
Foto: Archivo de Granma
Matanzas.-Dicen que una de las calles del Bronx, emblemático barrio de la ciudad de Nueva York, lleva su nombre. Ese mero hecho expresa la admiración por el distinguido músico en ese distrito multicultural y acogedor.
No es difícil imaginar que algunos rincones del sitio neoyorquino nos revelen el legado del tresero cubano, fecundo compositor con una contribución notable a la música bailable no solo en Cuba y América Latina.
Al llegar a los Estados Unidos a inicios de los años 50 del siglo anterior ya era conocido en su Patria como El Ciego Maravilloso, compositor por pura intuición, un tresero muy prolífico que escribió cerca de 200 canciones.
Según especialistas, sus innovaciones cambiaron la cara de la música bailable latina e hicieron posible lo que eventualmente sería conocido años después como la salsa.
Relatan conocedores de su obra y vida que su permanencia en Estados Unidos se debió a la esperanza de rescatar la visión. Pero lamentablemente no hubo cura, y aquella desilusión inspiró una de sus más afamadas canciones: Nacer y Morir, mejor conocida como La vida es un sueño.
La música y el tres fueron su salvación, asegura la hija de uno de sus amigos de la infancia, Valentín, también músico empírico. Remarca que sus composiciones enfatizan los elementos afrocubanos, esencialmente congoleses.
Un nombre cimero de la música cubana como Adalberto Álvarez, se deshacía en elogios al evocar la figura de Arsenio, quien en su opinión llegó a cantarle a todo, también al amor, y siempre de una manera original y sin dejar de añadir cierta picaresca en sus letras.
Lo recordaba como un gran improvisador, arreglista y compositor, que hizo un aporte significativo a la música en Cuba al crear un nuevo tipo de agrupación para transformar el modo de interpretar el son y que no se apartara de sus raíces africanas.
Para El Caballero del Son, Arsenio fue un artista innovador que incorporaba a cada paso de su vida nuevos criterios musicales.
Hay hasta quienes aseveran que fue mejor reconocido después de muerto, porque en vida, pese a su fama, la condición de negro y poco agraciado físicamente le cerraron no pocas puertas.
Por estos días, en ocasión del aniversario 115 de su natalicio, los amantes de la música lo han recordado de manera especial.
Arsenio nació en la pequeña comunidad de Güira de Macurijes, en el municipio matancero de Pedro Betancourt, en una familia descendiente de esclavos congoleses.
A la edad de siete años sufrió la patada de un caballo que le afectó su visión, agravada más tarde debido a otro desdichado accidente. No obstante, desde muy pequeño comenzó a tocar varios instrumentos, incluido el tres, el cual aprendió en forma autodidacta.
Compuso canciones a varias localidades del país, como Cárdenas, Jagüey Grande, Camagüey, Bolondrón y Güira de Macurijes, muy escuchadas en las legendarias vitrolas de entonces.
Entre sus creaciones más conocidas están A Belén le toca hora, La yuca de Catalina, Me siento muy sólo, Contéstame, y quizás su obra más famosa, el bolero Nacer y Morir, escrito luego de un intento sin éxito de recuperar la vista.
Otro de sus clásicos es el tema Fuego en el 23, el cual recoge una historia especial de la que fue testigo el propio músico en EE.UU. y que lo distingue como cronista de su tiempo y de su vida.
