
La voz del Teniente Coronel de la reserva, Rafael Corrales Urquiza, conserva la firmeza de quien vivió de cerca momentos decisivos de la lucha rebelde.
Habla pausado. Ordena cada recuerdo como si volviera a caminar por aquellos caminos de la Sierra. Y, en medio de sus palabras, aparece un Fidel que no es una figura distante de los libros de historia, sino un jefe cercano, atento a los detalles y capaz de ganarse para siempre el respeto de sus hombres.
Para Corrales, haber conocido al Comandante en Jefe marcó su vida. “En mi corazón permanece Fidel, junto al compromiso de defender siempre su pensamiento político”, dice con serenidad.
En su memoria, vuelven Santo Domingo, La Plata, Palma Soriano, Maffo, Santiago de Cuba y La Habana. No los menciona solo como lugares: son parte de una historia personal, de una juventud vivida entre el sacrificio, la esperanza y la confianza en un líder que, asegura, nunca dejó de mirar a sus combatientes como seres humanos.
CUANDO UN JEFE PIENSA EN SU SOLDADO
Uno de los recuerdos que más atesora ocurrió durante los días más duros de la lucha en la Sierra. El joven soldado cumplía guardia en una posta cercana a una casa donde se reunían varios jefes rebeldes. La misión era vigilar cualquier movimiento enemigo. Sin embargo, aquella zona también sería utilizada para prácticas de tiro, y nadie había reparado en que él permanecía allí.
“Yo estaba pendiente de que no viniera el enemigo, pero después mi preocupación era que Fidel llegara por aquella lomita, no había tenido la posibilidad de verlo de cerca”, cuenta.
Al llegar al lugar, Fidel conversó con él y preguntó quiénes estaban reunidos en la vivienda cercana. Poco después, advirtió el riesgo que corría el combatiente y ordenó que lo retiraran de la posta.
“Ni siquiera el jefe que me había puesto allí se acordó de que en los alrededores harían prácticas de tiro. Aquella acción demuestra una cualidad que nunca olvidé: el sentido humano de Fidel”, apunta.
Para Corrales, no fue una orden más, sino la prueba de que aquel jefe, ocupado en dirigir una guerra, también se preocupaba por la seguridad y la protección de un soldado.
EL FUSIL Y EL COMPROMISO
Otro episodio lo lleva a La Plata, cuando se organizaba una columna que partiría hacia nuevas acciones combativas. Corrales integraría la vanguardia y estaba entusiasmado. Pero surgió un problema: debía entregar el fusil que llevaba, debido a su mirilla telescópica. Así no podía continuar con la columna.
“La noticia no me cayó bien, porque un combatiente sin el arma reglamentaria no es nadie”, asegura.
Su deseo era seguir adelante, no quedarse atrás. Al conocer la situación, Fidel autorizó que le entregaran otra arma.
“Enseguida me dieron otro fusil. Para mí, aquello fue una muestra de comprensión hacia un muchacho que quería continuar luchando hasta las últimas consecuencias”.
Recuerda ese momento con la emoción de quien sintió que su voluntad de combatir también fue escuchada y respetada.
EL VALOR PERSONIFICADO
En otra madrugada de marcha, las tropas se desplazaban hacia una nueva operación. Corrales pasó frente a Fidel, quien lo animó con palabras sencillas y elocuentes pero imposibles de olvidar.
“Dale, dale, dale; ahorita estamos caminando otra vez”, dijo el jefe de la guerrilla. Después me dio una palmadita en la espalda alentándome con palabras de acción y fortaleza. Entonces entendí que era el valor personificado.
“No se trataba solo de una frase de aliento. Era la manera en que Fidel se acercaba a sus combatientes, les levantaba el ánimo y compartía con ellos la dureza del camino.
“Era un jefe grande, de pueblo, pero nunca olvidaba a sus compañeros de lucha”, relata.
EL DESCANSO SE RESPETA
Tal vez uno de los recuerdos más íntimos de Corrales Urquiza ocurrió en Maffo. Mientras esperaba la reparación de un jeep, fue acogido por una familia campesina. Le dieron comida, la posibilidad de bañarse y una cama para descansar. Más tarde, aquella misma vivienda recibiría a Fidel y a quienes lo acompañaban, para descansar un rato.
“La dueña de la casa me explicó que la cama estaba destinada a Fidel, enseguida me desperté para ceder la alcoba al Comandante, quien al escuchar lo sucedido fue categórico cuando exclamo: ¡No, no lo despiertes, déjalo dormir!
Corrales al recordar la escena sonríe y destaca: “Ese es el Fidel humano que conocí, la de un jefe que entendía que el descanso del soldado se respeta”.
FIDEL, PRESENTE EN CADA OBRA
Luego del triunfo revolucionario, Rafael Corrales también formó parte del recorrido de la Caravana de la Libertad hacia La Habana.
Según narra, tiempo después volvió a encontrarse con Fidel en distintas tareas de la Revolución, entre estas, acciones vinculadas a la Reforma Agraria y proyectos en varias zonas del país.
Recuerda, en particular, las visitas de Fidel al Plan de Desmonte del Circuito Sur de Pinar del Río, una obra dirigida a limpiar y preparar extensas áreas de terreno para incorporarlas a la producción agrícola.
“Todos los sábados, a las 9:00 de la mañana, ya estaba allí para saber cómo avanzaba el trabajo. No sé cómo sacaba tiempo, pero iba”, significa.
Esa constancia, dice, era otra de las características que admiraba en el Líder Histórico de la Revolución: la capacidad de estar al tanto, preguntar, exigir y acompañar.
HASTA MI ÚLTIMO HÁLITO
Al terminar la conversación, Rafael vuelve a los recuerdos que han marcado su existencia: la guardia en la Sierra, el fusil recuperado, la palmada en la espalda y aquella orden de no despertar a un joven agotado.
Son escenas sencillas, pero para él tienen un valor inmenso. En todas aparece el mismo Fidel: el jefe, el líder, el hombre sensible y cercano que supo ganarse la lealtad de quienes lo acompañaron en la historia.
“Lo digo por lo que hice y por lo poco que me queda por hacer: defenderé hasta mi último hálito el legado de Fidel, para garantizar la continuidad de la Revolución y seguir construyendo el socialismo en Cuba”.
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