas tan complejas. La huella es visible dentro de cada hogar y en el agotamiento acumulado que denotan los rostros en la calle.

Sin embargo, se aproxima el momento de superar este escenario adverso. Nos respalda una rica historia, así como el reconocimiento y la solidaridad internacionales que se manifiestan cada año cuando el mundo condena, desde la ONU y otros escenarios globales, el bloqueo impuesto contra Cuba por más de seis décadas.

Resulta indignante la solapada persecución con que el gobierno estadounidense asfixia las más mínimas alternativas de abastecimiento externo –petróleo, insumos médicos y recursos esenciales– para luego presentar ante la opinión pública al Estado cubano como único culpable de las calamidades que ese propio cerco provoca.

Contra todo pronóstico, ocho agónicos meses de un feroz cerco energético no han logrado doblegar al país. El cansancio se siente, pero la capacidad de resistir también. Por encima de cualquier discurso de odio, Cuba merece salir adelante y dejar atrás este presente incierto. Nos sostienen razones profundamente arraigadas en nuestra identidad: la rendición jamás ha sido una alternativa y la convicción de vencer sigue marcando el rumbo de la nación.

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